‘A dos metros bajo tierra – La vida mata’: primer ensayo en papel sobre la serie

claire-nate-fisher1
El problema de no ser nadie, de no tener amigos importantes, de carecer de dinero, de no bailarle el agua a ningún lumbrera, de no dolerme la espalda de tanto hacer reverencias, me ha perseguido o me ha adornado toda la vida. Y es un problema más grande de lo que pudiera parecer en un país tan sectario y culturalmente amorfo como España. Recuerdo perfectamente que cuando ingresé en la Escuela de Cine de Madrid, en la especialidad de dirección, después de tres años de intentonas fallidas, lo primero que me llamó poderosamente la atención es que todos los compañeros, de cualquier disciplina, sin excepción, se esforzaban más en trabar alianzas y en tejer adhesiones que en aprender en qué consiste lo que llamos cine y cómo hacerlo. A mí se me da fatal eso de hacerme el estupendo y de ir de guay por la vida. Es decir, venderme. A otros se les da de fábula. Bien por ellos.
Sin embargo sí tengo una gran suerte: la de contar con magníficos amigos y con gente que aprecia verdaderamente mi trabajo, sin esperar nada a cambio por una palabra de ánimo o un elogio sincero, entre otras cosas porque nada tengo que ofrecer aparte de mi amistad también sincera. Yo no pertenezco a ningún grupo importante (aunque sí a uno intelectualmente importante, que es La Columnata, pero si queréis trabajar allí sólo tenéis que escribir bien y que tener algo que decir), ni puedo daros algo a cambio de que os acerquéis a mí y a mis trabajos. No soy un cantamañanas capaz de abriros puertas, y como no dispongo de conocidos en sitios importantes, no puedo conseguiros absolutamente nada si os ponéis en contacto conmigo e intercambiamos ideas, proyectos, argumentos o debates. Lo único que tengo para ofrecer es una fuerte dosis de mí mismo, que digo siempre lo que pienso y que en el fondo, muy en el fondo, me importa una mierda lo que digan sobre mí.
Estos amigos me han convencido de que sería una magnífica idea recopilar algunos de mis trabajos, de los más importantes, y darles forma de libro. Como la vía editorial ortodoxa es bastante complicada cuando no eres nadie (o bien tardan meses en contestarte y te salen telarañas de hartazgo), me he decidido a autopublicarme inicialmente mi propio libro con la ayuda de un editor profesional a través de una plataforma en la que además puedo controlar cada detalle del proceso de edición. Por lo que sé, no se diferencia mucho de que te lo publiquen en una editorial convencional, salvo que en este caso apenas pueden imponerme nada. Lo comentábamos hace poco en una reunión de La Columnata en Elche, pues entre otros muchos temas (cuanta más gente, y más inquieta, se reúne, más difícil es hablar de un solo tema) surgió el de la autopublicación, con sus pros y sus contras, con la inmediatez técnica de que te compren el libro vía web en formato e-book o incluso en papel, con la libertad que supone proteger completamente tus contenidos, pero también con una insoslayable sensación de limitación para acceder a una gran masa de lectores.
Entre mis muchos trabajos, muchos de los cuales están protegidos por el Registro de la Propiedad Intelectual, pues a la fuerza ahorcan, uno de los más completos es el que escribí hace ya algunos meses sobre la ya mítica serie creada por Alan Ball y producida por la cadena por cable HBO, y fui publicando en este mismo blog por entregas, y que al contrario que otros me parece casi una creación literaria y hasta un trabajo de madurez intelectual absoluto, aunque pienso que sigo evolucionando a toda velocidad, pues de otra manera seguir escribiendo no tendría sentido. Probablemente, el primer ensayo analítico que exista sobre esta serie en el mundo, al menos hasta donde yo sé, y esto no es jactancia ni vanidad de ninguna clase, pues también tengo escrito un extenso volumen sobre James Cameron, un importantísimo director que no dispone de ningún estudio concienzudo a su aportación creativa, y del que sin embargo no conseguí, bajo mi punto de vista, un texto tan bien trabado como en este caso. Al menos de momento, que todavía tengo algo de salud y algo de juventud para volver a intentarlo y hacerlo mejor.
