Algunos de los momentos más felices y más tristes de mi vida

Sucede una cosa con este blog en el que escribo siempre que tengo las mínimas fuerzas para hacerlo: hablo de cosas tan variadas que realmente carece de un perfil determinado. Como, además, escribo en La Columnata (y prometo…como si a alguien le importara…que me tomo tremendamente en serio mi trabajo en ese diario digital del que tan orgullosos estamos), me planteé como algo definitivo (planteamiento posteriormente incumplido) escribir exclusivamente sobre cine, o más concretamente sobre imagen y sonido, en mi columna El cañón del revólver, mientras aquí, como bien reza el nombre, puedo usarlo más como un Cuaderno Audiovisual, una crónica de cómo veo y oigo el mundo. El problema, claro, es que hay tres tipos de post fuera de libros, series o películas: los post de lobos (mala leche a granel acerca del genocidio que se lleva a cabo todos los días contra ese noble animal en concreto y contra la fauna y la flora ibérica en general), los post de lo desastroso que es el mundo actual, y los post sobre mí mismo. Y ocurre que muchos aprecian, y para mí es un misterio el por qué, sobre todo estos últimos, en los que ciertamente me desnudo bastante (nunca del todo, todavía conservo mi irreprimible pudor), y al mismo tiempo son los que de alguna extraña forma me hacen sentir mejor conmigo mismo, como en una especie de catarsis emocional, o qué sé yo.
Pero para mí es muy difícil escribir esos post. Hay cosas, hechos del pasado, ideas, personas, acerca de las cuales no escribiré jamás, ni aquí ni en ninguna parte. Sin embargo hay otras que, si escribo sobre ellas, por alguna esquiva razón, y por mucho que me cueste, me provoca una sorprendente paz, y hasta descubro cosas de mí mismo, releyéndolas, que nunca me habría imaginado. Y es que aunque algunos que creen haberme conocido o que me leen desde bastante hace tiempo pensarían lo contrario, soy un tipo con algunos graves problemas de autoestima. Y es posible que me admire bastante en según qué cosas (muy pocas) pero en casi todo lo demás me desprecio bastante y me es difícil pensar que yo merezca la pena, o que merezca ser feliz, o incluso que me merezca un poco de atención, y cosas por el estilo. Es decir, yo no tengo un gran concepto de mí mismo, pero como soy lo único que tengo realmente, intento estar a buenas conmigo mismo.
Llevo algún tiempo con una idea que me ronda: la de escribir una lista de algunos de los momentos más felices y algunos de los más tristes de mi vida. Que nadie tenga la esperanza de que le cuente en detalle acontecimientos pasados, sobre todo los que tengan que ver con otras personas. Esto voy a tratar de evitarlo, salvo en el caso de mis padres y de mi hermano. Y, si lo hago, no tengo intención de dar nombres. Tampoco voy a contar cuestiones muy morbosas o muy salidas de tono. Quizá no sean más que tonterías, chispazos que te vienen a le mente (a mí, y creo que a todos) de cuando en cuando. En realidad, todos querríamos atesorar muchos buenos momentos y también muchos malos: esto significa que vivimos y que experimentamos cosas, que nuestra vida no es gris y rutinaria, sino emocionante y repleta de momentos inolvidables. Esos que en realidad tanto nos agotan, hasta desear, de cuando en cuando, una vida más tranquila.
Hace algunos años, casi cinco, rodeado de algunos de mis seres más queridos, en mi pueblo del norte de León, que linda una montaña con Asturias y otra con Galicia, empezó a nevar ligeramente a eso del mediodía. Todo anunciaba una tarde con algunos copos de nieve. Lo que nadie se esperaba es que, de pronto, empezara a nevar con tal intensidad. En menos de una hora de nevada intensa, había un metro de nieve en las calles y todas las montañas estaban pintadas de un blanco intenso. A la noche, después de unas copas, salimos del local y la nieve se había amontonado en bloques de unos dos metros de altura. Todo era silencio. La nieve lo silencia todo. Y la escasa luz de las farolas era suficiente: la superficie luminosa de la nieve convertía la noche en algo muy parecido al día.
Cuando yo era muy niño, seis o siete años de edad, era más tonto que afilar mazas. Como me gustaban mucho los westerns y era un flipado de Clint Eastwood, tenía varias pistolas de juguete (por cierto, algunas de gran calidad) y hasta las llevaba al cole, escondidas en los pantalones para que no me las confiscara la profesora. Un día, en el recreo, un niño envidioso me la arrebató y, con una fuerza sorprendente, la lanzó muy lejos, destrozándola contra el suelo. La recogí hecha pedazos y, resignado, la tiré a la basura. Recuerdo bien que el sol proyectaba una larga sombra delante de mí. Mi propia sombra. La sombra de un niño que estaba muy triste. Massanet, el trágico…
A veces me siento muy lejos de mi hermano. Pienso que no le importo o no le intereso. Hace no muchos días, pude verle y tomar unas copas con él. Estaba contento, aunque cansado. Animado y guapo. Sentí un orgullo muy grande de presentar a ese gran tipo a algunos de mis amigos. Era mi hermano y estaba ahí, y yo me sentía un tipo muy afortunado en ese momento. Un hormigueo reconocible y cabrón me bullía por el estómago. Estaba feliz de tenerle cerca. De darle un abrazo y de reírme con él.
