Conversaciones sobre lobos

Hace algunos días estuve de visita por el pueblo en el que vive gran parte de mi familia asturiana, con el objetivo de ver y animar a mis padres. Es un pueblo situado al norte de León, aunque si subes una montaña te encuentras en Galicia y si bajas otra ya te dan la bienvenida a Asturias. Mis abuelos se fueron a vivir un poco más al sur y se instalaron en el valle de Laciana. Es un lugar ahora bastante depauperado por la práctica de la minería de cielo abierto y por la desidia de sus pobladores. Aunque la gente de por allí es bastante noble y abierta, algunos adolecen de cierta intransigencia hacia ideas ajenas, de cierto orgullo producto de complejos culturales, y de poca visión, sin duda por haber visto poco mundo. Mis tíos y primos son bastante inteligentes, aunque a menudo hay broncas familiares por cualquier tema trivial. El otro día, curiosamente, no hubo bronca de ninguna clase, y sí un diálogo bastante cordial y hasta instructivo acerca de la ganadería, de los pastores, de la trashumancia, y, cómo no, de los lobos.

Habíamos acudido varios familiares a cenar el famoso y ciertamente magnífico cabrito con el que a veces nos deleitamos, y ni me acuerdo cómo surgió el tema. Y he de decir una cosa, antes que nada: muchos piensan, al leerme (sobre todo los más botarates), que por mi forma de escribir, a menudo contundente y sentenciosa, yo me creo el más listo y el más duro y voy por ahí imponiendo mis ideas. Se sorprenderían de lo que me gusta escuchar, y de lo buen conversador que soy (y me van a permitir que me eche flores en algo por una vez, dada mi capacidad casi autodestructiva para machacarme en casi todo sin piedad), y pude mantener un diálogo muy interesante con mis tíos, uno de ellos ganadero y con varias vacas y caballos siempre en la braña de su propio pueblo. Mi tío, el ganadero, es un hombre bastante cabal y, aunque no estaba de acuerdo con varias cosas, pude debatir de tú a tú, asumiendo mis limitaciones y mi ignorancia de algunos asuntos. Luego, todo derivó hacia cuestiones de cultura asturiana y cunqueira, y otros asuntos menos conflictivos, y da gusto tomarse un whiskey y aprender acerca de las raíces de la familia de mi madre. Como puede imaginarse el lector, esta entrada sin embargo va a centrarse a partir de ahora en el tema de los lobos ibéricos, y es que hay pasiones o intereses inexplicables y viscerales, como algunas películas o algunos libros.

Me contaba mi tío que él no está a favor de que se extermine a esos bichos, pero que es normal que si un ganadero ve a uno, le pegue un tiro, o al menos lo intente, provisto de su escopeta. Ahí estoy de acuerdo. Lo que no va a hacer es poner un plato de pienso en la puerta de la casa. Pero lo que no tiene discusión, tampoco, es que el hombre ha arrebatado a los cazadores de cuatro patas gran parte de su territorio y de sus presas, y es notable la desaparición de los jabalíes en todo el valle y alrededores. Me contó también que en cierta ocasión dos de sus yeguas parieron y que, aunque tomaron algunas precauciones, los lobos bajaron y devoraron a las crías esa misma noche, recién nacidas. Le creo perfectamente. Luego me dijo que a un pastor los lobos le habían matado en una sola noche a 33 de sus 39 ovejas. Eso ya me lo creo menos. Le pregunté, por si acaso, si estaban protegidas por mastines. Me contestó que no, pero que hubiera dado igual. Ahí empezó el tema de los mastines.

Según él los mastines son efectivos hasta cierto punto, y estuvo un buen rato intentando convencerme de que un mastín de noventa kilos, bien alimentado y protegido por las famosas carlangas de pinchos en el cuello (allí las llaman carrancas), no tenía nada que hacer frente a un solo lobo de la mitad de peso, mal alimentado (en caso contrario, no baja a los pastos a merendarse ovejas) y probablemente desesperado. Es cierto que los lobos están mejor “armados” que los mastines. Es decir, su dentadura es mucho más poderosa. Es cierto también que ningún mastín puede competir en agilidad y velocidad, y mucho menos en resistencia, con un lobo. Pero, si no son rivales, ¿para qué los adiestran en la vigilancia de ganado desde hace centurias? Está claro que esos enormes perros son bastante idiotas, y los más jóvenes y menos experimentados salen todos corriendo detrás de un solo atacante, dejando a las ovejas solas frente al peligro. Pero también está claro que seis o siete mastines veteranos protegerán perfectamente a esos animales de un clan de lobos que generalmente no excede los diez ejemplares. Como soy bastante mal pensado (espero que él no lea esto o cuando vuelva por allí me pegará un escopetazo en el culo) no me sorprendería que ese chaval al que le comieron 33 cabezas, bien educado en nuestra subcultura norteña de contar mentiras y tirarse faroles para sacar beneficio, hubiera sido en parte responsable de esa matanza para poder cobrar las indemnizaciones.

Aunque esa es otra: ellos dicen que nadie paga indemnizaciones. Nunca. Y que, si lo hacen, reciben un dinero muy por debajo del invertido. Estoy de acuerdo en que la diputación debe indemnizar generosa y velozmente a los afectados, pero conozco de sobra a mis paisanos y estoy seguro de que exageran muchas situaciones o de que tratan de aprovecharse de algún percance. Con la poca sensibilidad hacia lo salvaje de todas las administraciones de este nuestro (des)gobierno y de los que le precedieron, me sorprendería que mintieran en cuanto a datos de los pagos por daños, o en cuanto a las masacres de ganado. Más bien cualquier excusa es buena para organizar una batida como el desastre de principios de octubre en Asturias.

Pero lo que más me impresionaba era su insistencia en que el lobo no baja a comer, sino que baja a matar. A matar. Acompañado de los más jóvenes para instruirles en el asesinato en masa de cabezas de ganado. Que todavía persista esa mentalidad entre los ganaderos y pastores es preocupante. El maldito bicho no es más que un cazador, y uno de ellos no necesita liquidar a diez ovejas en una sola noche simplemente poseído por un ansia aniquiladora. Pero cualquiera convence a un ganadero de lo contrario; aunque no era mi intención tratar de convencer a nadie, solamente recabar algunas opiniones y obtener una percepción más certera de cómo piensan ellos, que conocen bien su entorno natural y su historia.

Una cosa sí me quedó bien clara: “la guerra” de hombres contra lobos no terminará nunca, hasta que uno de los dos desaparezca. Adivinen cuál será el ganador y cuál el exterminado. No es muy difícil.