El calcetín del tiempo

Es una extraña cuestión la del tiempo. La percepción que tenemos sobre él varía con la edad, y mientras somos niños el tiempo nos parece un inmenso océano con el que poder llenar la existencia, pero cuando somos adultos el tiempo apenas está formado por pequeñas charcas en las que poder escanciar entre el desierto que representa trabajar y estar todo el día cansado y atareado. Así las cosas, nueve de cada diez personas se preocupan ante todo del tiempo futuro, y vacían el presente con el objetivo de llenarlo de seguridad. Dejémonos de lirismos: la gente lo que quiere no es vivir bien ahora, sino vivir bien después, y sacrifican todo lo que haga falta para que cuando tengan setenta años puedan pasarse la tarde paseando o jugando al mus sin tener que preocuparse por las lentejas con tocino.

No es que el tiempo sea oro. Es que el dinero te da tiempo, y cuando no tienes el dinero, como el común de los mortales, no tienes tiempo para nada.

Pero algunos, muchos, no lo valoran. Ven películas de mierda y leen novelas de mierda y emplean su tiempo libre como el que nunca fuera a morir. Y pueden morir mañana, o ahora mismo, pero no lo saben. Como yo sí lo sé, y como además tengo olfato para estas cosas, procuro no ver películas que sé que no merecen la pena a menos que sea para reírme de ellas, ni leo un solo best-seller si a mano tengo uno de mis libros predilectos para volver a deleitarme con él. Si tuviera el mismo olfato para otras cosas, las cosas seguramente me irían diferente y no estaría siempre sobreviviendo, y a lo mejor viviría un poco.

Porque a mí nunca se me ha dado bien, o a lo mejor es que ni siquiera me interesa, llenar ese calcetín del futuro, un calcetín que algunos llaman “estado del bienestar”. Llenarlo, ¿para qué? ¿Para contar batallitas con noventa y cinco años, medio ciego y medio sordo, apoyándome en un bastón para lograr subir nueve escalones en quince minutos? ¿Para convertirme en un anciano venerable, llevar gorra en invierno y chanclas en verano, mostrando mis depauperadas piernas en la playa? ¿Para añorar haber sido joven o atractivo y para dar consejos a los chavales? Los que no tienen imaginación luchan como posesos para tener una vejez confortable, una casa enorme, una cama cómoda llena de almohadones, y viajar por todo el mundo convertido en decrépito errante.

No quiero que el rostro se me desfigure y que se me desfigure también la memoria (ya bastante desfigurada, por cierto). No quiero que los años me parezcan días y los días años. No quiero mirarme al espejo y no reconocerme. No quiero alcanzar la certeza de que, irremediablemente, me quedan un par de años más y abandonar la de que dentro de media hora me puede dar un ataque al corazón y dejar un bonito cadáver. No quiero ver al mundo cambiar más y seguir viendo guerras y violencia. No quiero volver a casa por las noches deseando dimitir de la raza humana por otros ochenta años. Ni pensar que trabajé durante décadas para poder bajar un par de días a la semana al bonito café de la esquina a desayunar.

Si llego, que no llegaré (y si lo consigo no creo que me vaya muy bien), quiero pensar que utilicé mis energías y mi juventud en algo valioso. Que ocupé el tiempo presente no para fiscalizarlo y ponerlo al servicio del futuro. Que llegué a creer en mí, que averigüé quién coño soy, que aprendí a reírme de mis pasiones y que hice algo hermoso por alguien, aunque ese alguien ya no esté o no quiera estar cerca. Que perdí el miedo al sufrimiento y a la muerte. Que dejé de hacerme preguntas estúpidas y que tuve dignidad, que viví con ella, que usé el tiempo para ganármela, como algún día me ganaré mi soledad y estar a gusto con ella. Que valoré la inmensa suerte de haber conocido a algunas personas y me perdonaré haber permitido a otras entrar en mi tiempo. Que el pasado dejó de torturarme, y que el futuro dejó de atenazarme. Que el presente ya no fue un potro salvaje, indomable, y que puedo surfear con serenidad en él. En definitiva, que el tiempo dejó de existir, porque no es más que una idea, y como otras inútiles ideas, algún día desapareció del entendimiento.

Que dejé de arrancarme las uñas a mordiscos y, valiéndome de mis dedos destrozados, de arrancarme también a tirones los pellejos de los labios. Que dejé de sentirme culpable por todo y que me acepté tal y como soy. En ese caso el tiempo, sea lo que sea, habrá servido para alguna maldita cosa además de para ganar el jodido dinero que me protege del invierno, que me refresca en verano y que me hace sentir la ilusión de un mundo que carece del mínimo sentido.