El tema de los animales

Cheetah
Hace un par de semanas, a tenor de los comentarios públicos de Toni Cantó, diputado por UPyD, me entraron ganas de escribir acerca del tema, pero finalmente me contuve. Según parece, el buen hombre habla y sube el pan. Como no solamente habló de los derechos de los animales, pues también dedicó palabras a la terrible lacra de la violencia contra las mujeres, en Twitter, ese meadero del que todos beben (con excepciones), la cosa al parecer fue Trending Topic, y toda la marabunta de los que se creen políticamente incorrectos pero son más correctos que nadie, le pusieron a caer de un burro, y se leyeron muchas tonterías. Antes que nada voy a afirmar una cosa en la que creo rotundamente: el Twitter es como cualquier otra herramienta de comunicación social que se emplee para onanismos personales, es liviana. Todos los que se dedican a escribir ahí diariamente protestando por cómo va el mundo o por alguna causa importante, sin duda se desahogan, pero si creen que van a conseguir algo más que alguna que otra línea ingeniosa sobre lo malos que son los políticos o cuestiones así, mientras en su vida diaria continúan alimentándose del sistema, me parecen individuos con graves carencias de personalidad.
Al grano. Como el Cantó (que no es nadie, pero al que le dieron mucha publicidad involuntaria con todo esto) dijo que los animales no tienen derechos y que no distinguen entre el bien y el mal, etc, etc… pues muchos supuestos amantes de los animalitos le dedicaron no pocas sandeces para demostrar que ellos sí los amaban. Y, haciéndolo, se pusieron a la misma altura que él, o todavía más baja. Personalmente pienso que a este hombre le faltan tres primaveras y que su mensaje, aunque no inocente, sí era inocuo e inofensivo. El pobre hombre mezcló churras con merinas (les suele pasar a estos políticos de cochambre), intentó elaborar un discurso delirante con el que intentar disimular su profunda ignorancia de base, su total falta de dialéctica, y sus objetivos populistas, y tratando de construir una defensa de los animales se descubrió a sí mismo y demostró que en realidad le importan un bledo y que intelectualmente está al nivel de la hebefrenia. Se hizo un lío de tres pares de cojones, vaya. Pero en realidad no tiene mayor importancia. Sólo se trata de un memo que nadie sabe qué pinta ahí y que no se entera de nada. Otros, pidiendo que le asen, ya que es un animal, son igual de memos que él. Pero ya deberíamos estar acostumbrados a la altura mental en este país. O quizá no.
El tema de los animales nos refleja, quizá como ningún otro, la chapuza en la que nos hemos convertido. Los seres humanos somos parte del reino animal, pero no actuamos como si lo fuéramos. Nos sentimos superior a él. En una esfera mucho más elevada. Al ser un animal racional (más o menos…), consciente de sí mismo y sobre todo de la muerte, nos hemos aislado de todo lo que nos conecta con lo bello y eterno, y en nuestra burbuja hemos planteado un desafío a la naturaleza. Desafío vano, porque cuando la naturaleza quiere, manda un huracán o un maremoto y nos borra del mapa en un abrir y cerrar de ojos sin que podamos ofrecer oposición. Y, como la sociedad cree que la moral se basa en conceptos tan relativos y resbaladizos como el bien y el mal, ha barrido la moral verdadera: la propia e individual. Cohartados por tenazas invisibles, muchos vuelven su nostálgica mirada hacia el mundo natural, y encuentra un eco en él de todo lo que es puro y maravilloso. Los animales son bonitos y buenos, el entorno natural es un paraíso, y según nos cuentan en los documentales, allí reina una armonía que algunos anhelan para sí y lo que les rodea, y que, me temo, nunca encontrarán.
El entorno natural no es maravilloso ni idílico, sino un terrible universo en el que los animales matan para sobrevivir por la sencilla razón de que no pueden ir al supermercado para alimentarse. Allí no hay remordimientos ni filosofía. Hay una sola ley: matar o morir sacando adelante a las crías. Sin embargo, con el placentero filtro que ofrece la televisión o el cine, lo percibimos solamente en sus aspectos más puramente estéticos o emocionales, y nos identificamos genéticamente con su aventura. Admiramos la impresionante fuerza y valentía de unos seres formidables que no hablan. Y quizá les admiramos sobre todo porque no hablan, y es que es increíble la cantidad de idioteces que escuchamos cada día de boca de nuestros congéneres. Los animales convertidos en mascotas son compañeros silenciosos a los que agradecemos su silencio y su mirada noble, ajena a todo pensamiento malicioso. Imagino que para ellos seremos amigos extraños, que les proveen de alimento y calor, y cuyas actitudes y sonidos nunca podrán comprender del todo. Pero esas mascotas son todo el contacto que mantenemos con otras razas. No tenemos que huir de ellas para salvar la piel. No se nos eriza el cabello al oír un rugido o un aullido. No tenemos que estar alertas por si se trama alguna emboscada. Y por eso los queremos tanto.
Nuestra actitud para con los animales es condescendiente, en el mejor de los casos. No nos interesa que vivan una vida plena y libre, sino condicionada por nuestros intereses económicos o sentimentales. Buscamos razones para acercarles a nuestra forma de ser, como el hecho de que muchos vivan en familias o clanes bien jerarquizados. Les brindamos una devoción que para ellos es innecesaria. Nos sentimos estupendas personas en nuestras ajetreadas vidas cuando firmamos porque no se cace al lobo al sur del Duero (¿por qué se puede cazar al norte de ese río, me pregunto yo?) pero ya no pertenecemos a su espíritu, a su mundo. Y lo sabemos. Estamos aislados, y lo sabemos. Cuentan la historia de una hippie estúpida que después de evitar una corrida de toros, o algo así, cometió la insensatez de acariciar al toro y recibió a cambio una cornada que la dejó tiesa. Los animales no nos necesitan para nada, pero nosotros a ellos sí. Les vendría bien que desapareciésemos, pero no lo haremos. Se han pasado milenios luchando y estando a lo suyo y manteniéndose firmes y libres y dignos, y les trae sin cuidado nuestra adoración. Han salido adelante contra viento y marea, pero no saldrán adelante por nuestra influencia. Para Fernando Vallejo son el amor de su vida, el único y verdadero amor que ha conocido. A mí me dan miedo, pero al mismo tiempo, extrañamente, me siento a gusto en su compañía. No juzgan ni valoran. No se jactan ni protestan. Simplemente son.