La oscuridad humana

El tema de la humanidad me interesa mucho. De hecho, pensándolo bien, es lo único que me interesa. Eso y la expresión en sí misma. Humanidad. La mayoría de las personas emplean la palabra como conjunto de buenas cualidades, tales como bondad, compasión, sensibilidad y cosas por el estilo. La rama del conocimiento que llaman Humanidades que según la misma RAE “incluye la historia, la literatura, las lenguas clásicas y modernas y el arte, entre otras disciplinas caracterizadas por no tener una aplicación práctica inmediata”. Luego volveremos a esa magnífica acepción, porque es tremendamente irónica y hasta reveladora.
Un toque humano en un reportaje o artículo es un toque de bienintencionadas, ilustrativas y moralistas intenciones. Un trato humano es un trato cortés, distinguido, compasivo con aquellos a los que se trata. Un enfoque humano es uno gracias al cual resaltar las positivas y morales cualidades de aquello que se observa. Así podemos seguir hasta el infinito. Y todo esto no es más que una falacia gigantesca con la que quizá algunos pretendan tapar el sol con un dedo. Como si la humanidad, en su concepto y en su realidad, pudiera ser troceada, y parte de ella atesorara una luz moral, primordial, que pudiera redimir otras partes no tan luminosas. En verdad creo que las cosas son bastante más sencillas y bastante más complejas a un tiempo como para manejar conceptos tales como bondad, maldad, o la trasnochada percepción que tenemos de lo que es humanidad. La humanidad nunca será un faro o una estructura civilizada (y el hecho de que algunos puedan pensarlo o creerlo se debe más a su escasa imaginación y a su aún más escasas perspectivas) por varias razones esenciales:
1. Todos vamos a morir, y lo sabemos.
2. Todos sufrimos o podemos sufrir hambre, frío y desesperación, y nuestro cuerpo lo intuye.
3. Los buenos momentos o chispazos de plenitud que podamos sentir o experimentar no son nada comparados en su intensidad a los malos momentos, a los terribles, pues mientras la felicidad o la alegría son limitadas y pasajeras, el dolor y la miseria (ya sea material o interior, o ambas) son mucho más poderosas, perdurables y multiformes.
Con este panorama, hay quien se sorprende o incluso se asombra por la capacidad del hombre de hacer lo que vendría a llamarse “el mal”, y por su incompetencia o extrema dificultad a la hora de hacer “el bien”. Hay quien dice que el hombre es una puta mierda sin capacidad de redención y hay quien dice que el hombre en el fondo es bueno y libre y que algún conseguirá un entorno y un interior, creados por él después de muchos siglos de luchas, armonioso y bello y justo y libre también. Yo no lo veo así. Jamás se conseguirá un mundo totalmente justo y muy probablemente nunca terminará por destruirse del todo el mundo del hombre a menos que se aniquile a sí mismo o que el planeta se resquebraje y nos trague a todos en una grieta oceánica o gracias a una ola de doscientos metros de altura. Por la sencilla razón de que jamás el hombre podrá disociar su propia naturaleza, y en ella se encuentran incrustados, tatuados, los opuestos. No ya el bien y el mal, que son ideas moralistas y opacas, sino todos los opuestos imaginables, pues el hombre encierra en sí mismo todos los secretos y todas las respuestas, todo lo positivo y todo lo negativo, en una eterna contradicción que supone, más que ninguna otra cosa, la única causa por la que, mejor o peor, sigue creciendo. Seguramente hacia ninguna parte, pero moviéndose sin parar.
Tomemos como ejemplo el mundo occidental actual, la civilización moderna. Los que en ella viven (yo vivo en ella pero no me la creo) creen que el mundo en realidad es o debería ser así, y que la barbarie, el salvajismo y la ley de la jungla son cuestiones periféricas, minoritarias. Nada más lejos de ser cierto. En realidad este mundo es la periferia, y la gran vastedad del mundo real, el de fuera, convierte a la civilización en algo minúsculo. Estamos orgullosos de nuestros valores y cuando leemos crónicas de la Edad Media nos reímos y pensamos que eso está superado y que estamos avanzando verdaderamente. Sin embargo, en el telediario, nos enteramos de que están bombardeando Gaza, y los presentadores lo llaman “una ofensiva”, como si se tratara de un juego de ajedrez. O de petanca. Y dentro de quinientos años, si es que aún estamos aquí y no hemos regresado a las cavernas, si podemos obtener un registro de estos acontecimientos, deberíamos avergonzarnos por llamar a una masacre y a un genocidio una “ofensiva”. Nos avergonzaremos de que los que tienen “dinero” traten a los desgraciados como si fueran basura, y de que montemos grandes espectáculos con millonarios vestidos con calzoncillos dándole patadas a una pelota.
Pero eso ahora no lo vemos.
Los únicos que, de alguna forma, pueden verlo, son precisamente aquellos que se dedican a las humanidades, esa rama tan poco práctica del conocimiento y de la expresión, y que no trabajan, los más valiosos de entre ellos, para demostrar la supuesta superioridad del ser humano, sino para dejarle en evidencia y para ofrecer un punto de vista que nos permita observar el inhumano mundo en que vivimos. Los que saben que el mundo del ser humano es una inmundicia, y que precisamente por ello los destellos brillan más en la oscuridad, destacan como una rosa roja entre un montón de mierda o una tarántula en un trozo de bizcocho.