Mis aventuras en el Metro de Madrid

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Hace algún tiempo, en este mismo blog, escribí una entrada sobre lo que puede significar, para cualquiera que no sea un borrego sin emociones, caminar por una gran ciudad como Madrid. Y qué duda cabe que por otras parecidas en tamaño y caos. En aquella divagación intenté que el lector se aproximase a mi punto de vista: ir de la calle X a la calle Y en Madrid puede ser una verdadera aventura. Estuve a punto de titularlo ‘Manual de Supervivencia para viandantes’, pero como ya había escrito un Vampiros Emocionales: Guía de Supervivencia, producto de mi experiencia con todo tipo de paletos y taradas, pues como que no es cuestión repetirse, no sea que la gente se te subleve. Pero para aventura, lo que se dice aventura de verdad, comparable a las 12 pruebas de Heracles (o peor, porque las suya se terminaban y las nuestras no…) nada más intenso y definitorio que coger el metro todos los días (en mi caso, para ir a trabajar, y otros días lo evito como la peste) en un Metro como el de Madrid, que en comparación con el de Londres es una puta maravilla, pero que da para escribir una novela. Qué digo… una trilogía de novelas de 750 páginas cada volumen que ríete tú del mamotreto de El conde de Montecristo.
Empecemos. De entre todas las líneas que habitualmente cojo para moverme, la más habitual es la línea 10, que está entre las más modernas, limpias y rápidas de todas. Sin ir más lejos, en la estación de Chamartín, que comunica con otras líneas como la 1, y con la RENFE a media España, colocaron hace unos años un enorme pantallón, que costó una millonada, con imágenes tipo Matrix y tal, que veo todos los días, y es una maravilla arquitectónica, según dicen. Los vagones de la 10 son estupendos y amplios y lo que tú quieras. Eso sí, los conductores tienen la puta manía de frenar en seco cada vez que se paran en una estación (o entre dos estaciones, sin explicación ninguna por parte del susodicho de por qué te tiras 5 o 10 minutos ahí parado, cagándote en sus muertos), así que se produce la cómica situación de que todos los que, incautos, se levantan antes de que el cacharro se detenga del todo, en el último segundo se las vean y se las deseen para sostenerse en pie. Como ya tengo la lección aprendida, me espero a que se pare del todo y a que, como también suele suceder, pasen unos diez o veinte segundos y se abran de una vez las puertas, con todo el mundo, casi en el suelo por el tironazo, apretando como loco los botoncitos esos que se iluminan con el tacto y que parecen un chiste de mal gusto.
Sigamos. Como todo microcosmos en el que una gran cantidad de gente pasa cierto tiempo en compañía, te encuentras con cada individuo o individua que hacen palidecer la imaginación del más dotado. He aquí una somera descripción de los más llamativos:
1. La parejita imposible. Hoy mismo, para ser más prolijos, unos chicos jovencitos que si hago un cortometraje con ellos me dan un premio en Cannes. Ella era bastante mona, sinceramente. Con abrigo rojo y mallas negras y algo de estilo. Su acompañante era un cenutrio de mucho cuidado (tema para otro post: ¿cuántos chicas de buen ver hemos visto de la mano, del brazo, o comiéndole la lengua a un tipejo lamentable? ¿cientos? ¿miles? misterios sin resolver de la humanidad) con el tupé hacia arriba (ese peinado que se lleva ahora, que parecen todos subnormales), con un piercing espantoso a la izquierda del labio, de mandíbula cuadrada, y ceceando. La cosa no tendría mayor importancia si este tipo de parejas no tuvieran la sensación de que todo el mundo en el vagón ha de escuchar su estúpida conversación. En este caso concreto, sobre una amiga de ella que al parecer estaba liado “con un tipo muy feo”. Él, el humanoide, dijo que era tan feo que tenían que darle de comer con tirachinas… y medio vagón, me consta, estaba pensando que para feo él, y que si alguna vez tenía descendencia, pobrecitos ellos. Portaba una carpeta verde y supongo que serían estudiantes. Él hablaba de inflarle a hostias a no sé quién, y hasta hizo el gesto de golpear a alguien con el codo. Yo le miraba con la boca abierta, lo juro. Parejitas así, a miles.
