Sería tan fácil

haiti

Me da una vergüenza increíble encabezar esta nueva entrada con esta imagen. Lo digo completamente en serio. Y aún así lo estoy haciendo, lo voy a hacer. Porque esta imagen no se me va de la retina aún mucho tiempo después de haberla visto, y ahora que La Estafa Global en Español (el antiguo diario El País) la ha vuelto a publicar, creo pese a todo que es muy importante incluirla, para que el tiempo que este blog exista (quién sabe si serán días o meses….u horas) forme parte de cierta memoria, de cierto estado de ánimo…
Es la imagen de un fallecido por el terremoto de hace ya tres años en Haití, en el que según algunas fuentes podrían haber muerto 300.000 personas. Ese terremoto en el que según un mapa aéreo, todas las residencias de los pobres quedaron destruidas, y los barrios ricos, que colindaban con ellos por espacio de metros, quedaron intactos (intactos…). Ese en el que murieron y sufrieron, y sufren todavía, millones de negros. Siempre son negros, dijo Kevin Carter, el fotógrafo que había sacado esa instantánea famosa del buitre en último término, quizá esperando a que el niño famélico, en primer término, muriese de una maldita vez para alimentarse de sus restos. El negro, o negra, de la foto, queda calcinado por unas llamas que impedirían que las plagas de los cadáveres infectaran a los vivos, a los que siguen sufriendo, y ven a sus familiares quemados en las aceras. Dicen que hoy, tres años después de la catástrofe, el país sigue prácticamente igual, y que los millones prometidos por otros países nunca llegaron.
Yo me imagino lo que sería que mi hermano, o mi madre, o mi padre, muriesen y su cadáver debiera ser quemado en plena calle para evitar complicaciones a los vivos.
Rompo un silencio en este blog, pero no porque tenga algo que decir. No sé muy bien si queda algo que decir, salvo una sola jodida cosa: la capacidad de sufrimiento del ser humano es ilimitada, poliédrica, infinita. Y no lo entiendo. Me comentan mis amistades que últimamente no hago otra cosa más que hablar de cosas jodidas en este blog. También me comentaban antes que debería hablar menos de libros o películas (eso lo reservo actualmente a La Columnata, en su mayor parte) y más de mí mismo en este blog, cuyo objetivo fundamental (y de ahí su nombre, Cuaderno Audiovisual) es cristalizar una crónica de lo que veo y oigo. Pero a menudo lo que veo y oigo me desespera. Aunque la desesperación nunca mató a nadie.
El fuego y los terremotos y la locura sí.
Lo malo de los muertos es que mueren para siempre. Parece una gilipollez de frase, pero no lo es. Siempre me desespera que muchos no sean capaces de compadecer el dolor ajeno hasta que ese dolor no les acontece a ellos. En algunos casos extremos, incluso después de sufrir el dolor ellos mismos, continúan sin poder compadecer a los demás. En otros casos, más extremos aún, pueden compadecer a los otros sin haber experimentado en su piel un dolor siquiera parecido. Pero pareciera que para algunos tipos la muerte es algo así como la que sucede en un videojuego (y, hablando de videojuegos…que poco me está gustando el principio de AC3…sí, amigas, yo también puedo hablar de 3 temas al mismo tiempo), y la muerte es para siempre. No es un juego, y por eso la vida tampoco lo es.
Pero vayamos al tema central de esta entrada: qué fácil sería todo.
Dicen que hay como 2.000 millones de personas pasando hambre en el mundo. Pienso, y creo que ya lo he dicho en este blog, que aunque solamente un niño o un anciano se muriese de hambre, la civilización ha fracasado estrepitosamente, pero hagamos cálculos. Aunque solo fuera mediante el estúpido medio de alimentarles con dinero, tres comidas al día, durante 365 días, que alimentasen a estos 2.000 millones de personas subirían el monto a unos míseros 2.190.000.000.000 de comidas al año, quizá unos diez billones de euros año en comida, y el presupuesto en defensa de varios países supera esa cantidad con mucho. Pero si simplemente se les diera la oportunidad a estos países de tener la infraestructura para producir su agua potable, su agricultura, su sanidad y su educación, ajeno todo a ello a los políticos que les drenan la sangre, la cosa sería cien mil veces más barata. Sólo que no le interesa a nadie dejar respirar a los pueblos libres, como por ejemplo al de Haití, un país fascinante, hermoso, cuya revolución fue la primera de América Latina.
Pero habría cosas aún más fáciles. que comprendiésemos de una santa vez que no necesitamos a los políticos para absolutamente nada. Y más fáciles aún, muchísimo más: que aprendiésemos a poner una coma en su sitio. Por algo se empieza. Y nada puede esperarse de sociedades para las que pedir perdón por cruzarse en el camino de otro en plena calle es algo casi insólito. Imposible aspirar a que eventos como la necesidad de quemar a un cadáver en plena calle no vuelvan a repetirse. Volverán a repetirse, una y otra vez, y los tontainas como yo nos quedaremos impotentes, horrorizados, y la sociedad se verá impresionada por la cantidad de desastres que tienen lugar en el mundo a todas horas. En realidad, creo que solamente hace falta un pequeño click, un levantarse del puto sofá antes de escanciar la cerveza. Un llorar con el sufrimiento ajeno. Saber que somos mortales y un día nos iremos a la mierda. Un día a lo mejor no muy lejano. Y que no importa. Lo único que importa es lo que hagamos en la vida.