Nacemos más tontos y nacemos acelga

Losthighway
Muchísimas veces me planteo dejar de escribir. Al menos en esto de internet. Por dos razones fundamentales. La primera es que creo que demasiado a menudo no hago otra cosa que escribir obviedades, y luego me extenderé sobre ese tema. La segunda es que tengo la sensación de que nadie o casi nadie me lee, salvo algunos amigos que por la razón que sea (para mí, un completo misterio) creen que lo que escribo es bastante interesante y que lo hago bastante bien. Hay otras razones, claro, como que soy un tipo ambicioso y ya que esto de la escritura es de las pocas cosas que me suministran bastante placer, aunque también dolor y desesperación, intento hacerlo lo mejor posible. En el fondo, todo es vanidad. El “dire” de La Columnata me comentó que mi columna, El cañón del revólver, funciona más que bien, pero la parte de mi mente que trabaja las 24 horas del día sólo para joderme siempre buscará excusas para deslegitimar mi propio trabajo e intentar convencerme de que la razón de que algo que yo hago pueda ser apreciado seguramente sea suerte o, peor aún, casualidad.
De tal modo que hago lo siguiente, y no me cuesta nada admitirlo: volver a releer cosas mías de este blog o de La Columnata y, aunque muchas veces me lamento de no llevar a cabo las suficientes correcciones o de no desarrollar mis ideas con la deseable profundidad y autoexigencia, muchas otras me gusta lo que leo, y creo que vale la pena, y me quiero un poquito más. Todo esto no es otra cosa que la constatación de que la literatura es consecuencia directa de la falta de amor, de todo tipo de amor. Sobre todo del amor propio. Y no me gusta dedicar mis palabras siempre a cuestiones terribles o penosas, porque el paisaje más hermoso puede resultar deleznable a una persona con el corazón roto, o el más gris y triste puede ser tremendamente bello para alguien con el ánimo por las nubes. Sin embargo, hay una cuestión que, por más que lo intente, no supero:
El ser humano está muy sobrevalorado. Un poco más tonto, y nace acelga.
Y yo, como un ser humano más, soy tan acelga como el que más, pero por lo menos tengo el coraje de decirlo.
Nos creemos muy importantes porque al contrario que nuestros hermanos del reino animal sabemos que vamos a morir y esa idea nos trastoca la vida de tal forma que somos incapaces de vivir con intensidad y libertad.
Creemos que nuestros avances tecnológicos y nuestras conquistas en la civilización moderna son algo digno de admiración, y no es más que otra constatación de que somos retrasados mentales.
Pienso por ejemplo en la crisis esta, que existe desde que mis padres vivían en Mallorca y mi madre estaba completamente sana y yo tenía menos de treinta años y quizá era medianamente feliz. Y es que somos memos. El dinero se lo dan a los bancos para sostener este sistema decadente y a la gente le dejan sin un duro. Pero el dinero no sale de los bancos, el dinero sale de la gente. Se lo roban para crear una mentira, y después esa mentira les pide que paguen más dinero. Y cuando no hay dinero se endeudan para que cuando lo haya, si lo hay, que no lo habrá, paguen mucho más dinero, y la gente asiente con la cabeza como verdaderos memos.
En realidad la solución sería muchísimo más fácil: entregar esos tropocientos mil millones de euros a la gente. A fondo perdido. ¿Qué creen que pasaría? ¿Que se lo guardarían, como los bancos?
No.
La cosa está tan mal que los ciudadanos, los trabajadores y los parados se dedicarían a pagar sus deudas y a invertir. Invertir, coño, hostias, ya. Justo lo que no hace el gobierno. Devolverían sus préstamos, pagarían sus créditos, pagarían sus casas, gastarían, el dinero fluiría. La máquina se reactivaría.
Es tan elemental que hasta un capullo como yo, que de economía no sabe nada, y que las matemáticas no se le dan precisamente bien, lo sabe. Igual que sabe que si no lo hacen es porque todo está perfectamente orquestado para que unos tengan mucho, demasiado, y otros no tengan nada.
Pero hay cosas mucho peores que esta. Cosas que me hacen plantearme dimitir de la raza humana.
Llamar por teléfono y que la persona (o lo que sea) del otro lado de la línea, me responda con un “¿Quiénnn?” me obliga a replantearme si esta raza de retrasados que se cree tan importante ha llegado a alguna parte o por el camino se perdió sin remedio. Y dirá el lector: “Massanet, ¿qué tonterías me estás contando?”. Ninguna tontería, muchacho. Marge Simpson tenía toda la razón cuando afirmaba que si la gente fuera simplemente más amable, más educada, el mundo sería bastante mejor. Estoy convencido de que las regiones de la mente que se preocupan de hablar a los demás con un mínimo de clase, de dignidad y de buen gusto, son las mismas que esas que impiden a muchos de nosotros aprovecharse de los demás, y que ayudan a que un día sombrío se convierta, por arte de magia (porque la magia existe), en un día agradable.
Porque no hay nada mejor que una sonrisa.
Nada más luminoso que un gesto amable.
Cuando un paleto coge el teléfono y pregunta, con voz ronca (sea hombre o mujer) “¿Quiéennnn?”, sé de sobra que algo anda podrido, y no necesito un especialista, ni leer las deprimentes noticias que convierten un prometedor día, con nubes y rayos de sol, y niños haciendo el ganso en las aceras, y mujeres bonitas con minifalda, en un día de mierda. Esa región del cerebro que te impele a preguntar otra cosa que un “¿dígame?” o sus derivados (es decir, que te impele a preguntar con suspicacia, con exigencias, con violencia, en lugar de dejar al otro que te comente qué quiere y seas capaz de guardar silencio mientras tanto) es la misma que se pelea por chorradas como el fútbol, o los gustos cinematográficos, como si te fuera la vida en ello, precisamente esa vida que eres incapaz de disfrutar porque (primero) sabes que vas a morir y eso te llena de amargura y (segundo) niegas por tanto que vayas a morir y te crees muy importante. Todo es bastante más sencillo. Vamos a morir y no pasa nada. ¿Por qué no pasar el poco tiempo que permanecemos en esta Tierra con un poco de amabilidad, usando la cabeza y aceptamos que somos todos iguales?

2 Respuestas a “Nacemos más tontos y nacemos acelga

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