2. Las “ancianas inofensivas”. Aquí meto en el mismo saco a toda mujer de entre 50 y 100 años que carece del más mínimo respeto por los demás, y que creen que por llevar un moño desaliñado, hablar con voz de fumadora, o pesar 35 kg y tener la piel arrugadita, pueden ir pisando a los demás. Hay que tener una cosa muy en cuenta: todas ellas llevan bolso. Y no sé qué llevan dentro, pero parecen adoquines. Cada vez que se bajan, o que entran, y se sientan en el hueco que amablemente les cede un estudiante agotado o un trabajador exhausto que se merece ese asiento igual o más que ellas, todos corremos peligro. El bolso vuela en un movimiento que no se sabe cómo son capaces de llevar a cabo, y pobre del que esté en medio. Hostiazo asegurado. Disculpa ausente. Cada vez que las veo, me entra el pánico. Cuando se levantan varias a la vez, me aprieto contra la pared del vagón. Eso y que hablan como cotorras si van en grupo, contándonos a todos a gritos (porque están sordas) las pastillas que tragan a diario, la operación de menisco que le hicieron a la vecina del quinto, o los uñeros que sufren como trágicas víctimas de la creación.
3. Los indigentes que nos cuentan sus penas a gritos con una convicción que te dan ganas de cortarte las venas, o los que cantan con guitarra y hasta altavoces canciones populares y hasta música culta con un mal gusto que te dan ganas de darles un par de euros para que se callen de una vez y te dejen en paz.
4. Los chavales viajeros, del país que sea, que portan mochilas enormes a la espalda y que no se dan cuenta de que molestan a todo el mundo. Yo mismo he vivido muchas veces el hecho de que el vagón esté semivacío, y que sin darse cuenta peguen a mi cara la mochila con el saco de dormir, y que no me dejen ni respirar. Me da igual que emanen un olor fuerte, sin duda producto de sus muchos días a la intemperie. Pero el espacio de los demás es sagrado.
5. El clásico retrasado mental sentado al lado de tí, que para hacer cualquier cosa te da con el codo diez veces y que, no falla, cuando se levanta te pisa aunque tus pies estén a medio metro de él.
5. Los juerguistas que llevan las copas en el metro, amén de muchas bolsas con más alcohol, y bolsas de hielo, que toman el vagón por su discoteca particular. Fiestecillas de cuatro paradas de metro que a menudo terminan con varios vómitos en el suelo del vagón, como regalo de despedida.
6. Esos que no saben que existe una cosa llamada auriculares, o audífonos, y que regalan a todo el vagón, o vagones, su estridente e insoportable música, saliendo de su smartphone y hasta de su radio portátil.
7. El individuo que no se ha duchado en tres meses y que, además, pesa ciento cincuenta kilos. Por cierto que siempre busca un sitio libre para sentarse, aunque moleste a todo el mundo.
Y un largo etcétera del que ya puede hacerse una idea el lector que nunca haya viajado en el Metro de Madrid.
Eso en cuanto a la fauna. Pero hay detalles cotidianos que te enervan y te llevan a la pura desesperación.
¿Por qué coño el pitido de aviso de que se van a cerrar las puertas está situado en el umbral de dolor del oído humano? No todos estamos sordos, joder.
¿Por qué demonios hay zonas en las que hay cambiar de metro y perder una considerable cantidad de tiempo? Ya pagamos un poco más al salir de las estaciones fuera de ciertos límites. Caguen su puta madre ya.
¿Por qué coño todos los trabajadores de metro, ya sean guardias, limpiadores o vendedores de billetes, son tan incompetentes, tan lentos y están siempre de mal humor? ¿No les alcanza para llegar a final de mes? ¿No follan? No es mi puto problema. Búsquense otro trabajo o váyanse a la mierda, digo yo.
¿Por qué hay estaciones que a determinada hora apagan las escaleras mecánicas? El billete cuesta lo mismo, ¿no? pues no nos tomen por gilipollas.
¿Por qué demonios las puertas de salida de absolutamente todas las estaciones de metro pesan tanto y son tan sensibles al mismo tiempo al viento de la calle? ¿Tanto costaría hacer una puertas normales y punto? ¿O unas eléctricas?
¿Por qué cojones los usuarios del metro, cuando están llegando al andén y oyen que el metro se va, echan a correr, y comprometen seriamente su integridad física y la de los demás? Yo he visto verdaderos hostiazos en esquinas de bajada de las escaleras, porque la gente es tan mema que es incapaz de entender que los que salimos no somos hologramas y que si nos golpean corriendo duele. He sido testigo de golpes tan tremendos que han terminado con señoras ensangrentadas. Espero que el lector me crea.
Todo esto no es puntual sino diario. Seguro que cada cual puede contar experiencias parecidas. Pero usen el metro, es de los mejores del mundo, y no es coña.