Comparar películas: ‘El padrino’ (Trilogía) y ‘Érase una vez en América’

Aunque confirmo la estupidez que supone comparar dos películas, pese a que puedan parecer dos películas comparables, también admito que hablar de determinados títulos en oposición a otros suele ser bastante apasionante a la hora de entablar un debate estético. El problema en realidad no es ese. El problema es sostener posturas insostenibles. Se puede hablar, en oposición (temporal, estética, técnica, narrativa) de dos grandes westerns como Centauros del desierto (John Ford, 1956) y Sin Perdón (Clint Eastwood, 1992), por ejemplo,  pero no creo que se pueda poner a una por delante de la otra, y menos empleando argumentos tan peregrinos como el gusto personal, siempre tan caprichoso e impertinente. También se podría comparar, por ejemplo, el tono documental de The Wire (David Simon, 2002-2006) frente al estilo abstracto de A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2001-2005) o cosas por el estilo, pero teniendo las cosas claras. Y es que hay temas indefendibles.
Saco esto a colación porque estoy un poco cansado de que el personal, en conversaciones, debates, foros en internet, o lo que sea, pretenda comparar a dos creaciones tan diferentes y tan incomparables como la trilogía El padrino (1972-74-90), dirigida por Francis Ford Coppola, con la última realización de Sergio Leone, Érase una vez en América(1984), como si ambas participaran de universos cercanos y complementarios, cuando en realidad no tienen absolutamente nada que ver la una con la otra. Pero lo terrible es que con esa excusa se pretende muchas veces anteponer, o aunque sea igualar, a la película de Leone frente a la de Coppola. Y es ahí cuando hay que ponerse serio, aunque sea durante una amena charla en un bar, y dejar las cosas claras. Pero si la idea es ponerse a comparar, no voy a quedarme corto, y aunque me arriesgo a escribir obviedades, creo en ellas verdaderamente, y a veces es necesario proclamar obviedades para que los hechos queden por encima de las opiniones y de los gustos de cada cual, y para demostrar que no todo es discutible ni relativo. Más bien casi nada es discutible ni relativo cuando hablamos de arte, por mucho que nos guste discutir.
Así que comparemos. Miguel Marías dijo hace unos cuantos años, en la presentación de El padrino, parte II (1974) para el extinto programa Qué grande es el cine, que era la mejor película de gángsters de la historia. Otros, que no escriben lo bien que escribe él (y lo de que Marías ha visto muchas más películas que la mayoría de la gente, o que es uno de los mayores especialistas en “cine clásico” de España, me importa tres cojones en este momento, porque además es otro rasgo en mi opinión tremendamente contradictorio y poco importante) dicen que Érase una vez en América es la mejor película de gánsgters de la historia. A mí, la verdad, esa distinción me parece de lo más infantil y absurda. En primer lugar, porque dilucidar o decidir cuál es “la mejor película de o sobre gángsters de la historia” tendría que hacerlo, precisamente, un gángster, o un estudioso muy preparado sobre la historia de la mafia en Estados Unidos y/o Italia. En segundo lugar, porque ni la película de Leone ni la de Coppola van sobre la mafia. Es solamente un punto de partida, un capricho genérico para hablar de otros asuntos que a ellos les interesan.
Evidentemente, la mafia, sus rituales y sus ramificaciones están muy presentes en ambas películas. En la de Leone se describen un poco los comienzos de una pandilla de barrio formada por adolescentes o casi niños que intentan salir adelante en un mundo muy hostil. En la de Coppola, mucho más compleja e intrincada, se nos muestran las jerarquías, estructuras de poder y mecanismos oscuros de las que se nutren estas organizaciones patriarcales. Pero mientras el bueno de Leone, gracias a este punto de partida, reflexiona sobre el paso del tiempo y sobre las fisuras de la amistad en su película, el genio perverso de Coppola se sirve de ello para dejar a la posteridad su visión de la familia, los lazos invisibles pero pétreos que nos unen a nuestros compañeros de sangre, la tragedia de amar demasiado o demasiado poco, y el dolor de perder aquello que más se ama precisamente porque se intenta protegerlo. No son documentales sobre la mafia, sino ficciones que indagan en otros asuntos.
