Contigo | Joaquín Sabina

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Hubo un tiempo en que Sabina era grande…. Vaya, empiezo a parecerme a esos abueletes que se fijan sobre todo en el pasado y que piensan que en él estaba lo mejor. Hubo un tiempo en que Spielberg era grande, en que Anne Rice era grande, en que la literatura de aventuras era grande. Etc. Pero en el caso de Sabina, no me importa sentirme un anciano: ahora no es grande. Es como Los Simpsons, casi parece una parodia de sí mismo, y digo esto con todo el dolor de mi corazón. Y lo fueron, y lo fue. Grande, grandísimo. Sobre todo por sus letras, que vete tú a saber de dónde le venían. Pero es incontestable que este superviviente ha parido una docena de poemas que te rompen el corazón, luego convertidos en canciones.
Una de las que más me gustan es además una con la que más identificado me siento.  Porque en ella se condensa todo lo que pienso sobre el amor romántico como sublimador de todas las pasiones y negación de todas las servidumbres de la vida cotidiana. Pero para explicarlo nada mejor que la letra en sí misma:
Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas “volvamos a empezar”;
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Como en otras ocasiones, Sabina es capaz de aglutinar los opuestos (contigo ni sin tí…) y de pedir otra cosa: una emoción con la que vivir el presente sin preocuparse del futuro y sin pensar más en el pasado. El amor no como salvación, ni como algo hermoso, tampoco triste. Sin servidumbres ni ataduras. Libre y terrible y arrasador, sin fin.