Apuntes sobre Adrián Massanet

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Hace ya algún tiempo, casi medio año, decidí dejar un tiempo este blog y ponerme a trabajar más a fondo en un montón de proyectos (demasiados…), dos de los cuales (La Columnata y un libro que dentro de poco verá la luz) están por fin o funcionando o a punto de concluir un largo periplo de gestación. Para despedirme y a modo de bufonada, escribí aquí sobre algunos rasgos de mi personalidad, pero todo ello fue planteado desde lo superficial, lo jovial, sin entrar en profundidad en mi extraña (para mí, no sé para los demás, aunque sospecho que habrá gente que esté de acuerdo con ello) forma de ser. Algunos a lo mejor leen solamente el título de esta entrada y creen que soy una especia de onanista intelectual, un divo que se cree muy importante. Otros a lo mejor acceden a ella con curiosidad. Puede que con morbo. Simplemente estoy a punto de hablar de mí mismo porque me cuesta mucho verme, pues para mí soy opaco, y mis amistades agradecen mucho que de vez en cuando hable de mí sin tapujos y con las tripas.
Dicen que tienes que escribir de lo que más conoces. Yo, que soy un gran ignorante de prácticamente todo en la vida y el universo, no me conozco demasiado. O me cuesta ser yo mismo, o simplemente tener un autoconcepto estable. Así que a lo mejor no voy a hablar precisamente de lo que más conozco. También dicen que lo primero es conocerse a sí mismo, así que tengo una asignatura pendiente que probablemente me durará toda la vida, al paso que voy. Lo que me dure la vida.
Decía Tom Reagan en esa obra de arte titulada Miller’s Crossing que nadie conoce a nadie, al menos a fondo. Decía Tarkovski, sin embargo, que no nos conocemos a nosotros mismos tan bien como nos conocen los demás. Decía Conan, para terminar de embrollarlo todo, que él vivía con intensidad, y que piensen los filósofos. Cómo alguien puede tener tan dispares gurús es muy difícil de comprender. Y tengo muchos otros y cada uno diría de estas cuestiones afirmaciones tremendamente opuestas. El problema es que uno cree que los demás son o sienten o perciben el mundo como uno mismo lo hace. Pero en el reparto cósmico de rasgos de la personalidad, cuando no eres como los demás en muchas, demasiadas, cosas, esto conlleva no pocos problemas, o por lo menos disonancias que te obligan a replanteártelo continuamente todo.
Por ejemplo, yo soy sinestésico. Y cuando eres sinestésico y mucha gente que te rodea no lo es, tú no tienes ni idea de nada y vives en tu mundo. Primero porque piensas que todo el mundo sentirá las cosas como tú las sientes. Segundo porque no sabes qué coño es eso de la sinestesia. La vida no trae manual de instrucciones. Yo lo descubrí, como algunas otras cosas, viendo la genial serie House M.D. Hay un capítulo en el que el personaje central interpretado por Hugh Laurie tiene un episodio de sinestesia, y yo, que al igual que cuando leo una palabra cuyo significado no conozco, si la oigo también la busco en el diccionario e intento averiguar qué significa. La Wikipedia dice: “En neurofisiología, sinestesia (del griego συν-, ‘junto’, y αἰσθησία, ‘sensación’) es la percepción conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo. Un sinestésico puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto con una textura determinada. No es que lo asocie o tenga la sensación de sentirlo: lo siente realmente”. Conozco a algunas personas que todo esto les suena a cuento chino, o a que los sinestésicos están (estamos) locos. Que tienen visiones. Se trata de un fenómeno que cada vez se estudia más y que poco a poco se va comprendiendo en todo su potencial
Yo sólo puedo hablar de mi experiencia con la sinestesia. Hasta hace relativamente poco tiempo creía que para todo el mundo el número cinco era rojo. Y, si no era rojo, era de algún color determinado. Si lo era para mí ¿por qué no para los demás? Yo nunca me he creído especial. Pero resulta que no, que la gente no ve el cinco de ninguna manera. Piensa en en el cinco y punto. Voy a intentar explicarlo. No es que yo vea un número 5 rojo en mi cabeza, que también, sino que para mí las cinco de la tarde están teñidas en rojo. Pero el mundo sigue siendo el mismo, no veo visiones ni voy drogado por la vida. Sin embargo, en el túnel o tercer ojo de mi mente todo está teñido de rojo. De hecho lo veo ahí escrito de negro y no tiene sentido para mí, para mí sólo tiene sentido de una manera: 5. Yo lo veo de la siguiente manera, y no puedo verlo de otra aunque fuerce a mi mente a hacerlo: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. Por supuesto el 1 es blanco por lo que no se ve en este ejemplo. El 0 es de un color que no puedo describir cuál es porque es cambiante, luminoso, una mezcla de verde, amarillo y con chispas. Así, cuando llegamos al 10, la cosa se complica, y mucho. porque todo se tiñe del primer número, el blanco, pero variando en tonalidades con la mezcla de sus números: 11, 12, 13, 14… Los veintitantos son negros. Los treinta y tantos amarillos, pero el color de la segunda cifra pugna por no verse teñido del color de la primera, que lo impregna todo. Y eso no es todo, porque los primeros números forman una escalera ascendente hasta el 10, luego hacen una descendente, por tramos, hasta el 20, y luego suben desde ahí hasta el 100, como si viajaran al cielo. Cuando pienso en el 1000, además de la confusión de colores, veo una enorme espiral. Y la veo en movimiento. Si me dicen, por ejemplo, 22.000, tengo que viajar hasta allí con la imaginación, casi a las nubes, o a marte.
