Más sobre Sci-Fi y Fantasy

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Volvamos a la cuestión de los géneros. El tema de los diversos géneros en el cine (noir, terror, comedia, western, melodrama, sci-fi, fantasy, etc), es una convención, que a la vez deriva de las convenciones literarias, y que a los críticos, sobre todo a los más perezosos, les viene de perlas para establecer más cánones y más prejuicios con los que poder trabajar. Nótese que escribo “noir”, del original francés, o “sci-fi” y “fantasy”, del original anglosajón, decisión que no me parece casual, y que tiene que ver con el origen de ciertos arquetipos y formas muy importantes y que pesan mucho más de lo que pareciera a simple vista. Pues creo que es erróneo y muchas veces inexacto y hasta pedestre, traducir al castellano ciertos términos, del mismo modo que a nadie se le ocurriría traducir el género “wuxia” al español, ya que no tendría el menor sentido.
Los que me leen (descubro cada día que hay más gente que me lee de la que a veces me permito creer) saben de sobre que pienso que hacer etiquetas con el cine o con lo que sea, va en contra de mi naturaleza y de mi forma de ser, porque limita mucho la mirada del cineasta y, a su vez, la del espectador. Sin embargo los géneros tienen mucho de interesante, por supuesto. Tanto en sus raíces como en sus ramificaciones y evolución. Sobre todo el tan apasionante tema sobre sci-fi y fantasy, dos géneros muy diferentes, prácticamente opuestos, sobre los que me gusta mucho escribir (y el placer hay que capturarlo siempre que se puede, que la vida es corta), y así de paso aprendo cosas, desarrollo ideas personales y me encuentro con otras nuevas, que a la postre es lo que significa siempre escribir cuando lo haces acerca de cosas que te mueven y te interesan. Yo espero profundizar en conceptos que ya he propuesto en otras ocasiones y que siempre andan rodándome por la cabeza.
La sci-fi, erróneamente traducida como ciencia ficción, nació hace poco tiempo, por así decirlo aunque muchos no se ponen de acuerdo de cuándo ocurrió ese nacimiento con exactitud. Por supuesto, lo hizo en la literatura. A grandes rasgos, puede efectivamente que ocurriera con la aparición de la magistral novela de Mary Shelley, Frankenstein o El Moderno Prometeo, en 1818. En esa pequeña maravilla, cuya concepción tantas veces ha embellecido la leyenda, un científico genial construye a un hombre artificial, con todos los dilemas morales que de ello se extraen, en pleno apogeo de la Revolución Industrial, con remembranzas evidentes al mito clásico de Prometeo, que se enfrentó a los dioses, y con una concepción moderna del terror gótico, más basado en las sensaciones y en la psicología que en los detalles científicos, algo de tremenda importancia, como veremos. A mediados del siglo XIX comienza a publicar con gran éxito Julio Verne, un novelista mediocre pero de gran inventiva y capacidad de anticipación tecnológica, y muy a finales de la misma centuria, llegaría el genio incontestable que lo cambiaría todo: H.G .Wells. Él estableció las bases para lo que sería la sci-fi a lo largo de todo el siglo XX, con sus luces y sus sombras. Por una sencilla razón que debe anteponerse a todas las demás: él era un filósofo muy interesado por la cuestión humana.
Voy a dejar lo más claro que pueda una afirmación personal, antes que nada: la sci-fi, si por algo ha trascendido y se ha convertido en un marco muy definido, es porque ha sabido, quizá como ninguna otra forma de arte narrativo, en una despiadada visión del ser humano y de su ingreso en el que quizá sea su ocaso. La sci-fi, desde sus comienzos literarios, se afana por armar un espejo en el que cuestionar muy severamente los devaneos del hombre con sus propias creaciones y con su propia naturaleza. Y aunque conoce no pocas ramificaciones y subgéneros, la más valiosa es la que, sin paños calientes, propone que en demasiadas cosas nos hemos equivocado de camino y que deberíamos replantearnos la mayoría de nuestras conquistas técnicas, o por lo menos el uso que se hace de ellas. Las muestras del género que no lo hacen, si bien pueden resultar estimulantes y hasta fascinantes, no pueden rivalizar con las que se erigen en una profecía, en un aviso para que el hombre se de cuenta de en qué está fallando.
