Carta a un idiota II: sobre ‘El apartamento’ y la tontuna generalizada

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He aquí la calavera humana. Se trata de uno de los objetos más duros y perdurables de la naturaleza (la mía un 10 % más que la media…). Como ya explicara Poe en su fenomenal relato El escarabajo de oro (lo puse en este mismo blog, por cierto), su superficie no sólo no pierde su característico color a la intemperie, sino que se hace más blanca, más brillante, y más pulida, y por eso los aborígenes de muchas partes del mundo, e incluso los piratas de todos los mares, las han usado como marcas secretas que encontrar con relativa facilidad y hasta como estandartes duraderos. El hueso es más duro que la madera, así mismo lo es el que forja el cráneo humano. Y de forjar hablamos: es un casco perfecto, que a su vez protege por completo el que seguramente sea el órgano más complejo, frágil y perfecto que existe en todo este planeta: el cerebro humano. Cuando somos muy pequeños el casco está abierto para facilitar el parto y para otras cuestiones biológicas. Luego se cierra para siempre y no se vuelve a abrir hasta la muerte. Lo único que vemos de él son dos órganos medianamente independientes pero que son una extensión del cerebro: los ojos.
Parafraseando debidamente a Sherlock Holmes: yo lo veo todo. Es mi maldición. Aunque no quiera, lo veo igual. Y no necesariamente con los ojos. Cuando alguien no es de fiar, aunque le conceda confianza (para mi desgracia) sé que no debería. Esto le pasa a la mayoría de la gente. Pero además veo y siento cosas que para otros están vetados. Ya conté una vez que mi ojo izquierdo está maldito y que algún día lo perderé, probablemente. Si pierdo ambos o en algún momento pierdo la visión, estoy igualmente jodido, porque los ojos se pueden cerrar y los oídos no. Y sí, también lo oigo todo. No sé para qué, porque mi vida muchas veces es bastante miserable y hasta patética. Es decir, no me vale para nada tanto ver y tanto escuchar, pero no puedo evitarlo. Y es que el cerebro que poseo (o que me posee…), pragmático es un pimiento, pero lo que se dice procesar eventos externos lo hace a toda hostia, y también analiza a toda velocidad, aunque solo cuestiones externas. Quizá por eso soy capaz de encontrar esquinas y soluciones y recovecos inesperados a cuestiones ajenas, aunque no sé por qué para mis propias emociones y mis propios eventos soy tan jodidamente lento. Me voy por las ramas…
Dirá el lector, y no le faltará razón: “¿esta no era tu segunda carta a un idiota? (¿y quién será el idiota? es todo aquel al que llamen idiota y vuelva la cabeza), pues te enfollonas tú solito como un campeón”. Y tanto que me enfollono. ¿No estoy poniendo un paréntesis propio a una pregunta que en teoría era del lector? Sí, me falta un tornillo…
A lo que iba. El hombre no hace otra cosa que inventar artefactos que son una nueva versión de sí mismo. La cámara fotográfica funciona igual que el ojo humano en su manera de dejar pasar la luz y capturar una imagen. Y la cámara cinematográfica funciona igual que el ojo y el cerebro humanos. El cráneo guarda y archiva convenientemente las imágenes (bueno y los sonidos, los aromas, todo), y nos sirve al mismo tiempo de reproductor con el que poder verlas en la memoria. Es una cámara y un blu-ray al mismo tiempo. La mente es la pantalla. Los recuerdos y los sueños son las películas. Es decir, hechos tamizados por nuestra personalidad. Esto es el cine, a grandes rasgos. Con él podemos convertir los recuerdos en algo más tangible y más permeable, artísticamente hablando. Ya no somos dioses que moldean el cuerpo (escultores), ni poetas que escuchan el susurro de las musas (músicos), sino hombres que capturan el tiempo para siempre, sellado en imágenes y sonidos.
Así las cosas, cerrar lo que puede ser el cine con lo que significa socialmente, popularmente, al estilo de un contador de historias con su presentación, nudo y desenlace, en lugar de darle la oportunidad de reemplazar a lo recordado y a lo soñado, es empequeñecerlo, ningunearlo. Pero así están las cosas. Tú, idiota, y sabes perfectamente que te hablo a tí, crees que puedes hablar de películas y hasta ganar dinero por ello, por haber visto unas cuantas, o quizá muchas. Pero otros escriben sobre música, literatura, teatro, pintura, después de estudiar lustros, o quizá décadas, esas formas milenarias de arte. Hablas de referencias, de detalles filosóficos o tendenciosos, de lugares comunes que nada aportan. Lo subordinas todo a la historia, a la peripecia dramática, pero el arte, cualquier arte, es dionisíaco y revolucionario por definición. No cabe en él lo encorsetado de lo académico y sí la pasión de los poetas y los intelectuales que son capaces de ver y de describir y de desentrañar lo que estás viendo.
A este respecto cabe citar una película muy famosa, que realmente es hermosa y emocionante, y que me viene perfecta para explicar lo que intento decir, que es El apartamento, dirigida por Billy Wilder hace unos cincuenta y tres años. Si se te pregunta a ti, idiota, dirás que es una obra maestra del cine, aunque ni sabes lo que es una obra maestra del arte. Y si se te pregunta el por qué de esa afirmación dirás que el director lo hace genial, y el guión es genial, y el tema es genial y los actores están geniales. Es decir, es genial porque es genial, y punto. No serás capaz de explicar el por qué, ya que has nacido incapacitado para poder hacerlo, y como nunca aprendes nada acerca de nada ni nadie, y vives en tu mundo de piruleta, morirás incapacitado para poder hacerlo. Si se reta aludirás a influencias (posibles o lógica aunque posiblemente irreales), a detalles escenográficos o puntuales. A poco más puedes aspirar. Esta película fue despreciada por la crítica de su tiempo, en su país, y tachada de amoral, sucia, misógina y repugnante. Vista hoy, su conservadurismo, su tono santurrón, su historia de buenos o malos, resulta desconcertante. El tiempo de esta película, con magníficos diálogos, buenísimos intérpretes, y una bonita historia de amor, ya pasó. Pero seguirá considerándose, por razones absurdas para mí, una obra maestra de eso que no sé qué coño es llamado cine.
Para muestra, un botón: la “opinión” de todos estos luminarias:
En fin. Todos los tontainas escriben o hablan sobre cine. Es tan fácil. Cuarenta o cincuenta nombres que casi nadie conoce, algunos lugares comunes de la profesión. Quizá ganes con ello cuatrocientos o quinientos euros extras al mes, o hasta puedes ganarte la vida holgadamente con ello. Pero, pequeño idiota, no aportas nada a nadie y perpetuas una pretensión de academicismo que es lo que más daño ha hecho al cine. ¿Por qué tantos imbéciles con graves carencias de personalidad se ponen a escribir o a hablar profesionalmente sobre el cine con la de carreteras que hay por asfaltar?