‘Samurai Jack’: la vuelta al hogar

Dicen los que entienden de eso, que hace varios siglos, mucho antes de que existieran los periodistas, la televisión, la radio y el puto internet, la gente común estaba muchísimo mejor informada de lo que ocurría en una guerra que tenía lugar bastante lejos de su territorio. Informaciones basadas en mensajes que se enviaban en fardos a lomos de caballos de postas. Cosas así. Que, actualmente, en esta sociedad de la sobre-información, estamos mucho más desinformados y nos toman el pelo sin demasiado esfuerzo. Algo parecido sucede con todo este rollo del cine y la industria audiovisual: ahora que tenemos bases de datos perfectamente archivados, a la desidia en la forma de escribir (¿fui yo el único de mi generación que asistió en el cole a clases de lengua?) se une la pereza de ni siquiera echarle un vistazo a una nota de prensa, a un folleto informativo o simplemente al dichoso IMDB. Y no solo en conversaciones o en blogs para adolescentes semi-analfabetos, en los que he oído y leído que Hotel Transilvania es la “ópera prima” (cómo odio la jodida expresión) de Genndy Tartakovski, sino que en el cada vez más autocomplaciente Cahiers España hacen una crítica de la película y, mencionando al director, aseguran que su apellido es real (sin duda por parecerse al del mítico Tarkovski), y dejan claro que no tienen ni idea de quién es el cineasta en cuestión.
Es decir, no saben, porque no les importa ni tienen curiosidad, que este tipo creó las estupendas series Las Supernenas y El laboratorio de Dexter, ni que es el creador de una joya imperecedera que se tituló Samurai Jack. Yo no he visto Hotel Transilvania, pero sí he visto muchas veces Samurai Jack. Las suficientes como para saber que este hombre se merece un poco más de respeto y un poco más de trabajo por aquellos que se dedican a juntar letras sin más ánimo que hacerse los inteligentes. Esto es como si a David Simon le da por dirigir una película y algún tontaina dice que es su ópera prima… Y de esta forma el susodicho tontaina estaría quedando en el más espantoso de los ridículos. Pero no sé de qué me sorprende, en un país en el que los periodistas escriben novelas, los editores las venden y los lectores creen estar adquiriendo literatura cuando compran un best-seller.
Creo (no lo sé, claro, pero qué chulo queda decirlo) que gente como Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi habrían venerado esta serie. También Yasujiro Ozu, o incluso Andrei Tarkovski. Genndy Tartakovski, nacido en Moscú hace 42 años, se largó a Estados Unidos a triunfar como animador, y se comió el mundo. No tardó en hacerse un nombre en televisión y en dejar patente su talento narrativo, nutrido de miles de horas de ver películas de animación y de leer cómics en su infancia, y de su habilidad para dibujar con trazos sencillos pero tremendamente expresivos y manieristas. Y después de establecerse como un original animador y guionista de series para niños, decidió que iba a hacer una serie algo más adulta y con muchísima más acción. De hecho, se planteó hacer la serie de dibujos con más acción que pudiera imaginarse. Y el muy cabrón lo consiguió.
El samurái sin nombre
En realidad, ese tipo vestido de blanco, que empuña un sable, y del que nunca sabremos el nombre, no es el verdadero protagonista de la serie. El protagonista, ya sea en la sombra o machacando la pantalla sin piedad con su presencia, es un demonio hecho de puro mal, nacido de los restos de un cosmos de maldad que los dioses creyeron purgar para siempre del firmamento, el cual aterrizó como un meteorito para desgracia del planeta tierra. Se hace llamar Aku y es prácticamente invencible y todopoderoso. Es un tipo simpático, artero, histérico, travieso, mentiroso y cruel. En el Japón medieval, un rey se hizo con una espada mística, el único arma que podía destruirle y al mismo tiempo defender a su portador del poder de Aku, y por poco le destruye. Mucho tiempo después, el hijo de ese rey, un chavalín que creció feliz sin más preocupaciones que perseguir bichos por el campo, vio cómo regresaba ese demonio terrible, cómo destruía su hogar, y tuvo que huir para hacerse un hombre, formarse como guerrero y un día blandir la espada mística de su padre y acabar de una maldita vez con el pesado de Aku, que se lo pasa en grande quemando poblados enteros gracias a los rayos que lanza por sus ojos.
