Carta a un idiota

fregasuelos
A ver, porque yo sé que vas a acabar leyendo esto. Así que lee atentamente.
La capacidad de hablar, como la de juntar letras ya sea gracias a un bolígrafo o a un ordenador (lo de la máquina de escribir no se lleva, y soy de los pocos que tuvo de esas antiguas, estupendas, que para escribir una palabra larga tenías que desarrollar el músculo del dedo meñique) no te hace inteligente. Tampoco el hecho de que tengas verga (o pichita) te hace hombre, como no hace a una mujer serlo por tener un par de buenas tetas. Así que no lo intentes. Pensar que eres inteligente. Así que no sé por qué te pones a escribir con la vana certeza de que vale una puta mierda lo que escribes, ya sea en blogs, en volúmenes hechos de papel, o en el diario del pueblo. Se agradecería, por tanto, que no escribieses pensando que merece la pena perder el tiempo leyendo chorradas.
El arte de escribir es probablemente el más extraño de todos los artes. El más secreto y el más enigmático. Como no es un arte plástico, y como depende de la cadencia, del ritmo y de la fluidez del pensamiento, se parece bastante a la música, o intenta acercarse a ella. Ya que la música es el arte más perfecto de todos, el más evolucionado, y también depende de la escritura, el arte de escribir es como hijo menor, pero digno y hermoso, palpitante y emocionante, capaz de capturar lo inasible de la vida, y de crear otra vida, otra realidad. Es así de sencillo. Sin embargo, mucho atontao, como tú, que debería dedicarse a otra cosa (a limpiar piscinas, por ejemplo, o a fregar suelos) cree que puede ponerse a escribir y que sus ideas, las que sean, las puede llegar a leer mucha gente por alguna extraña razón que depende solamente de tu vanidad, de tu egolatría, de tu suprema estupidez.
Cualquier género de escritura es noble, hermoso y valiente. Entre ellos, por ejemplo, la crítica, uno de los más absurdamente denostados pero al mismo tiempo uno de los más artesanales, de los más necesarios. Y muchos idiotas, como tú, creen que pueden escribir crítica cinematográfica, cuando no saben nada de música, de literatura, de pintura o de escultura, lo cual es tan patético como un patán que quiere ser cirujano vascular y no sabe nada de biología: un disparate.
La crítica cinematográfica (la summa de todas las artes, en cierto sentido), la valiosa, depende de tres cosas, además de las dotes para escribir:
1. La valentía.
2. La pasión.
3. La personalidad.
Es decir, que quedas descartado. No puedes transmitir nada, eres incapaz de producir placer con la lectura de tus estupideces, no sabes lo que significa la valentía a la hora de afrontar un texto ni siquiera de crítica cinematográfica, eres un inepto en el asunto de la pasión porque ni sabes ni entiendes lo que significa aunque te lo expliquen cien veces, has nacido sin el menor rastro de personalidad porque si eres un cobarde y no sabes lo que es el dolor ajeno, resulta del todo imposible desarrollar las zonas más exclusivas de tu interior, y ya por tanto no tienes mundo interior. Así que ni lo intentes. No escribes más que subnormalidades y lo sabes. Muy en el fondo de tu ser, y por eso es aún más cierto para tí todos los días, sabes que no eres más que un retrasado mental.
Te voy a contar un secreto, idiota. Mis noches están llenas de palabras. La única vía que poseo para que la oscuridad del mundo natural no me deje sin luz en mi mundo interior, es escribir. Continuamente. Sin pensar. Solamente publico un cinco o seis por ciento, con suerte, tanto en papel como en internet, de todo lo que escribo. Y no me gusta lo que escribo. Con mucho, siento aprecio por algunos pasajes de mis ficciones, y con algunas formas e ideas de mis ensayos. Y, sin embargo, escribo cien mil veces mejor que tú, y lo sabes. Yo escribía con trece años (y mis padres son testigos de eso) y escribía unas tonterías absolutamente horripilantes. Después escribía unas chorradas monumentales. A continuación memeces sentimentaloides. Y seguí escribiendo cuando absolutamente nadie me leía. Y esas noches en las que vienen los jodidos fantasmas que me quieren aniquilar, cuando escribo la mente deja de funcionar de un modo pragmático y se pone a toda máquina a fabular, a imaginar, a recordar lo mismo pero en un tono menos doloroso, a pasar por el filtro de la reminiscencia, de la opaca lágrima que nunca nadie, en su puta, podrá besar.
Y ahora escribo de todo. Recuerdos, ideas, ensayos, novelas, poemas. Casi nadie me lee. En La Columnata escribo sobre temas culturales. En mi blog, cuando venzo el sueño y el cansancio, dejo mis ideas más impronunciables en voz alta. Y tú sigues siendo un idiota. Puedes ganar dinero con lo que haces, puedes tener muchos fans o muchas lecturas o creerte alguien. Puedes hacer una presentación de tu libro, o puedes hacer una crítica que tenga muchos comentarios, pero sigues siendo un idiota. Y lo más jodido es que lo sabes. Un puto idiota de baba, cuya sintaxis revela la pereza de un cerebro malformado, la fragilidad y la ineptitud de un cerebro subdesarrollado. Eres el padre de todos los tontos que te leen y te alaban, y el hijo de toda la estupidez de un mundo que te usa para que sigas escribiendo las gilipolleces con las que te rebozas día a día, y con las que salpicas el buen gusto de los que nacieron con algo que tú jamás comprenderás: sensibilidad.