El fin

‘Creo de todo corazón en el lema “El mejor gobierno es el que menos gobierna”, y me gustaría verlo hacerse efectivo más rápida y sistemáticamente. Llevado a cabo, finalmente resulta en algo en lo que también creo: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. Y cuando los pueblos estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tengan’
– Henry David Thoreau
Pero nunca lo estarán. Porque el hombre nunca podrá dejar de ser hombre, y aunque el ser humano, algunos de entre sus individuos, tiene buenas cualidades, que todos a la vez nos demos cuenta de que no necesitamos absolutamente ningún gobierno o poder por encima de nosotros que nos dicte nuestros actos es del todo imposible. Y convencer a los que no opinan igual a veces es también del todo imposible, ni siquiera por la fuerza. ¿Entonces? No es cuestión de resignarse, es cuestión de ver la puta realidad. A partir de ahí quizá podamos llegar a alguna conclusión que evite que nos estallen las neuronas.
Digo todo esto porque el otro día, en Barcelona, a una mujer que no había hecho otra cosa que manifestarse pacíficamente, un canalla vestido de antidisturbios (es decir, un siervo del poder, quien al no ser en el fondo mas que un ciudadano con algunos privilegios, es todavía más canalla que quienes le dan las órdenes) le disparó un bolazo en plena cara que le destrozó un ojo, y aunque han podido salvarle el órgano, parce ser que ha perdido la vista de forma permanente en ese globo ocular. Pocas horas después, los delegados y responsables de semejante bestialidad, afirmaban, con todo el cinismo del mundo, que no se habían disparado pelotazos antidisturbios. En esa misma ciudad, el mismo día de la huelga, a un chiquillo de unos catorce años de edad, según creo, un porrazo que dicen que salió rebotado le dio en la cabeza y necesitó varios puntos de sutura. Nadie ha sido reprendido o ha asumido responsabilidades por todo ello.
Bien.
Esto no es otra cosa que el fin.
Un país en el que suceden estas cosas no ya es que no sea una democracia (ha quedado bien demostrado desde hace bastante tiempo que España no lo es), o que sea un estado policial, es que por definición es una dictadura encubierta. De la peor clase: la que se viste de democracia pero ejerce contra los ciudadanos un poder represivo espectacular. En todos los órdenes. Tanto así que si dentro de cinco años, esa mujer con visión en un solo ojo se ha entrenado como represalia en artes marciales y en el uso de lanzagranadas contra edificios gubernamentales, convertida en una vengadora tatuada y con sed de sangre, yo lo consideraría natural, del mismo modo que es comprensible que la primera reacción de un palestino al que le vuelan su casa de un misilazo, con su hija de cinco años dentro, es la de coger un rifle kalashnikov y liarse a tiros contra el primer judío que pase por la calle. Y, si puede, rematarle a base de patadas en la cabeza. Mientras, aquí, en nuestra cómoda mentira, nos sentiremos superiores y le juzgaremos, pero nos será muy difícil ponernos en su situación, una situación en la que actuaríamos muy probablemente como él.
Si los policías pueden llevar armas, ¿por qué yo no? Y, si yo no puedo llevarlas, ¿por qué ellos sí? O todos o ninguno. La contradicción que supone que una casta lleve armas de fuego, o porras, o rifles que disparan bolas peligrosísimas, y que otra tenga que someterse por no poder llevarlas, es la que da lugar a este estado del “bienestar” en el que no somos más que corderos.
En el relato La niebla, de Stephen King, luego llevada con solidez al cine por ese buen director que es Frank Darabont, un centenar de personas ve llegar el fin del mundo desde un supermercado. Mientras están haciendo sus compras, llega una misteriosa niebla, producto de experimentos científicos que han abierto probablemente un portal a otra dimensión, y que trae consigo una horda de criaturas frente a las cuales los pobres corderos que habitan este mundo no tienen nada que hacer. Pulpos gigantes que viven fuera del agua, escorpiones monstruosos, arañas de pesadilla, feroces bichos voladores. Un terror inimaginable se ha adueñado de la tierra, y ellos son como corderos listos para el matadero. No tienen ninguna posibilidad en un enfrentamiento directo contra esas criaturas. Y aunque el relato está bien llevado y posee no pocas virtudes (también defectos), lo que más me interesa de él es su dimensión metafórica, social, psicológica. Los individuos atrapados no pueden ver el mundo de fuera porque la niebla se lo impide. Solamente de cuando en cuando, y cada vez con mayor destrucción, acceden a visiones fugaces y fragmentadas del horror que les rodea. Algunos se vuelven locos, otros niegan la realidad, otros luchan y mueren. Es, tal cual, la sociedad en que vivimos.
Nos hemos instalado en una burbuja en la que nos sirven alimentos a cambio de nuestro tiempo y fuera, en el mundo real, monstruos sin conciencia campan a sus anchas. No tenemos ya ninguna posibilidad frente a ellos porque nos han despojado de todas nuestras armas y de nuestro instinto. Podemos elegir creer las sandeces que nos cuente algún iluminado (en el relato personificado en el rol de la delirante señora Carmody), podemos negar que el mundo sea así, podemos volvernos locos y recluirnos así en nuestro interior, o podemos luchar y morir. Pero muchas más opciones no tenemos.
Hay una idea que el novelista escribe con notable talento: la de que un ensanchamiento de la conciencia es una pérdida de la percepción. Cuando somos niños, el mundo es nuestro, lo vemos todo y creemos en todo, sobre todo en nosotros mismos. Cuando vamos haciéndonos adultos, perdemos esa percepción y ganamos en conciencia. Nueve partes de cada diez escapan a nuestros sentidos y a nuestra mente, o nos  negamos a que haya un portal de entrada, a que el universo sea mucho más que lo que nos hemos construido. Nos hemos aletargado en una existencia mentirosa, porque tenemos miedo. La naturaleza es temible y la libertad no es un oasis, sino una guerra eterna. Pero empiezo a creer que está muy cerca el momento en que muchos de nosotros salgamos del puto supermercado de esta realidad y nos enfrentemos a la otra, con todas sus consecuencias.