5 céntimos

pobreza
Sin llevar un cálculo real en una libreta, creo que nueve de cada diez veces que salgo a la calle, nada más salir a la calle, me hago la misma pregunta, y creo también, sin que me tiemble la picota, que puede ser uno de las más grandes misterios de la humanidad: ¿esos tipos que cada diez pasos escupen al suelo, lo hacen también en el suelo de su casa? Y si la respuesta es no…¿esperan por tanto a llegar a la calle para ponerse a escupir? Si la respuesta a esta segunda es sí… ¿es necesario preparar el lanzamiento con un sonoro gargajo? Porque, a ver, yo entiendo que alguna vez puedes tener flemas o lo que sea. Quizás en algunos se trate de una necesidad y en su casa, cada quince segundos, acuden al baño a liberarse. Quizás eso que expulsan con tanto fervor delante de otros viandantes no sea más que saliva, y se trata de un material biodegradable, que no ensucia demasiado. Pero me temo que las más de las veces no sea solamente saliva. En cualquier caso, sea lo que sea lo que expulsen, se hace inevitable una cuarta pregunta: ¿no se dan cuenta de que quedan como unos verdaderos cerdos?
Bajar hasta la calle a veces es un suplicio para mí. Hay mañanas que entre tanto trabajo sólo tengo tiempo de acercarme a los chinos a por un par de cervezas, el pan, la leche, esas cosas. En el trayecto, que a lo sumo comprende cincuenta metros, me cruzo con a lo mejor cinco personas. Espero que el lector me crea (y si no me cree, allá él, Massanet) cuando afirmo que la primera está pegándole voces a una segunda, a pesar de que camina a su lado y que hablan por ejemplo del frío que hace; que la tercera persona está manipulando unos hierros para emplearlos en una obra (o está abriendo su establecimiento con el clásico chirrido escalofriante de la verja de seguridad)  y está preparando un escándalo de la madre que le parió; que la cuarta camina detrás de mí y que le da tiempo a escupir dos o tres veces con fervorosa vehemencia; y que la quinta está sacando a su perrito (o perrazo), y el bicho se mea en verjas, estructuras de la obra, neumáticos de coche, y sus deyecciones dejan un bonito adorno en mitad de la acera. Sea como fuere, no me cruzo absolutamente con nadie que pasee con tranquilidad, sin hacer excesivo ruido, sin pegarle voces a otra persona, sin correr o sin quejarse. Esto a las diez de la mañana no es precisamente un buen comienzo del día.
Es loable que estos individuos/as que aman a los perros y que debido a eso se compran uno, lo llevan a casa, lo crían, lo alimentan y se vinculan a él por unos diez o quince años, después recojan las deposiciones de estos animales y las tiren a una papelera. Yo no lo haría. Pero es que yo jamás tendría un perro en la ciudad. Son increíblemente sucios: ¿qué más da que efectúen este gesto cívico si sus mascotas mean por todas partes? ¿Eso también lo recogen? ¿Sacan un cubo de agua y lo limpian? No. Y es igual de sucio y apesta incluso más. Así que lo otro es como matar moscas a cañonazos. Pero a nadie parece importarle un carajo, así que nadie dice nada.
Con todos mis múltiples defectos, yo no le pego voces a la gente por la calle, ni armo un escándalo con ningún objeto metálico, ni lleno de escombros la calle. Me comentan a menudo que camino con inusitado silencio. Pensará el lector, ¿ya estamos, Massanet, creyéndote mejor que los demás? No se preocupe, casual lector, me meto una caña tremenda con muchas otras cosas, y quizá fijarme en lo maleducada que es la gente sea una necesidad personal para, al menos, tener un pensamiento positivo sobre mí mismo: yo soy un tipo educado y detesto cualquier ruido o acto innecesario. Cuando observo a algunos viandantes me doy cuenta que pedir o esperar cosas como una revolución exterior, un moverse todos juntos, al menos en este desgraciado país de tarugos, es una quimera. ¿Cómo esperar nada cuando el capullo al que se le cae una moneda de cinco céntimos, se la recojo con toda la buena intención del mundo y, al entregársela en la mano, me mira como si se me hubiera pasado por la mente robársela?
Y eso que dicen que tengo cara de buena persona (y de buena persona no tengo nada, pero no soy un tarado, ni un hipócrita, ni un retrasado mental). Es decir, que causo buena impresión de primeras. Si en lugar de eso, mi cara hubiera sido la de un   yonqui, cuando le entregase la moneda, ¿qué haría ese militante del bando de las buenas personas? ¿Cogerla para luego abrirme denunciarme a la policía por el robo de una moneda de cinco céntimos? Ya me espero cualquier cosa de mis conciudadanos porque hace mucho que decidieron ser buenas personas en lugar de ser inteligentes. Y lo de la inteligencia es un tesoro. A una persona inteligente (y que, por lo tanto, será educada las más de las veces) se le pueden perdonar muchas cosas. Se le puede perdonar un mal día, un error, una insistencia en una equivocación de base, un estrés o unas ideas personales. Porque sabes que, al ser inteligente, te perdonará también los propios errores y sabrá que no todo es blanco o negro. En la civilización, muchos no son educados porque saben que las probabilidades de que les abran la cabeza son muy pequeñas. En caso contrario lo serían, pero por necesidad, en lugar de por convicción o reflexión.
Qué diferente esta cultura de otras, generalmente de países bastante lejanos, en los que antes de romperte un brazo te avisan con toda la educación posible. Aquí de primeras te gritan o te escupen o se comportan como los retrasados que son, porque en el fondo no quieren pelear. Este es un país de gallitos, de gritones, de machitos con graves carencias de personalidad y que después de abusar de ti porque se dejan el sueldo en el gimnasio y pesan treinta kilos más que tú se vendrían abajo con un par de buenos viajes. De marujas y de chonis que son más machistas que ellos, y muchísimo más hipócritas, con buenísimas intenciones, pero sólo de boquilla. El país de la envidia, del complejo, y del “me ha mirado mal”. El país de los cainitas y los vengativos a los que sus mamis no quisieron lo suficiente. El país de la pena, de la vergüenza y que se merece todo lo malo que posiblemente le vaya a pasar.