El infierno son los otros

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He hecho cálculos. Me paso dos horas al día en el Metro de Madrid (no solamente en el interior de un vagón, también en el andén, en las escaleras mecánicas, en los tornos, comprando billetes, etc) de lunes a viernes. Los fines de semana un par de horas más sumando sábado y domingo, casi siempre. Esto hacen doce horas semanales. Multiplicado por cuatro semanas que suele tener un mes, dan un total de  cuarenta y ocho horas. Es decir, dos días completos al mes. Dos por doce, son veinticuatro. Es decir veinticuatro días en un año, más o menos. Casi un mes completo. Se mire por donde se mire, es una barbaridad. Lo calculé precisamente sentado en un vagón del metro, y casi me desmayo de la impresión. Y lo malo no es eso. Lo malo es que paso un mes al año en el interior de un submundo que me altera y me fatiga mucho más que mi propio trabajo, que ya de por sí es bastante estresante, exigente y agotador.
Claro está que existirán personas que pasen en el interior de las entrañas del Metro más tiempo que yo. Bastante más. Les compadezco. No me puedo imaginar lo que deben sentir. Así las cosas: ¿por qué demonios viajar en este medio de transporte es tan estresante? ¿No existiría alguna manera de que el mero hecho de tomarlo te deje por los suelos? ¿Cree el lector que bromeo? Lo terrible es que hablo muy en serio. Porque una cosa es tomarlo de vez en cuando para salir por ahí a ver a los amigos , y otra, muy diferente, es tomarlo todos los putos días de tu vida y volverte majara. Creo que en un futuro, si es que no se hacen ya, se llevarán a cabo estudios cientificos sobre el impacto psicológico de introducirse en suburbanos como el de Madrid. Pero, al fin y en definitiva, este submundo no es más que un microcosmos que refleja y expande la realidad de la sociedad que vive y sufre y muere encima de él. Sería apasionante sino fuera trágico.
Hagamos más cálculos, para terminar de deprimirme del todo. Un metrobús cuesta 12 € y 20 c. Se utilizan más, pero si se utilizaran cuatro al mes serían unos 49 €, que al año suman  casi 590 €. Redondeemos a 600 €. Bien. Si al año un millón de personas hicieran ese gasto, y me consta que son bastantes más, estaríamos hablando de seiscientos millones de euros, que se dice pronto. Ese dineral impresionante debería ser suficiente para que, por ejemplo, los conductores de los trenes estuvieran tan bien pagados que no recurrieran a lo que yo he venido en llamar: “terrorismo en horas previas o posteriores a la jornada de trabajo”. Porque como yo sé que no lo están, y como debe ser muy aburrido conducir ese trasto, seguramente se divierten dando frenazos o saludándose unos a otros, al cruzarse en las vías, con un silbato que resuena en las tan bien acondicionadas estaciones hasta ponerte los pelos de punta. Sé que se divierten apretando no sé qué botón que provoca esa estampida de gas, o de lo que coño sea, que pareciera que va a implosionar. Pero con ese dineral, sumado a otros muchos dividendos que deben darles a los dueños o capitostes del metro toda la publicidad y demás historias, podrían directamente invertir en una maquinaria que no te volviera loco, o en túneles que no pareciera que te estás metiendo en la boca del infierno a doscientos por hora.
Pero si de infiernos hablamos, mis congéneres se llevan la medalla de oro. Antes aludía yo a un microcosmos: ninguno tan verdadero como el que se junta en el metro. Cuanto más juntos están los seres humanos, más apretaditos y enfadados, más muestran su verdadera cara. Esta mañana cuatro atontaos pegaban unas voces abominables al lado de una muchacha con bastante clase que les miraba como si les quisiera matar. Ahora bien, la muchacha no se levantó de su lado, a pesar de que había numerosos asientos libres. Así que la culpa era tan suya como de ellos. O más. Se aprecian comportamientos similares en el metro. Los ancianos me observan con cara de odio cada vez que no me doy cuenta de que han entrado y no les he cedido el sitio, pero luego se convierten en lo más parecido a monstruitos arrugados cuando llega una embarazada, o un lisiado. Me divierte horrores observar entonces su cara de no haber roto un plato en su vida. También es divertidísimo observar cómo se apiña y jadea la gente cerca de la puerta, cuando en los intersticios entre los asientos hay sitio de sobra para ir de pie pero cómodo. Es fantástico cuando entra una chica arreglada o provocativa y todos los hombres se la quedan mirando alelados, pero mucho más cuando entra un fulano con expresión agresiva y todos miran al suelo, acojonados. 
Como la mayoría vamos al trabajo, o en pos de uno que nos saque de la ruina, lo que uno se encuentra son muchas veces caras largas, de cansancio y de melancolía. Una vez vi a una chica llorando, quizá porque le había dejado el novio o porque su padre se había ido de casa, qué sé yo, y le ofrecí un kleenex para que se adecentara, pero me miró como si la quisiera violar. Las señoras de los moños apretadísimos protestan porque las negritas pegan unas voces tremendas, pero protestan con gritos más insufribles o más agudos que ellas. Entre idas y venidas, gestos y movimientos, también te encuentras con miradas furtivas, de curiosidad y puede que de deseo o de atracción. De pronto el vagón parece ligeramente más acogedor, pero ya se encargará el conductor del metro de dar un frenazo y de que le des un pisotón a ese o esa que te miraba con tanto interés, y que ahora te mira como si fueras gilipollas. Toda una gozada ir en metro a diario. El pitido que avisa del cierre de puertas te deja sordo y la mala educación de la gente te deja sin palabras. Al final te quedas indefenso, zarandeado y exhausto.
Deberían pagarnos por ir en metro. Cualquier día de estos una turba arrancará la portezuela blindada del chófer y le ahorcará entre gritos de júbilo. Prometo que observaré el espectáculo con satisfacción malsana.