Por su parte la fantasy, que al igual que la sci-fi parte de una cultura profundamente anglosajona y depende de ella, posee un legado mucho más antiguo. Dicen que el primer relato escrito que nos ha llegado podría ser el Poema de Gilgamesh, más o menos por la época en la que apareció La Odisea, de Homero, que también posee no pocos elementos distintivos de la fantasía tradicional. Hace mas de 2.700 años que surgieron estos dos poemas épicos, pero son ya muy representativos de la enorme diferencia entre ambos géneros, que muchos, para mí de forma absurda, confunden y quieren confundir en la actualidad, como si se tratase de la misma cosa. La fantasy nace de una concepción tremendamente romántica del mundo, y pretende establecer mitos y leyendas como verdaderos. La bibliografía, los autores importantes, y los subgéneros, son ingentes, casi imposibles de enumerar. Los más logrados, y no creo ser el único que lo piense, son representaciones alegóricas del interior del hombre, de sus fantasmas de la niñez, de sus complejos adultos, y de la certeza de la muerte. Son metáforas violentas y hasta sangrientas de la naturaleza humana, pero desde una visión redentora, mística, que le atribuye al hombre un cierto lugar de preeminencia en el universo, y que son alentadoras, autosuficientes y  hasta poéticas.
En el siglo XX, siglo de desgracias globales, la fantasy ocupó un trono de preferencia para los lectores y espectadores, y en el siglo XXI mucho más, pues está resultando, si cabe, más oscuro y terrible que el anterior para la condición humana. La fantasy es un arma de doble filo: una necesaria y placentera narración con la que hacer volar nuestros sueños, pero también una adormidera, un bálsamo demasiadas veces falso, con el que dormir la realidad. No la considero menos valiosa o interesante que la sci-fi, pero es un dato importante que se hacen muchas menos películas o novelas de sci-fi que de fantasy, y que la aparición de obras notables en el primer territorio es mucho más rara aún que en el segundo. En el cine, la fantasy es un negocio mucho más rentable que la sci-fi, porque el espectador medio siempre está más dispuesto a que le hagan soñar con otros mundos que a que le despierten y le pinten el mundo tal como es: el peor imaginable.
Teniendo en cuenta la pereza intelectual instalada ya para siempre en nuestro país, no me sorprende para nada que ficciones como Star Wars o Star Trek sean consideradas por muchos como sci-fi. Claro, pues tienen naves espaciales, artefactos tecnológicos, y demás escenografía. En realidad, nada de esto tiene que ver con la sci-fi más esencial. Porque se puede hacer fantasy con un drama sobre los viajes temporales, y se puede hacer sci-fi con la rutina de un tipo que ejerce de psicólogo en una gran empresa. Se me ocurre un ejemplo muy bueno de todo esto, que es la ingeniosa trilogía de Regreso al futuro, de Robert Zemeckis. Esto no es sci-fi, como quizá algunos lectores erróneamente estén pesando ahora mismo, sino fantasy, pues sus complicados viajes temporales a bordo del DeLorean, en los que alteran el pasado y el futuro continuamente, no solamente no poseen la mínima base científica (lo del condensador de fluzo, o flujo, es maravilloso) o técnica, sino que sobre todo no inciden con una crítica hacia ese avance tecnológico en particular sobre el devenir del hombre, no profundizan en las consecuencias humanas y globales de sus actos, y no se construye una visión del mundo a partir de su trama. Ni siquiera en la segunda parte, en la que llegan a un futuro lleno de aparatos e inventos tecnológicos. Lo que Zemeckis hace contando las aventuras de Doc y Marty es una fantasy revestida de toques sci-fi, una lujosa pulp fiction con la que hacer pasar un buen rato (en realidad, un gran rato) a sus espectadores, con final feliz, moraleja, buenos sentimientos…
Ya que hemos empezado con viajes en el tiempo, hablemos de su opuesto, que también cuenta con viajes en el tiempo como “leit-motiv” y que sí es sci-fi, y probablemente de la más grandiosa que nunca se haya hecho. Me refiero, cómo no, a The Terminator (1984). En ella, el viaje en sí, la parafernalia técnica, no es tan importante como el motivo, la moral y las consecuencias. El tono, sobre todo. La historia cuenta que la tecnología avanza tanto que llega a crearse un super-ordenador, tan inteligente que toma conciencia de sí mismo y que se propone destruir al hombre como si fuera su enemigo. Pero el ser humano reacciona cuando está a punto de extinguirse y, liderado por un guerrero impresionante, consigue destruir las defensas de las máquinas. Desesperado, el super-ordenador envía una máquina asesina al pasado, porque si no puede vencer a ese líder en el presente, a lo mejor puede borrarle incluso antes de nacer, liquidando a su madre. El planteamiento ya es audaz e insuperable, pero además el director y guionista, James Cameron, levanta una aventura descarnada, sin esperanza, en la que la muerte siempre está a la vuelta de la esquina, y en la que no hay componendas metafóricas. No hay un discurso subrayado sobre la vida o la muerte. Hay la vida o la muerte, sin más.
