Pienso en mis padres

ladelgadalinearoja
A veces. Sobre todo cuando estoy solo. También cuando camino durante esos minutos libres en mi curro que empleo para limpiar la mente y estirar las piernas. Pienso en su vida, en su personalidad, en todos los avatares que han experimentado. Mi padre tiene ya más de sesenta años y mi madre se acerca (gracias a Dios o al Diablo…) a esa edad. Ya se asoman poco a poco, pasito a pasito, a la vejez. Han trabajado toda su puta vida, como mulas. Han luchado, se han desesperado, han practicado encajes de bolillos para poder llegar a fin de mes, primero, y para pagar su hipoteca, después. La crisis, o la Gran Estafa, les golpeó duro, y perdieron mucho. Pero siguieron luchando, incansables. Siempre juntos. A veces mal avenidos, a veces sin poder soportarse, pero siempre perdonándose y aceptándose, riéndose el uno del otro y de sí mismos. Aceptando la vida como viene aunque a menudo la vida les golpea con tal dureza que se desesperan, tienen que apretar los dientes y tirar de donde no hay, afrontar el temible futuro como kamikazes y olvidar el tortuoso pasado porque no tienen otro remedio.
Mi viejo nació en un pueblecito de Extremadura, cuyo nombre es Malpartida de Cáceres, aunque la familia de su padre era de Mallorca, y allí volvió muy joven, a otro pueblecito que ahora es una colonia alemana, y creció y se educó. Mi vieja nació en un pueblo aún más pequeño, en las montañas de Asturias, que todavía existe, aunque viven muy pocas personas allí, la mayoría ancianos, que se llama El Bao. Eran familias de trabajadores, y ellos fueron a su vez trabajadores. Cada uno creció en una región muy diferente, de culturas y costumbres casi opuestas, y muy distanciados geográficamente, y los dos curraron desde los trece o catorce años en lo que pudieron, para ayudar a sus familias. Cuando tenían veintipocos años terminaron en Madrid, y aquí se conocieron. Y mi padre se fijó en mi madre y no la dejó en paz hasta que se convirtió en su mujer y dio a luz a dos hijos mellizos.
Mis padres se molestan un poco a veces con los hermanos de ella y con el hermano de él, porque ninguno de los siete (seis por parte de mi madre, uno por parte de mi madre) tuvo que criar a dos hijos al mismo tiempo, y eso era muy duro. No se puede comparar tener a un niño de cuatro o cinco años y a un bebé glotón, que a dos bebés glotones, orondos y locuelos a tu cargo. Pero salieron adelante. Mi padre consiguió trabajar en un sitio que estaba bastante bien, y pudieron afrontar una hipoteca. Mi madre trabajó muchos años pero también estuvo muchos sin poder hacer otra cosa que cuidarnos. Supongo que dos mellizos inquietos y tocahuevos pueden desquiciar a cualquiera. Más aún cuando son tan diferentes como mi hermano y yo. Pero sé que siempre han sentido orgullo de habernos tenido, porque tanto mi hermano como yo somos dos tipos muy especiales. Sin embargo, también sé que muchas veces no sabían por donde cogernos, que resultaba tremendamente difícil manejarnos, y que eso se sumaba a su cansancio y a sus preocupaciones. Pienso mucho en eso también.
¿Cómo nos verán ahora? ¿Pensarán que mereció la pena tener hijos, o tendrán sus dudas, en esos momentos en los que llegan los fantasmas y te replanteas tu vida, y sabes que podría haber sido muy diferente, mucho menos esclava, en el caso de haber podido abortar o a lo mejor ni siquiera casarte? ¿Llegarán a reflexionar sobre lo que podrían haber hecho? ¿Se verán reflejados en nosotros? Tanto mi hermano como yo tenemos ya canas, no somos unos chavales. Hemos hecho muchas cosas y nos hemos equivocado docenas de veces. ¿Sentirán que hicieron algo mal, o que no supieron guiarnos? Si piensan que no lo estamos pasando bien, ¿cogen el teléfono móvil pensando en las palabras adecuadas, en lograr decir eso que tantas veces no pudieron y que no alcanzaron a decir? Cuando nos dicen algo que no nos gusta o que resulta desacertado, ¿estarán toda la tarde pensando en su equivocación, en la forma de mejorar con nosotros ahora que se acercan al invierno de su vida? Cuando les hablamos de cosas que ellos no entienden o no conocen ¿se sentirán muy perdidos, muy desamparados, impotentes? Cuando les respondemos con palabras que no les gustan, ¿les sentará bien la cena, encontrarán placer en las pequeñas rutinas? Cuando se miran al espejo, ¿ven sus arrugas o ven en lo que nos convertiremos, en la condena que nos han impuesto por darnos la vida?
Pero sobre todo pienso en lo solos que están. En que solo se tienen el uno al otro y que están muy lejos. Los hermanos de ellas están cerca, pero el carácter del norte no es cariñoso. Si hace frío, si tienen hambre o están muy cansados, ¿les gustaría que yo estuviera allí y les rodeara con un brazo? Sé que soy un hijo pésimo. Me he caído y levantado cien mil veces, y ellos han sido testigos de muchos de esos trompazos. Me han observado quizá como a una criatura extraña que por momentos estaba perdida y en algunos otros iba muy decidido a por un objetivo. Jamás he permitido, pese a todo, que me vieran completamente hundido. Mis máscaras las he aprendido y las he ejercitado con ellos. Mi madre sabe si estoy cansado o deprimido, pero no sabe cuales son mis demonios, no sabe cómo vuelvo soportables las horas, desconoce por completo en qué pozos nacen mis obsesiones y de donde bebo cuando mi espíritu está sediento de vida. Quizá no sepa nada de mí. Que muchas horas las paso pensando en ellos. ¿Qué harán? ¿Qué pensarán? ¿Cómo repasarán su vida? ¿Con qué volverán soportables su horas?