Mariah Carey & Marilyn Manson: La imagen y el talento

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Hay un asunto que es una gran verdad: una cosa es lo que proyectamos, y otra muy distinta es lo que llevamos dentro. Lo segundo es lo que verdaderamente somos, pero lo primero es con lo que casi todo el mundo se queda. Es irónico, quizá, pero también justo, de alguna manera, con ciertos personajes, que venden una imagen que en nada tiene que ver con lo que son, y que la venden para obtener escandalosas cantidades de dinero, y para hacer el ridículo o para dar asco en el proceso. Nada importa, con tal de adquirir una artificial y perniciosa notoriedad que distorsione hasta niveles imaginables la imagen con la que deberíamos quedarnos: la de su interior. Pero también tiene mucho que ver, como no podría ser de otra manera, con el enloquecido mundo en que vivimos, en el que ídolos de barro, que quizá mereciesen mejor suerte por sus genes o por su coraje, o por ambas virtudes al mismo tiempo, se merecerían algo mejor. La belleza o el talento son un accidente, pero se da el caso de ciertos individuos que si la belleza o el talento fuera un pago a sus méritos y a su lucha, seguirían siendo hermosos.
Empecemos con la Carey. ¿Algún lector cree que una artista de su talento, una que estuviera en su sano juicio y en plena posesión de facultades, se dejaría fotografiar quedando como en la foto que encabeza esta entrada? Ni de coña. Esto solamente es resultado de una mente profundamente infantil, y de unos complejos sexuales, emocionales y psicológicos brutales. También de una gran inseguridad personal y económica. Una mujer con una voz tan prodigiosa podría ganarse holgadamente la vida sin acarrear tanto estrés ni quedar como una payasa. Pero ella no tiene límites. Ella está dispuesta a ser objeto de burlas y de pajas, siempre que en lugar de ganar dos o tres millones de dólares al año, gracias a conciertos y royalties, pueda ganar treinta o cuarenta. Una mujer con esta voz debería tener más respeto por sí misma, y en lugar de convertirse en un icono de la generación MTV, con todo lo que eso significa de mansiones, planos en ropa interior, muchachos buenorros bailando alrededor de ella y discos olvidables, obligar a su generación (pues eso hacen todos los genios, desde Mozart a Paul Thomas Anderson, obligar a sus contemporáneos a darse cuenta de la puta realidad: que el resto está muy por debajo de ellos) a rendirle pleitesía estética. Pero ella no es más que una mulata pobretona de ideas, una advenediza con una voz increíble y un oído aún más increíble. Esta muchacha estaba destinada a tomar el relevo de las grandes leyendas de la música negra, más que a lucir vestiditos cortos y a mostrar sus enormes melones operados (por cierto, la verdad sea dicha, muy bien operados, al contrario que otras). Para muestra, un botón:
Otra muestra, de música plenamente negra:
La voz de Mariah Carey posee una peculiaridad extraordinaria, y es que es casi ronca, pero la potencia de sus pulmones y la versatilidad de sus cuerdas vocales obran el milagro: que los cinco octavos completos de su voz natural exploten con una riqueza expresiva inigualable, producto de la mezcla de sus ancestros negros y blancos, casi como si de una mulata de voz se tratase. Nótese en el final del segundo tema lo que puede dar de sí un instrumento tan preciso como una voz bien entrenada. Esta mujer es una joya, pero no ama la música, sino el dinero. Ahí está el problema que finalmente la ha convertido en una parodia de sí misma. Y para parodias, ahí van más botones, puntuados por trallazos de talento vocal, que estallan de cuando en cuando, entre tanta morralla:
Así las cosas, no es de extrañar que mucha gente repudie a esta tía como una retrasada mental. Pero a ella ya le da igual, fiscalizada completamente su carrera, a la espera, quizá, de un brote de inteligencia que quizá la rescate de la mediocridad y con que quiza pueda firmar, de una vez, el primer gran disco de su carrera. Lo mismo, más o menos, que le sucede a Marilyn Manson (cuyo nombre, como muchos ya saben, es un cruce entre Marilyn Monroe y el padre intelectual del asesinato de Sharon Tate, entre otras atrocidades, Charles Manson) un tipo con un talento para el rock y el metal, pero sobre todo para la provocación, que ya quisieran para sí todos los Massanet del mundo. Y con otra voz, esta vez sugerente, bestial, susurrante o metálica, para la leyenda, que provoca más asco y rechazo que admiración por todos los bienpensantes que en el mundo son, aburridos meapilas que entraron al trapo con el rollo del satanismo y la perversión antes que con la pasión de la guitarra, y el grito y la subversión pura. Porque esto es bestial:
Al menos Manson tiene un disco superlativo, no como la Carey, con el Anticristo Superstar. Armado con el melotrón de Trent Reznor y las lentillas de David Bowie, en este disco Mason casi negaba la capacidad del artista moderno por ser bello y por decir cosas libres y hermosas. Casi nada. Más bestialidad, en su siguiente disco, esta vez gélida y andrógina:
Desde entonces no hace más que repetirse a sí mismo y a ganar grandes cantidades de dinero siendo nada más que una parodia, como la Carey. ¿Hasta donde se puede llegar en la provocación, ya sea sexual o satánica, que viene a ser lo mismo, sin destruir la propia imagen? Muchos se rebelan ante lo que significan estos dos iconos de la música moderna, ahora en franca decadencia, sin prestar atención su inmenso talento. Aunque no les culpo. Joder, antes las estrellas de la música tenían la decencia de morirse de sobredosis a los 27 años. Estos tipos amenazan con llegar a los cincuenta y a dar la matraca varios años más.
Yo, personalmente, me pongo de rodillas ante este temazo legendario, que perteneció a la banda sonora de una de las obras maestras de David Lynch:
I love you…you….you….anyhowwwwwww