La Ciencia ficción (Sci-Fi) y la Fantasía

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Hace pocos días, con motivo de la entrada en la que comentaba con bastante mala leche algunos estrenos de Sci-Fi (o Ciencia Ficción, o Ficción Científica, que sería una traslación mucho más correcta) un amable lector me comentaba vía Twitter si yo tenía intención de ver otra Sci-Fi como la inminente segunda parte de Star Trek dirigida por ese tío listo que es J. J. Abrams. Y a mi respuesta de que eso no es Sci-Fi, me respondió que sería interesante comentar un poco las reglas o los elementos que definirían a una película como de Sci-Fi o de Fantasía. Ya lo he hecho otras veces, en otros sitios o blogs, pero es un tema que parece que muchos no tienen claro, aunque bastaría echar un vistazo a la Wikipedia, por ejemplo, para hacerse una idea. Pero vamos a comentarlo un poco de nuevo, porque es interesante.
El problema con el tema de los géneros (por mucho que algunos ignorantes incurables que son muy leídos pero que no reflexionan lo suficiente sobre absolutamente nada crean que los conocen) es que en España no tenemos una gran tradición de casi ninguno de ellos. La Sci-Fi, la Fantasy, el Western, el Noir y otras cuestiones por el estilo no se prodigan mucho ni en la literatura ni en el cine españoles. Ni siquiera en los latinos o iberoamericanos. Son géneros con ancestros casi únicamente anglosajones. En España se lleva más el realismo social, el costumbrismo, y cosas así, mientras que lo latino de más allá del Atlántico ha profundizado en realismos mágicos, fantasía existencialista, o una filosofía de raigambre Sci-Fi que, en el fondo, nada tiene que ver con la especulación.
Lo especulativo sería el concepto fundamental a la hora de acercarse a una Sci-Fi que merezca llamarse así. Para ello es imprescindible que el novelista o cineasta le tome el pulso a su tiempo y tenga grandes conocimientos de tecnología, cualidades combinadas que no abundan entre los creadores, desgraciadamente. Pero todo esto, como se imaginarán algunos, es hilar muy fino. En realidad, hasta un drama social es una fantasía, pero la ficción debe siempre abrazar una necesidad llamada suspensión de incredulidad. Incluso se nombra tal necesidad en esa película magistral titulada Basic Instinct (algunos puede que se acuerden: es un diálogo justo después de que veamos vestirse a Sharon Stone y un poco antes de su famoso cruce de piernas en el interrogatorio…), una suspensión que también ha de tener lugar en la Fantasy, y en cualquier tipo de obra narrativa. Pero muchos pueden dominar perfectamente esa técnica (o sabiduría, según se quiera ver) y no son capaces de especular.
El impacto en el hombre y en la sociedad de la tecnología (real o imaginaria, siempre sometida a la suspensión de incredulidad) es el tema de la Sci-Fi, y es por eso tan profética, tan terrible y tan cruda. No en vano el verbo especular proviene de la misma raíz que el verbo espejo: el reflejo de lo que somos o seremos. Por eso la expresión Ciencia Ficción no es adecuada (ya que el segundo término condiciona al primero en inglés pero no en español) y es mucho mejor Ficción Científica. La ficción de lo que ocurre cuando la ciencia altera el objeto de estudio de los artistas: la vida. Lo alienígena, la creación de humanos sintéticos, robots o cyborgs, los viajes en el tiempo (no quizá demasiado probables pero sí posibles), la crónica de una vida futura en la que lo humanístico haya sido reemplazado o casi aniquilado por las máquinas o la tecnología. En definitiva: el destino del hombre con y por su creación, lo artificial, y enfrentándose a los imponderables de la naturaleza, conocida o desconocida.
Por eso no basta con poner naves espaciales para que la película, o el relato literario, sean parte de la Sci-Fi (y por eso Star Wars o Star Trek nunca serán Sci-Fi). Pero tampoco es definitorio que un autor se ponga a hablar de lo mal que va el mundo gracias a los ordenadores o las máquinas. Aquí entra un concepto que el 99,9999999 % de los críticos o analistas (¿en España hay alguno? que levante la mano) ni tienen en cuenta, ni conocen ni manejan, que es el tono. Una película en la que los androides tengan sentimientos puede derivar en una Fantasy, o incluso en un melodrama televisivo, dependiendo del tono, como le ocurre a Artificial Intelligence. De hecho, el tono puede convertir una película sin la menor especulación científica en una Sci-Fi en toda regla. Bastaría con mostrar la oposición entre la vida y la rutina entre gigantes de cemento, en cualquier gran ciudad del mundo, con el conveniente tono narrativo, para hacer Sci-Fi, como en Children of Men.
La Fantasy, o Fantasía, en su naturaleza, no podría ser más opuesta a la Sci-Fi, pues narra mundos del todo improbables. Ya en Star Wars se comienza con un “Hace mucho tiempo…”. Pero el género fantástico, primero en literatura y luego en cine, a pesar de hablar de monstruos y magia y mundos que en nada se parecen al nuestro, lo hace siempre a través de metáforas o imágenes que son espejo también de este mundo (por eso son arte…), en caso contrario su importancia es nula y su vuelo estético muy pobre. Ahí entra el problema, claro, de la coherencia interna, de la que muchos parecen prescindir cuando se enfrentan a un material (como creadores o como receptores, que es lo mismo en el fondo), porque aunque se hable de orcos, de sables de luz o de viajes temporales, la coherencia interna es imprescindible para que tu relato no se desmigaje, se desportille y se venga abajo. Y esto daría para otra entrada en este blog.
A pesar de todo esto, los géneros no son más que un marco, un punto de partida quizá conocido y confortable para el lector/espectador, pero un verdadero artista tiene la opción (¡la responsabilidad, diría yo!) de trascender este marco y hacerlo suyo. De reventarlo en pedazos y construir su propio marco. Un territorio personal y que nadie más podría transitar.