Eros & Tánatos: arte femenino y masculino

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El otro día, en La Columnata, con motivo del estreno de la flojita Zero Dark Thirty (Bigelow, 2012), comenté un poco esa idea que me ronda en los últimos tiempos, que saco además de diversos autores y lecturas predilectas, y que me ha convencido de que existe un arte, por así llamarlo, más Eros, y otro más Tánatos. Por supuesto, no tiene nada que ver con esa pueril concepción de la literatura o del cine (las dos únicas formas de arte de las que algo sé, aunque la más suprema es la música, de la que no tengo ni tendré, a este paso nunca, ni zorra idea) como de mujeres o de hombres, que abunda en lugares comunes y prejuicios de toda clase, de esos que florecen en este país tan maravilloso y tan libre y tan culto. Como si hubiera películas que debieran y pudieran rodar las mujeres, dirigidas para una “sensibilidad” más femenina, y otras que solamente pueden rodar los hombres, y que van dirigidas a hombres, y estupideces como esa. En realidad, y no me cansaré de repetirlo así me quede sin huellas dactilares en los dedos, de tanto escribirlo, la pereza mental se instaló un día en esta piel de toro, y se trata de una de esas chiquilladas de los que escriben sin nada mejor que hacer.
La Bigelow, que hace más de dos décadas estuvo casada con James Cameron (en uno de los muchos matrimonios de este cineasta, que en este caso duró dos años), y ahora volveré al tema, porque es importante… habrá tenido que soportar durante toda su vida que le comenten que ella dirige películas que en teoría dirigen los hombres, mientras sus compañeras de profesión se dedican a otras cosas. Qué sé yo: dramas intimistas (a saber qué coño será eso), películas románticas, cine de arte y ensayo, y proyectos por el estilo. Ella no. Ella dirige películas de vampiros, de polis, de sci-fi, de guerra. Le va la marcha. Y dirige muy bien. Tiene un ojo privilegiado para la cámara y un sentido del ritmo extraordinario. Hacia mediados de los años noventa, siendo yo un chiquillo que ni había llegado a la mayoría de edad, ya había visto cuatro de sus películas (Los viajeros de la noche, Acero Azul, Point Break y   Días Extraños), que seguramente, además, sean lo mejor que ha hecho en toda su carrera, y se me caía la baba con el talento de esta mujer, aunque también es cierto que casi nunca gozaba de guiones a la altura de su talento (y en ese aspecto, su carrera continúa igual o peor). Su carrera pareció colapsarse cuando encadenó varios fracasos consecutivos, lo que unido a su condición de mujer directora (no se puede decir que en el cine haya muchas directoras, ni mucho menos con poder en la industria) y temí que ya nadie le hiciera ni puto caso y que no le dieran más oportunidades de demostrar su personalidad. Pero, sorpresa, en 2008 presentó una película enclavada en la guerra de Irak y se convirtió en la primera mujer en ganar el Oscar a la mejor dirección (que debiera haber ganado en 2009, en lugar de Danny Boyle, pero lo ganó en la edición siguiente, por una de esas decisiones absurdas de la magnífica Academia de Hollywood…), lo que volvió a situarla en el punto de mira de los cinéfilos más recalcitrantes.
Bueno, que me embrollo. Se supone que dirige historias de hombres con sensibilidad de hombre, y no veas tú como mola el asunto. Los tontitos de turno dicen que tiene más huevos que su ex-marido, y lindeces por el estilo. Que dirige con más potencia, con más testosterona. Con más ímpetu viril. Cada cual es libre de decir o escribir las tonterías que le venga en gana, eso es cierto, como lo es de quedar en ridículo. Con este acercamiento a la cultura, así nos va en todos los ámbitos. Porque, digámoslo claro ya de una vez. El tema, e incluso el estilo, en nada tiene que ver con una sensibilidad. La sensibilidad la establece la mirada, el interés personal del artista, la puta forma, esa a la que nadie presta atención. En el caso del cine o la literatura, las dos formas de arte más narrativas, en cierta forma, da exactamente igual que se hable sobre guerra o sobre hacer punto en casita al lado de la chimenea. Es el punto de vista y la indagación del artista el que lo marca todo. Puedes contar una historia muy macha con muchos tíos cachas y duros escupiendo tabaco y hacer una película con una sensibilidad femenina, o una novela con muchas mujeres con moño y enaguas y hacer literatura con sensibilidad masculina.
En la cultura general lo Eros está simbolizado por la mujer y lo Tánatos por el hombre. Se trata de otra simplificación salvaje. En realidad es lo contrario. Aunque en verdad se entrelazan ambos conceptos de forma diabólica y no es fácil establecer un camino con el que diferenciarlos. Pero en mi opinión, que quizá sea el tipo más ignorante y más loco del país, lo Eros tiene mucho más que ver con el hombre, porque es más aparente en lo físico y material, y lo Tánatos con la mujer, que es más oculto y misterioso. Ahora bien, se puede partir de lo Eros para llegar a lo Tánatos, y viceversa. Y es lo que sucede en el arte. El arte masculino intenta partir de una sensibilidad más evidente, y llegar a lo oculto. Mientras que el arte femenino se establece directamente en lo misterioso para alcanzar lo material. La segunda forma de arte, huelga decirlo, es muchísimo más interesante la mayoría de las veces. Porque en ella tiene cabida una concepción de la imagen (y de imagen hablamos en el arte, aunque se trate de música) más poliédrica, más robusta y más sugerente. Con esta imagen el receptor puede hacer algo más que sentirse a gusto, puede indagar. Por supuesto, en formas de arte masculino, hay belleza y potencia, pero pocas veces la imagen trasciende lo meramente superficial.
Pero no me hagan caso. Sigan a lo suyo. Piensen que los hombres y las mujeres van cada uno por su parte. El mundo es más complejo que eso.