Ahora bien, lo que sí valdría la pena ponerse a debatir es cual de las dos es una película más importante, más perfecta, mayor. Y para llegar a alguna conclusión, la cosa es bastante sencilla. O es bastante sencilla para el que sepa responder a esta pregunta: ¿cuál de las dos está mejor, más profundamente, más refinadamente interpretada, escrita y dirigida? Y, lo siento mucho, aún a riesgo de que algunos lectores me tachen de sentencioso, intransigente o directamente imbécil, pero el que diga que la respuesta a esa pregunta es la película de Sergio Leone, pienso sinceramente, brutalmente, que no tiene ni idea de cine. Así, tal cual. No sabe de qué va esto de ponerse a filmar y de hacer arte, o de intentar hacer arte. Se pueden discutir algunas cosas. O muchas cosas. Pero no todo. En el arte también hay hechos, verdades. El gótico no es mejor que el barroco, y Bernini no esculpía mejor que Miguel Ángel, pero Erik Satie nunca será Bach, así como Pérez-Reverte no le llega a la suela a Alejandro Dumas (además de copiarle descaradamente) y Christopher Nolan es un director de cortometrajes al lado de James Cameron.
Discutir podemos discutir, pero insinuar, o siquiera empezar una conversación diciendo que la de Leone es mejor, más grande, más perfecta, que la de Coppola, es una estupidez, y no merece perder el tiempo.
Porque mientras la película de Leone, con un prólogo muy fascinante y una primera hora magnífica, que narra las vicisitudes de la pandilla de pringados que algún día serán importantes delincuentes, se viene abajo en cuanto Noodles sale de la cárcel hasta completar un precioso y carísimo despropósito; la de Coppola es un asombro construido durante más de veinte años, que empezó como un encargo (al contrario que la de Leone) y terminó como una confesión, y en la que un reparto perfecto (aún teniendo en cuenta deserciones, que las hay bastante graves) se erige en la columna vertebral de una tragedia íntima, dirigido con mano maestra por uno de los más portentosos directores de actores de la historia (uno de los pocos capaces de entender qué pasa por la mente y por el alma de sus criaturas y de comunicárselo a sus actores antes de gritar “acción”), al contrario que Leone, que es un director de actores hábil e inteligente aunque con graves carencias de ritmo e intensidad. Mientras el gran Tonino Delli Colli firma una fotografía más que notable, el genio de Gordon Willis, recogiendo todos los adelantos técnicos norteamericanos y estéticos europeos de los años sesenta, transforma para siempre la fotografía en el cine narrativo.
Pero lo más importante es que mientras la trilogía de Coppola (que no quiso hacer ninguna de las tres películas, porque en la primera era un encargo del que estuvo a punto de ser despedido varias veces, en la segunda ofreció la silla de director a Martin Scorsese asqueado por la experiencia, y la tercera la dirigió para pagar las enormes deudas contraídas por Corazonada y otros fracasos comerciales de Zoetrope) se sostiene por no se sabe qué milagro a lo largo de casi dos décadas, la de Leone se alarga en un tedio que solamente es soportable gracias a la madurez narrativa de Leone, pues el guión es un despropósito en el que los personajes carecen de coherencia interna y en el que la confusión de la trama se apodera de prácticamente cualquier secuencia a partir de que Noodles sale de la cárcel. Aunque el material literario de partida es mucho más pobre en el caso de El padrino, Coppola sabe extraer de él una riqueza de personajes y situaciones verdaderamente asombrosa, que lleva mucho más allá de lo que cabría imaginarse la documentada novela de Mario Puzo, hasta darle una forma dinámica y dramática. Un vehículo con el que contar su propia vida, transmutado en Michael Corleone, el hombre que pierde todo aquello que ama precisamente porque lo ama.
Insisto, comparar ambas películas es una idiotez. Pero si nos ponemos a compararlas, las evidencias saltan a la vista. El padrino, la trilogía, es una joya inconmensurable, mientras que Érase una vez en América, aunque con tramos hermosos y grandes valores de producción, una película fallida.