El sufrimiento es injusto

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El sufrimiento es completamente injusto, para cualquier ser vivo. Sea animal o vegetal. Sea bondadoso o malvado. Esto es algo que muchos, la mayoría, ni aceptan ni quieren aceptar. En nuestra cultura cristiana (aunque aquí no sea practicante ni su puta madre) el sufrimiento se entiende como un mal necesario, o en el mejor de los casos, con resignación. El sufrimiento contra los individuos dañinos o destructivos está plenamente justificado. Y el de los que se lo procuran a sí mismos totalmente lógico y comprensible. Aceptamos el sufrimiento, como sociedad, con mucha mayor energía de lo que aceptamos la alegría, por ejemplo, siempre sospechosa.
Eso sí, cuando digo que es injusto no estoy midiendo el tema bajo ningún rasero moral establecido. Tampoco por el de la ley, pues la ley, hasta la de las sociedades más avanzadas, se trata de una venganza institucionalizada que nada tiene que ver, creo yo, con una idílica Ley del Hombre Libre. Pero el tema de la moral es tan ajeno a mí como el de la ley. Es más terrible y más injusta, porque mientras la primera es la proyección de una sociedad hipócrita, la segunda es la proyección de un interior hipócrita, y mucho más dañina aún. La injusticia es con la propia vida, tan inasible y embustera, tan velada y transparente, teñida de muchos más colores que el Arco Iris, cuyo potencial sólo han desvelado, quizá, dos o tres genios en toda la historia (Alejandro Magno, Leonardo Da Vinci y Oscar Wilde, por erigir un trinomio caprichoso), y cuya maldición tiene más que ver con la injusticia de la ignorancia, la represión, la tiranía, la intransigencia y la mentira más que con ninguna otra cosa.
Seamos claros: somos unos burgueses despreciables. Para nosotros el sufrimiento tiene que ver con no poder pagar una hipoteca esclavizadora, o con no formar parte de esa rueda, aún más esclavizadora, que es el capitalismo (por la falta de economía, de empleo, de perspectivas de futuro en suma…). Con que la chica que nos gusta no nos hace maldito caso, y con que nuestro padre se muere de viejo. Con esa forma de vida que soñamos tener y nunca conseguimos alcanzar. Pero el verdadero sufrimiento, y cada vez estoy más convencido de ello, no es saber que somos mortales, que un día, quizá no muy lejano, moriremos, sino saber que se nos ha impuesto sufrir la vida. Sufrir el hambre, la sed y el frío. En otras palabras: carecer de alimentos, de agua y de cobijo. Cuando careces de eso es cuando todo se vuelve realmente insoportable. Cuando la opción más sana es tirarse en un rincón a esperar que venga la muerte, en la forma que se le encapriche.
El sufrimiento es como la muerte: no conoce de razas, de jerarquías sociales ni de banderas. Pero el sagrado Sufrimiento no comparte con su hermana Muerte la negación que sobre ella impone la mayoría de la sociedad. Mientras la bendita Muerte es un estigma, una innombrable bastarda, el Sufrimiento parece sacralizada como un peldaño imprescindible hacia la maduración personal y el aprendizaje. Hay un magnífico refrán español que ya afirmaba esto: “no hay mejor maestro que el bien acuchillado”, y lo decían hace muchos siglos. Y es triste y muy cierto que a golpes aprendemos maravillosamente, porque nuestra mente está atrofiada: lo más duro se nos queda grabado a fuego, y aprendemos para conseguir evitarlo. Ya podría grabársenos a fuego que no hay nada más poderoso, en nuestras relaciones sociales, que una sonrisa franca y abierta, y nada más precioso y duradero que un fugaz abrazo o un beso.
El sufrimiento más atroz viene del hambre, de la sed y del maldito frío. Es el único sufrimiento que padecen los animales. Ese y la imaginación (porque los animales imaginan, de ahí el miedo) de que pasarán frío, sed o hambre si fracasan en su diaria lucha por la supervivencia. Es tan ancestral y primitivo como la propia vida. Ellos no conocen pena o perdón porque su cuerpo (y por lo tanto su espíritu) está libre de toda moral. De toda mentira. Sin embargo, es paradójico que en el mundo del hombre, sólo las personas más cultas, las más inteligentes, son capaces de comprender el inmenso poder destructivo del sufrimiento, y la injusta proliferación de la idea de que es algo que no se puede curar. No estamos preparados para comprender que la alegría y la amistad desinteresada son, sin embargo, aún más poderosas, y que es precisamente ese sufrimiento el que crea monstruos e individuos destructivos que, a su vez, crean más sufrimiento. Como una serpiente imaginaria que se muerde la propia cola y en cuyo círculo venenoso atrapa a casi todo el mundo.
Desde que he empezado esta entrada hasta el momento en el que le daré a Publish, habrán muerto miles de personas por causas violentas. Habrán violado a muchachas. habrán caído en la desesperación millones de personas honestas y nobles. Palizas, desastres, autodestrucciones. Algunos, aunque sea uno solo, habrán ingresado en el más negro de todos los pozos del infierno de la mente. Muchas, o quizás una sola, se habrá sentido fea o poco deseada. El amor habrá fracasado en las esquinas y la ilusión habrá muerto en la lluvia del invierno. Para muchos seres vivientes, aunque nada más fuera uno, quizá les habrá llegado la hora por fuego, por agua tempestuosa o por la mezquindad del hombre. Todo ello es tan tremendamente injusto como que la Tierra siga girando sobre su eje, impávida, y sólo se detendrá cuando nos demos cuenta de que la única jodida solución es alegrarse de estar vivo, y volar con la imaginación, y vivir el momento porque es un regalo de los dioses. La dignidad y la emoción y la sensualidad de estar vivo.