Un día mi padre vino a casa con el rostro completamente roto. Mi padre trabajó muchísimo toda la vida. Es un campeón trabajador. Era duro pero era bueno. A veces estaba de mal humor, harto de todo. Ese día su rostro era diferente: no estaba especialmente cansado ni harto. Estaba hundido. Tenía yo unos catorce o quince años. Puede que algunos más. Seguí a mis cosas y luego fui al sofá con mis padres. De pronto mi viejo rompió a llorar. Un compañero de trabajo que llevaba varios meses intentado formar un negocio propio se había matado aquella misma noche (y no pienso describir el espantoso modo en que lo hizo). Nunca olvidaré el gesto con el que mi padre hundió el rostro entre las manos, la forma en que mi madre se acercó a él. Yo…yo no hice absolutamente nada. Me quedé quieto, petrificado, hipnotizado por esa imagen.
El verano de 2010 fue tan duro y deprimente para mí que necesitaba algún estímulo. Se me ocurrió la idea de abrir una página digital en la que muchos amigos, o incluso gente desconocida, hablara sobre los temas que le interesaran: cultura, política, lo que fuera. Me parece que se lo comenté a César Noragueda. Algunos meses después, él, que tiene mucha más capacidad de convocatoria que yo, levantó un proyecto semejante (y no, no digo que su idea fuera idea mía inicialmente, simplemente organizó algo parecido a lo que yo tenía en mente) y ahora ese proyecto es una realidad en la que él, con su habitual pericia y competencia, ejerce de director y de coordinador, mientras muchos escribimos lo mejor que podemos sobre los temas que nos interesan. Y puedo decir que muchos de los que escriben o dibujan allí lo hacen muy bien, y me siento muy feliz de escribir al lado de personas tan inteligentes y tan valientes, tan ingeniosas y divertidas. Claro, ese proyecto es La Columnata.
Después de muchas operaciones, tuvo lugar un anuncio que, no por esperado y considerado como probable, fue menos devastador: mi madre estaba enferma de ese infierno que empieza por c… Como en el caso de la narración de mi padre del suicidio de su amigo, estuve varios días sin hacer nada. El miedo era un abrigo que me aislaba y, dentro de él, yo seguía moviéndome como si nada pasara. Pero creo que mis ojos eran diferentes, y han continuado siendo diferentes desde entonces. No miedo a que se muriese. No miedo a la muerte, ni a pasarlo mal. Miedo a que sufriese, a que yo no pudiera aportar prácticamente nada a su condición, cosa que realmente sucedió. Miedo a ser un inútil, a no poder ayudar. A quedarme sin la única madre que nunca tendré y a tener que andar por el mundo un poco más desamparado.
Un día pude ver lobos ibéricos de cerca. Tan cerca que un par de metros más y habría podido tocarles. No tuve miedo ni me parecieron terribles. Uno estaba durmiendo la siesta delante de mí y otro, a unos diez o doce metros, vigilaba a lo alto de una roca, mirando a lo lejos vete a saber el qué. Me miraron y olieron mi presencia en el aire con muy escaso interés y siguieron a lo suyo. Son bastante pequeños y asombrosamente rápidos. Creo que la que dormía la siesta era una hembra, que se quedó completamente dormida en su cubículo. Que no se preocupe el lector contumaz: no sentí un vínculo ni me creció un vello indómito en los brazos. Simplemente admiré la viva imagen de la libertad absoluta, esa que nosotros ya no conocemos ni conoceremos jamás en nuestra propia piel.
Hace algún tiempo, yendo a terapia, descubrí algunas cosas sobre mí mismo (que para eso va uno a terapia) muy duras y muy jodidas que, aunque me han permitido crecer un poco, también son una gran losa que a veces hasta me impide tomar el café por las mañanas.
Cuatro años atrás, mis padres vivían en Mallorca. Por esa razón, claro, pasaba yo largas temporadas por allí. Desde donde vivían hasta la playa había unos trescientos o cuatrocientos metros de carretera rodeada de naturaleza. Me levantaba bien temprano, agarraba la toalla, bebía un poco de zumo, y caminaba todas las mañanas hasta la playa. Cuando estoy mal recuerdo ese camino y el rato de sosiego que me proporcionaba.
Seguro que mañana o pasado se me ocurren otros momentos, pero estos siempre están presentes cuando no tengo nada más que hacer que beberme una cerveza en soledad.