Creadores y narradores

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En realidad, muchas veces resulta bastante complicado explicar nuestras razones o nuestros motivos para preferir o anteponer determinados autores o artistas importantes frente a otros. En demasiadas ocasiones, uno se basa exageradamente en cuestiones personales inexplicables, pasionales, pero de cuando en cuando vendría bien desarrollar nuestras propias ideas o reflexiones ya sea por escrito o hablando en voz alta con nosotros mismos y a solas (práctica en desuso que me parece esencial para discernir hasta donde llega nuestra capacidad argumentativa) y así ser capaces de confirmarnos o desmentirnos que nuestros gustos valen para algo o que son simplemente manías incurables que nos impiden evolucionar y obtener algo de cultura y de pensamiento analítico. Es lo que suelo hacer yo con este blog: soltar ideas o flujos de pensamiento que quizá no lleven a ningún lado, pero de los cuales me sirvo para desechar conceptos manidos o poco convincentes, y así avanzar hacia otros conceptos nuevos y refrescantes. Sinceramente, no veo otra manera de hacerlo.
Creo que hay dos tipos de directores o escritores de novelas (las dos formas más puras de ficción o de creación narrativa que probablemente existan en el arte): los creadores y los narradores .Y es un asunto que casi nunca sale en ninguna conversación o debate en torno a las ficciones, como tantos otros temas que podrían resultar muy enriquecedores, y es que estamos siempre dándole vueltas a bobadas mil veces estranguladas por conversaciones estériles que nada aportan. Este asunto en concreto me parece capital, porque al igual que todo eso de los directores/guionistas o los directores que simplemente esperan a que les llegue un buen material, lo de crear y lo de narrar es algo que merece mucho la pena profundizar porque establece esa ya proverbial jerarquía de directores o novelistas a la que aludo con asiduidad y que demuestra que no todo es relativo o circunstancial en el arte, sino que, al contrario, hay fundamentos clave que no deberían pasarse por alto y que estoy convencido que nos acercan bastante a una idea más clara de todo esto de hacer películas y de escribir novelas.
Como no podría ser de otra manera, hay grandes creadores y grandes narradores, y es muy raro en este mundo encontrar a un artista que sea al mismo tiempo un gran narrador y un gran creador. Para hablar de esto es muy útil echar mano a la generación del Neo-Hollywood, que en los años setenta cambiaron la industria y renovaron la narrativa americana. Y dentro de esta generación, los nombres de Spielberg y Lucas contextualizan insuperablemente lo que quiero explicar. Por un lado, Spielberg es un narrador superdotado. Pocos como él saben contar una historia en imágenes y sonidos. Es un formidable directores de actores (cuando quiere…), y un montador de secuencias magnífico: planifica y sonoriza a la perfección, y en todo lo técnico nadie puede enseñarle nada. Está a la última de todos los avances tecnológicos y conoce a fondo todas las herramientas a su disposición para narrar historias de un modo ágil, dinámico y universal. Sin embargo, carece de un mundo propio, aunque sea cinematográfico. Su mirada está demasiado a la sombra de la de David Lean, Frank Capra, John Ford o Alfred Hitchcock, y nunca ha logrado trascenderles. Por contra, George Lucas es un creador nato. Es un niño eterno que no vive en este mundo, sino en el suyo propio. Haga lo que haga. Ya sea Star Wars o American Graffiti. Siempre inventa algo nuevo, siempre da a luz personajes o historias que se hincan en el pasado de la narrativa popular pero que proponen detalles inesperados, juveniles, rompedores, sin parangón en la ficción. Pero irónicamente es un narrador pésimo: un mediocre director de actores (por decir algo suave…), un contador perezoso e incapaz de inocular dinamismo en lo que hace.
Siguiendo con este discurso, a nadie puede ya sorprenderle que yo anteponga, y sitúe muy por encima de ellos, a gente de esa misma generación como Francis Ford Coppola o como Martin Scorsese, sendos representantes de la primera (y exitosa) generación netamente italoamericana de sus familias, que disponen de un mundo propio absolutamente personal e intransferible, que se expone aún en sus trabajos menos logrados, y que además son narradores impresionantes. Otros, como Clint Eastwood o Woody Allen, por citar a dos directores muy prolíficos y muy venerados por el gran público, no pueden ni acercarse a ellos porque no inventan nada, están demasiado a la vera de Leone, Siegel, y Huston, o de Bergman, Fellini y Lubitsch, respectivamente. Son grandes narradores, que incluso gozan de una incuestionable voz propia, pero no roturan territorios nuevos, no inventan, no crean. Y no es de voz de lo que hablo, sino de un mundo propio, que se levanta delante de los ojos del espectador.
Por cierto que es difícil encontrar un creador/narrador de raíces plenamente norteamericanas, y ni Coppola ni Scorsese lo son. Tampoco lo era John Ford, de ascendencia irlandesa, ni Billy Wilder, de ascendencia austríaca. Uno de los poquísimos seria Paul Thomas Anderson, cuyos ancestros quizá fueran centroeuropeos (ese apellido…) pero cuya familia es totalmente norteamericana. Quizá sea él el único genio universal del cine norteamericano, como Edgar Allan Poe es el único genio universal de la literatura norteamericana. Porque ambos son creadores y al mismo tiempo narradores inigualables.