Por componendas metafóricas me estoy refiriendo a un tipo de sci-fi que emplea lo tecnológico como un símbolo o un signo de otra cosa. Sus dos máximos exponentes serían las pedantes, gélidas, aburridas y poco interesantes cinematográficamente hablando 2001: una odisea del espacio y Blade Runner. En la de Scott, por ejemplo, se emplea el tema de los replicantes u hombres artificiales para hablar sobre la fugacidad de la vida o la lucha del hombre contra Dios. En la de Kubrick, el viaje al espacio es una suerte de alegoría sobre la mente humana, el retorno al origen, la condición cuasi divina del hombre. No me parece mal de partida, pero además se utilizan el género para cuestiones que pretenden una ficción muy profunda, pero que en verdad lo enrevesa todo, cuando una narración poderosa lo que ha de hacer es desentrañar, esclarecer. En la sci-fi, una imagen es lo que es, sin signos ni símbolos. Hasta El planeta de los simios, por cierto del mismo año de la de Kubrick, es una alegoría floja en cuanto sci-fi, aunque potente en cuanto aventura. Pero ni tiene una base científica ni es plausible, y en comparación, porque son relatos parecidos, Soy leyenda es mucho más interesante como alegoría (también Charlton Heston interpretó una poco afortunada adaptación del original de Richard Matheson). Pongo otro ejemplo: en Soylent Green, que aquí se llamó Cuando el destino nos alcance, y por cierto también protagonizada por Heston, las imágenes o el tema, la trama en la que una compañía alimenticia utiliza carne humana para dar de comer a la sociedad, no significan otra cosa, son lo que son. Es una película sci-fi modélica porque sí levanta un mundo propio que es reflejo de este, y en el que la esperanza es fugaz e improbable.
Pudiera parecer que prefiero la sci-fi a la fantasy, y a lo mejor es cierto, pero principalmente porque en la sci-fi obtenemos un material mucho más cercano a nuestra propia vida, y por tanto puede conmovernos más. Sin embago, la fantasy valiosa es muy importante también. Pienso, por ejemplo, en la que quizá sea una de las más hermosas películas de fantasy de la historia, El imperio contraataca, continuación de la mítica Star Wars, y seguramente muy superior en casi todo a ella. Aventura insuperable en cuanto peripecia, es un viaje del héroe en el que lo fantasioso es siempre una representación de complejos y temores, y en el que, como toda gran fantasy, la amistad y la compasión son la única salida. Con final terrible aunque conciliador sus imágenes atacan el subconsciente y trascienden la mera escenografía. En comparación, la tan alabada trilogía de P. Jackson sobre el original de Tolkien, incluso la segunda parte que es la más sólida, me parece trivial. Porque, precisamente, no consigue trascender la escenografía ni la iconografía para adquirir el rango de secreto o de enigma emocional, que es de lo que se trata la fantasy.
Y, bueno, hasta aquí mis ideas por hoy, que me está quedando un texto muy largo y no quiero aburrir. Otro día sigo con más cosas que seguramente se me hayan quedado en el tintero.