Yo no es que me crea especial, es que el mundo me ha hecho ver que en no pocas cosas lo soy.
Una música armoniosa y bella me hará ver colores y formas en movimiento en la recámara de la mente, como en un tercer ojo. Y un tacto acompañado de un sonido que yo creo que no le va me producirá malestar en el estómago. Todo eso en la infancia era terrible, mucho más acusado, y me hacía sentir físicamente enfermo. Ahora lo llevo mejor, como una carga que termina siendo una compañera fiel. Así las cosas, resulto un tipo extremadamente sensible a todo. Quizá por eso creo malos entendidos.
Algunos creen que soy altivo o tímido o que la gente me da asco. Nada más lejos porque soy un hombre muy compasivo. Soy capaz de sentir el dolor de los demás, así sean desconocidos, en mis propias carnes. Pero, como es una fuerza de mi mente, es todo mucho peor de lo que seguramente sea en realidad. Esto me causa no pocos problemas personales y de culpabilidad. Siempre creo que los demás son más listos…no, más valiosos que yo, y que si me conocieran bien de verdad me darían de lado. En eso no he crecido prácticamente nada. Si lo hicieran, además, les daría la razón, porque mi mente trabaja a menudo en contra de mí y quiere darles la razón a mis enemigos. No soy, jamás lo he sido, mezquino ni rencoroso, y esto a veces también puede traer problemas. En realidad, la gente me da miedo. No miedo a que me hagan daño, que también, sino a hacerles daño yo, porque tengo una capacidad innata para hacer daño, psicológico y emocional y físico. No soy un tipo corpulento, más bien soy delgado, pero tengo talento para la violencia. En realidad, la detesto pero se me da bien. Cuando hace algunos meses un tipo enorme vino a por mí, sin más ni más, y me golpeó con rabia y me hizo un daño tremendo en el ojo izquierdo (porque golpeó el cristal de mis gafas y a su vez el cristal golpeó en mi córnea creándome una fisura muy dolorosa), yo no le tenía miedo, sobre todo tenía miedo de lo que podría haber llegado a hacerle, y me contuve y luego me sentí un capullo por haberme contenido. Pero sentí pena por él y mi magnífico cerebro se inventó mil excusas para recibir tal daño. Excusas desde pragmáticas (haberle mirado mal…) hasta cósmicas (el universo desea que lo pases mal, Massanet, y te mereces todo lo malo y nunca lo bueno)…
Tengo una gran capacidad para atraer a gente perturbada en mi vida, y también, sin embargo, a gente muy dulce y muy valiosa. No hay punto medio. A verdaderos tarados que no saben ni poner la coma en una frase, y a intelectuales de gran alcance que me enseñan cosas importantes. A inestables mezquinos y a valientes de gran corazón. No sé si yo lo potencio, pero muchas veces conmigo se muestran tal y como son, y hasta llegan a agradecérmelo. Yo mismo soy así. O soy increíblemente piadoso y entregado, sacrificado, o puedo ser muy oscuro y peligroso. No creo que sea por reacción, ni por cultura. No creo en prácticamente ningún dogma que nos enseñan en la sociedad, porque he aprendido que no son más que mentiras, y lo que consideramos bueno muchas veces es malo y viceversa. He intentado mirar las cosas más allá y a apreciar algunas cosas de la vida en su esencia más amoral, sin coartadas éticas. Quizá todo eso sea parte de la búsqueda de uno mismo que tantos dicen necesitar. Nunca podrás ser tú mismo si te crees las gilipolleces que te cuentan en la tele o que te inculcan tus padres.
Cada vez que leo El lobo estepario, del que quizás sea el más grande novelista del siglo XX, Hermann Hesse (quien por cierto, seguramente fuera sinestésico) me siento tremendamente identificado. Esa soledad merecida y disfrutada, esa melancolía que te lame como un perro fiel, esa fortaleza que aparece escondida en territorios desconocidos de tu ser, son casi lo único que muchas veces han impedido que me volviera completamente loco. Hesse tenía dificultades para relacionarse con los demás, o así se sentía él. Él era un lobo estepario para que el la vida real no es otra cosa que una maraña atosigante, y solamente en las regiones más luminosas y más dolorosas de su mente podía vivir en completa soledad y melancolía, sin necesitar a nadie más. Cuentan que era un hombre muy bueno y muy afectuoso, o irascible e inaguantable. Yo creo que soy un buen tipo, pese a mis muchos defectos. ¿Qué pensarán otros de mí?