‘Prometheus’ y el síndrome del reblandecimiento cerebral

Sí, ya sé que prometí no ver ninguna película más de Ridley Scott. No, no voy a poner excusas tales como que estaba borracho o que me apuntaron con una pistola si no la veía calladito. Lo admito: la certeza de que iba a ser un bodrio de proporciones cataclísmicas y la posibilidad de descojonarme un poco de los que alaban la carrera de Ridley Scott por encima de otros directores muchísimo más valiosos que él, ha vencido a mi ya connatural aversión a la forma de trabajar de un tipo que tiene mucho cine dentro pero que ya, a sus setenta y pico primaveras, adolece del “síndrome del reblandecimiento cerebral” propio de no pocos cineastas célebres que poseen una trayectoria bastante larga a sus espaldas y que, llegados a cierta edad empiezan a filmar cada majadería que dan ganas de pedirles que se queden en su casa, disfrutando de sus millones, y dejen de dar la vara. En el caso de Ridley Scott es más grave, porque una vez filmada la interesante La sombra del testigo se le fue la olla definitivamente (aunque ya había parido esa memez titulada Legend) mucho antes de lo que les ha pasado a otros. Pero ya volveré al tema dentro de unas líneas.
Prometheus. Léase pro-mí-zius, por favor, no prometeus. En todo caso, nómbrese al engendro como Prometeo, el titán que le robó el fuego a los dioses, el amigo del hombre condenado para toda la eternidad por su atrevimiento. En teoría “una no-precuela pero sí precuela”, de esas que tanto se llevan hoy día en el que una panda de advenedizos se dedican a explicar algún mito cinematográfico porque intuyen que los fans pagarán la entrada por conocer esa explicación. No necesitábamos ver el duelo fratricida entre Anakin y Obi-Wan, pero si lo hacían, hubiera estado bien que se pusieran a ello con algo más de talento. Lo mismo pasa con Alien: no necesitábamos para nada que nos explicasen el origen del bicho ese que, en la magnífica película de 1979 diezmaba a una tripulación de camioneros interestelares, pero ya que se ponen a contar cosas, por lo menos que lo hagan con un guión decente. Siendo ya un mito del cine, con una secuela que incluso superaba con creces al original, y ampliaba un universo fascinante, y otras dos secuelas interesantes y divertidas aunque por debajo de lo que podrían haber sido, Scott retoma las riendas de la franquicia con el objetivo de cerrar el círculo y narrar el por qué de la nave alienígena, de arrojar luz sobre los interrogantes de la película original, y de paso contarnos el origen de la vida y de la raza humana. Ahí es nada.
He de decir, aunque seguramente la mayoría de los que me lean no me van a creer, que si Prometheus hubiera sido una gran película, por mucho que me caiga mal el Scott, no habría tenido ningún problema en defenderla. Mis padres, que conocen de sobra mi rechazo hacia el 95 % de la carrera de este tipo, me aseguraban que debía verla y que seguramente me gustaría. Que era intensa e ingeniosa como lo era el estupendo remake de Desafío total. Siento que no haya sido así. Total Rekall me parece un espectáculo notable y este engendro de Scott no hay quien lo defienda.
La cosa comienza así como muy majestuosa, muy lírica y muy cool, todo a la vez. Unos parajes sacados de El señor de los anillos, una música muy épica, y un individuo presumiblemente alienígena que se sacrifica en lo alto de una inmensa catarata. A continuación una especie de aventura de descubrimiento que se convertirá en una pesadilla gore, una búsqueda de los orígenes de nuestra existencia basada en un pálpito y nunca en pruebas científicas contundentes. En realidad, la estructura es la misma que la de la primera película: nave espacial llega a planeta deshabitado, astronautas que se encuentran con algo que supera sus expectativas y masacre generalizada. El problema es que está todo tan mal explicado, tan torpemente contado, con unos personajes tan inverosímiles y un desarrollo tan infantil, que el castillo de naipes se cae muy pronto. Y no es solamente, como tantas veces se ha señalado, que el guión es un disparate sin el menor sentido. Es que Scott filma con su habitual pericia técnica pero tan desapasionado, con una dirección de actores tan fallida, con un sentido del suspense que te hace preguntarte quien hizo Alien, que no puede achacarse todo al libreto. No cuando tienes un reparto con buenos actores, y un diseño de producción carísimo y muy elaborado. Scott roza el ridículo más espantoso queriendo dibujar a sus personajes como una panda de botarates, sin duda en el estilo de los tripulantes del Nostromo: profesionales en lo suyo pero bastante atolondrados e inútiles frente a unos acontecimientos que les superan. Claro que en Alien, había un buen guión que demostraba lo que es dosificar los rasgos de personalidad y que guarda coherencia en los diálogos, las réplicas y las actitudes de cada cual. Aquí es un despropósito en el que el vago capitán interpretado por Idris Elba, que lleva media película tocándose los cojones y queriendo follarse a la jefa, y que abandona a su suerte a los compañeros como si estuvieran en una fiesta, le explica a la protagonista lo que en realidad está ocurriendo. Y nos quedamos todos con los ojos como platos.
Ahora sí: el síndrome que da título a la entrada. Pero antes he de decir que Scott, como muchos otros, filma muy bien, planifica de maravilla, sabe poner lucecitas chulas que den ambiente, y esa clase de detalles de un profesional bien avezado y que se las sabe todas. Pero nada de eso hace una carrera brillante y sólida, y una vez más dejo por escrito mi incredulidad cuando la gente proclama la autoría y la grandeza del estilo de un director con una carrera tan lamentable. A él le sobrevino muy pronto ese síndrome por el cual el cerebro creativo se te pudre y empiezas a filmar tonterías, convencido de la propia genialidad. Lo de ser director es como ser estrella del rock: sacar un par de discos buenos o tener una buena década no es tan difícil; lo complicado es mantenerse a lo largo de más discos y más años. Eso lo logran muy pocos. Al final se repiten a sí mismos, se plagian, se fiscalizan y aburren al personal. En pocas palabras: se les ve el plumero.
Veamos si no a Tim Burton, que desde Sleepy Hollow no ha firmado nada importante. O Steven Spielberg, cuya carrera se ha ido definitivamente al garete embelesado con sus propios temas, siempre queriendo contar la gran película americana. O los Coen, ya completamente domesticados. Son gente preparadísima, pero ya no son creadores, son instituciones andantes del mainstream, para regocijo de la industria del entretenimiento, que les paga muy bien, y que entrega cíclicamente productos prediseñados, cargados de eso que se llama Hype, creando enormes expectativas con cada proyecto y tratando a la gente como si fuera idiota.