El tema es que el chavalín vuelve unos años después, coge la espada, y se las hace pasar putas a Aku. Pero, a punto de ser destruido, abre una puerta en el tiempo y lanza al joven samurái al futuro (que no se eche las manos a la cabeza el lector, todo lo que cuento es el primer capítulo). Como no ha sido detruido, en ese futuro de naves espaciales y razas alienígenas, Aku es el que manda, y todo lo que el héroe conocía ha desaparecido. Unos chavales le bautizan como Jack y él, reacio a dar su verdadero nombre, acepta el improvisado seudónimo y trata de regresar a su hogar durante los cuatro años y más de cincuenta episodios que dura la serie. Sin conseguirlo jamás, claro. En esta peripecia, vagará por un extraño mundo poblado por criaturas extrañas, personajes rocambolescos, situaciones sorprendentes, muchísimos peligros y la amenaza de Aku rondando en cada esquina. Siempre estará a punto de emplear una puerta en el tiempo, o de acceder a un poder que le permita regresar. Y una y otra vez fracasará, pero no está en su diccionario personal la palabra rendición.
El color blanco de Jack contrasta obviamente con el negro de Aku. Uno es la pura antítesis del otro. Mientras Aku es gritón, malhumorado y despiadado, Jack es sereno al hablar y al caminar, es noble y entregado a causas que a menudo le impiden regresar al hogar. Tartakovski escribe todos los guiones en colaboración con su equipo y dirige muchos de ellos ayudado en la animación por genios coreanos en esa disciplina. En sus capítulos no cabe la repetición de una fórmula, ni siquiera de un tono. Unos son bufos, otros misteriosos, otros extraños. En ellos caben los registros del western, de las artes marciales, del terror, la cienca ficción, la fantasía heróica. Casi de todo. Pero todos ellos son trepidantes y algunos están presididos por una profunda emoción que en nada se parece a un sentimentalismo. De todos ellos, entre los que no hay ninguno mediocre, mis predilectos son:
Jack y los tres arqueros ciegos (T1 – Ep VII): un verdadero estudio del sonido en el cine.
Los cuentos de hadas de Aku (T1 – Ep XIII): divertidísimo y sorprendente, con Aku intentando contar su versión de las andanzas de su archienemigo, un verdadero ensayo sobre el arte de narrar.
Jack y los monjes (T2 – Ep XXII): mucha acción y mucha reflexión, un capítulo tremendamente lírico.
El bueno, el malo y la hermosa (T3 – Ep XXIX): impresionante homenaje al western, lleno de acción y de humor desde el principio hasta el final.
Jack y la criatura (T3 – Ep XXXIII): desternillante episodio, con un final sorprendente.
El nacimiento del mal I y II (T3 – Eps XXXVII y XXXVIII): dos episodios complementarios en los que se cuenta el origen de Aku y la terrible batalla, que habría admirado Kurosawa, en la que casi le derrotan de forma definitiva.
La infección de Aku (T4 – Ep XLIII): Posiblemente el mejor de todos. Jack coge un resfriado que le contagia sin querer Aku y casi se convierte en él. Inolvidable.
Las estaciones de la muerte (T4 – Ep XLIX): otra maravilla, dividida en cuatro partes según las estaciones del año.
Jack y el bebé (T4 – Ep LII): último de la serie, que nunca se vio en televisión. Ingenioso y con tanta acción como siempre.
Parece ser que Hotel Transilvania ha resultado todo un éxito comercial. Me alegro por Tartakovski. Espero que siga haciendo películas o series. Claro que se sigue especulando sobre la posible película de Samurai Jack. Yo creo que no deberían hacerla porque la fuerza de la serie reside sobre todo en que son veinte minutos de duración por capítulo y ahí se condensa una aventura intensa. Si la hacen, quizá Jack, o como se llame, vuelva al hogar. Yo vuelvo a un particular hogar cada vez que vuelvo a ver cualquiera de sus episodios.