Creo firmemente que los que crean que la calidad de su trabajo o su labor creativa queda refrendada o hasta probada por la cantidad de lecturas (en el caso de los blogs e internet, por la cantidad también de los comentarios) que tenga ese trabajo, es un memo o algo peor. Yo lo acusaría directamente de incapacidad intelectual. Por supuesto que hay muchas obras de arte que han gozado de un éxito clamoroso, pero muchas más creaciones que fueron exquisitas, delicadas, tremendamente personales, subversivas o transgresoras, que apenas leyó o vio nadie, y hasta es posible, como decía Thoreau, que las más grandes obras no hayan sido vistas o leídas por nadie. Así las cosas, yo abogo porque los que no somos nadie, a los que nos cuesta tanto creer en nosotros mismos, si realmente estamos por fin convencidos de que nuestra labor merece la pena conocerse, le demos vida y la hagamos circular de cualquier manera posible, y posiblemente dos o tres personas que verdaderamente consideren que lo que hacemos es valioso, son más importantes que un millón de lectores convencidos por una inercia publicitaria, por una industria muchas veces vampírica o por una cultura grotescamente deformada y controlada por los grupos de presión.
Personalmente, me siento muy orgulloso de mi libro, al que titulado A dos metros bajo tierra – La vida mata. Creo que está muy bien escrito, porque me lo he leído más o menos unas 600 veces con tanta corrección y tanto cambio de última hora, y muchas veces uno acaba cansándose del propio trabajo y extrayendo más defectos que virtudes. Pero aunque defectos los hay, claro, tiene muchas más virtudes y esto es lo que importa. No suelo estar yo muy orgulloso de la mayoría de mis empeños, así que hay que celebrarlo. Y lo he subtitulado La vida mata porque creo que ese oxímoron es muy interesante y dice mucho de la serie. Y porque es verdad: es la vida la que nos mata. Con sus miles de miserias diarias y sobre todo con el paso del tiempo. Pero no el paso del tiempo físico, material, el paso del tiempo interior. Girar la cabeza y mirar al pasado, cada vez más abultado, más alejado, pensando en las personas queridas que quedaron atrás, en momentos irrecuperables y en instantes y alegrías que a lo mejor nunca más volveremos a sentir.
No creo que A dos metros bajo tierra, o Six Feet Under, sea la mejor serie de ficción de todos los tiempos. Otras estarían incluso por encima de ella. La Serie, la locura, la catedral de las catedrales, seguramente sea Los Soprano. La más enorme, emocionante, compleja, humana, terrible, seguramente sea The Wire. La que más me pone, la más salvaje, indómita, audaz, sea Deadwood. En la creación de Alan Ball, las dos primeras temporadas son magníficas, la tercera es insuperable, la cuarta irregular y la quinta extraña y contradictoria, con un episodio final bastante chapucero y hasta decepcionante. Pero no hay duda de que es una serie muy especial, inolvidable, que por primera vez trata la muerte de forma directa y al mismo tiempo abstracta. Y los que ya han leído mi libro, o simplemente las entregas que fui dejando en este blog, dicen que les entran ganas de volver a verla y descubren esquinas nuevas, detalles inesperados. Estupendo. Ni sacar pasta, ni hacerme el importante, ni sentirme el más listo de la clase ni nada por el estilo. Aportar algo.
Si a alguien le interesa adquirir el volumen puede escribirme en Twitter o a mi número. Los que tengan la buena o mala suerte de poder hacerlo. Los que no, pueden buscarlo en algunas tiendas selectas de Madrid, en las próximas semanas. También está en Amazon y próximamente en e-book. A un precio de regalo, ya lo adelanto. Un brindis, ¿no?