La verdad y el espanto

Cthulhu0239

Lo que son las cosas. Llevo varios días dándole vueltas a esta pobre cabeza mía acerca del tema de la verdad, y va Palazón (te sigo leyendo día a día, querido amigo, aunque seas un JC) y escribe hoy de manera insuperable sobre La gran mascarada… Es decir sobre la realidad mentirosa a la que nos entregamos como corderos cobardes cada día, y sobre la verdad posiblemente terrible que nos susurra a ese oído que permanece dormido en lo más profundo de nuestras amorfas conciencias. Y hoy, con la resaca del puñetazo en el estómago sobre esa guardería o colegio para menores de Connecticut al que otro pirado ha acudido a perpetrar una matanza, el tema de la verdad acude con mayor potencia que nunca a esta desaforada mente mía a la que un día daré descanso no sé si de un tiro en la cabeza o largándome a una isla perdida en el Caribe a vender cocos a tres centavos de dólar el ejemplar.
Para Oscar Wilde, uno de los más grandes genios que ha dado la civilización occidental en toda su historia, la verdad nunca era pura y casi nunca era simple. Estoy con él. La verdad está lejos de todo ese rollo del amor. Muy lejos de la fraternidad y de la comprensión. La verdad es lo más terrible a lo que algún día (si es que ese día puede llegar, que lo dudo muchísimo) podemos acceder, siquiera aspirar, y sin embargo la verdad es todo lo que tenemos. A la gente le chifla la verdad, pero se deja seducir por la mentira. Es mucho más placentera, más rápida de asimilar. A lo mejor, como decía Johnny Cash, con permiso de Trent Reznor, lo único real, lo único verdadero, es el dolor. Es lo único que existe y lo que te hace convencerte de que esto, la vida, va en serio. No es una puta broma y por eso el que no pueda reírse de ella está perdido. Absolutamente todo lo demás es una mentira como una catedral de grande porque, mientras el placer te adormece, el dolor te despierta. Mientras la alegría te hace soñar la desesperación te hace moverte.
¿Habría, por tanto, que dar gracias a aquellos o a aquello que nos proporciona dolor? Pues a lo mejor. Mientras saca lo peor de algunos, de muchos, saca lo mejor de otros. Y he aquí un hecho: soltarás la mano de tu ser más querido si la otra está ardiendo, y enseñarás los dientes a tu mejor amigo si tu hambre está en juego. Las excepcionales criaturas que no lo hagan no son la regla sino la excepción.
El tipo este que ha llevado a cabo la terrible carnicería del viernes… Hay muchas cosas que no me cuadran, maldita sea. Cualquier que sepa un poquito de esto es consciente de que un solo herido entre una treintena de cadáveres es muy extraño. Una de dos: o el chaval era un tirador impresionante (practicando con las pistolas de la madre, ¡profesora!, en sus ratos libres sin que NADIE se diera cuenta, claro…), o me están tomando el pelo. No sé cuántos de mis lectores han disparado con una pistola automática, pero un blanco en movimiento, y del pequeño tamaño de un crío aterrado, es realmente un blanco muy difícil. Pero eso es lo de menos: ¿por qué siempre es un chaval tímido y retraído el que se arma con dos pistolas, una en cada mano, para sembrar de tragedia la civilización occidental? ¿Por qué siempre en un colegio, cada seis u ocho meses? Ahora saldrán los conspiranoicos y me dirán (y yo, triste de mí, estaré muy cerca de darles la razón) que todo está planeado y dirigido para proporcionar una buena dosis de espanto y para dejar sin energía a los pobres corderos de esta sociedad demente, para tenerles más acongojados todavía. Aún así, lo que más me alucina no es eso. Ni mucho menos.
Lo que me alucina es que algunas muertes son mediáticas y otras no. En el breve lapso de tiempo comprendido entre empezar a escribir estas líneas y terminarlas (o, peor aún, en el que me lleva liarme un cigarrillo y fumármelo) habrán muerto de hambre, o a latigazos, cientos de niños escuálidos de África (o en China, o en Sudamérica, o donde coño sea), y lo sabemos. Pero lo de ese colegio de EEUU no va acorde con el plan, que diría el Joker del genial Heath Ledger. Lo de Connecticut es una desgracia, y el dolor de los padres es indescriptible (sobre todo de los que tienen hijos supervivientes… ¿cómo podrán vivir ahora sin pensar que en cualquier momento puede pasarle algo a sus vástagos?) pero lo que llena de pavor a tantas mentes “bienpensantes” es que en la sociedad del buen rollo, del “todo va bien”, del “la muerte no existe” es que ocurra ahí y no en otro sitio.
Voy a dejar algo claro. Ni siquiera el crimen me parece tan deleznable como la hipocresía. El creerte mejor que otra persona. El negar el incendio en tu propio cabello. El juzgar.
Ahora hablarán de la perniciosa influencia de las películas o de los videojuegos. Vete a saber. De cualquier soplapollez. En 2013, algún otro tarado disparará a viandantes, o se cargará a unos cuantos en el patio de un colegio (¿por qué nunca van a los bancos a preparar una buena carnicería, me pregunto yo?…), y regresarán las respuestas de salón, las soluciones de emergencia (¿qué solución, cuando es legal en ese estado que un mayor de 21 años lleve armas de fuego en una escuela?), pero nadie se acercará a la verdad.
Quizá la verdad, la última y definitiva, sea horrorosa y pesadillesca. Quizá no. A lo mejor es clarividente y liberadora. Da igual, porque en cualquiera de los dos casos somos unos fracasados por no saber escuchar a ese instinto que nos indica por donde anda la verdad. Para Lovecraft la verdad era un dios colérico que volvía locos a cuantos lo contemplaban. Para otros artistas, es algo tan sublime y tan luminoso que merece la pena cualquier sacrificio. Quizá. Me la suda. El tiempo que pasamos aquí, en este desgraciado y avejentado planeta Tierra es el que ahora importa. Y lo pasamos llenos de miedo. De miedo por comprender que todo eso de la moral, del bien y del mal, son conceptos aprendidos, culturales, que no hay culpa, pues sólo hay pasión, y la pasión (el dolor y el placer extremos) es lo único que nos asegura que aún seguimos vivos y que podemos experimentar todos los colores del arco iris, que para algo están.