Puta Navidad de Mierda

passion0239
Se preguntaba el otro día Noragueda, dire de La Columnata, vía Twitter, por qué se nos felicita la Navidad a los que no somos creyentes. Y estos días (y hoy también, que se publica una columna mía bastante poco “navideña”…) los compañeros no han escatimado en incorrección política a la hora de acercarse a ese entrañable espíritu que, año tras año, desde finales de Diciembre a principios de Enero, nos machaca imperturbable para dejarnos la economía temblando, pero que no va a significar, nuevamente, que se vaya a producir un cambio en la esquizofrénica sociedad en la que vivimos, que de pronto nos demos cuenta que no podemos seguir con el viejo lema del “ande yo caliente”, que el Tercer Mundo no solamente se haya enclavado en África, y que si queremos que de verdad las cosas cambien no podemos esperar a que nos vaya bien en el sistema que precisamente nos está aplastando a todos.
Porque, ¿qué coño tenemos que celebrar? ¿Que el rey ha pronunciado su clásico discurso de Nochebuena sentado en la mesa de su imponente despacho (despacho en el que me pregunto, y no creo ser el único, qué coño hará durante todo el día) en lugar de en su habitual sofá, y que ha dicho las mismas tonterías de diferente forma? ¿Que tenemos el gobierno más canallesco y más vergonzoso de la historia de la democracia? ¿Que gracias a él son las fiestas más tristes que recuerdo haber vivido? ¿Que mis padres están tristes y amargados?
En realidad, se celebra esto de la Navidad por cuestiones culturales, no espirituales ni creyentes. Es la fiesta del capitalismo, del ensalzar nuestra forma de vida como la única posible, entregándonos regalos y derrochando energía en lucecitas que, muchas veces, convierten los balcones de los vecinos en algo parecido a burdeles. No nos la felicitamos porque deseemos lo mejor sino porque nos gustaría esperarlo y seguir teniendo ilusiones. Aprovechando la coyuntura, las grandes marcas e industrias del entretenimiento nos atosigan con una batería de productos y servicios que no necesitamos en absoluto, y cuya adquisición, por lo menos a mí, nos hace sentir un vacío casi indescriptible: el de que esta sociedad moribunda se ríe y sale de fiesta porque se sabe incapaz de decidir su propio destino.
Se supone que en la madrugada del 25 de Diciembre de hace un par de miles de años apareció en el mundo un individuo que luchó por alterar el orden establecido, que se enfrentó a los poderosos convirtiéndose en un criminal, y al que su padre, un tal Dios, ordenó sacrificarse clavado en una cruz para obtener una buena cantidad de publicidad con la que erigir una religión que nos ha venido fustigando desde entonces, que propagó el oscurantismo y la ignorancia durante las siguientes centurias, que transformó la cultura en superstición, y que en su nombre llegó a crear la más monstruosa organización que ha conocido el hombre: la Inquisición. Si realmente nos diera por celebrar tal evento (que como muchos sabrán, en un principio fue una fiesta pagana dedicada al triunfo del Sol) y “comulgásemos” con lo que se supone que significa, honraríamos a un tipo que jamás quiso formar una Iglesia, que batalló hasta el final por los pobres, y que mandó las convenciones sociales, políticas y económicas de su época a tomar por culo. Un hombre al que Gandhi, Luther King o Thoreau admiraron profundamente, aunque su base histórica sea poco probable, pero que en su faceta más humana y rebelde nos deja a todos como los cínicos cobardes que en verdad somos, atenazados por prejuicios culturales que nos impiden crecer.
Porque todo es cultural, hasta el miedo a la muerte, hasta el duelo por la pérdida de un ser querido. Todo son ideas, abstracciones del entendimiento. Y la celebración de una pascua artificial también.
Claro, dirán algunos, que tiene su lado bueno: volver a ver quizás a familiares a los que no se suele ver con asiduidad, y menos aún comer cordero con ellos. Pero la familia es otra idea, otra abstracción, y demasiadas veces nos llevamos mal con ella y lamentamos volver a verles. La verdadera familia, puede ser y es otra: los amigos que nos soportan todos los días. Me encanta reunirme con mis viejos y mi hermano y reírnos juntos, pero eso podemos hacerlo en cualquier época del año. Y deseo Feliz Navidad, pero solamente a aquellos que sé que recibirán la felicitación con alegría y convicción, y no solamente por costumbre, o por educación, o por cultura. Otros sé que lo reciben con tristeza, porque las putas fiestas navideñas no respetan nada: nadie deja de morirse o de sufrir porque estemos en Navidad, o en Nochevieja.