Die Hard (Jungla de cristal) – Una joya del cine

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Una vez más, dado que no encuentro ni un sólo análisis, o crítica o ensayo, como diablos se le quiera llamar, medianamente decente y preparado sobre una gran película (que resiste el paso del tiempo con la rocosidad de lo imperecedero), ya sea en español o en inglés, como es Die Hard, que aquí se llamó Jungla de Cristal, y que este año cumple nada menos que cuarto de siglo de existencia con una juventud y un vigor que ya quisieran muchas otras películas del llamado género de acción, no digamos muchas otras de otros géneros absurdamente más prestigiosos que éste, pues me he lanzado a escribirla yo. Porque siempre es un placer inmenso hablar o escribir sobre aquellas joyas que uno ama y que forman parte de su vida, y porque haciéndolo quizá demuestre que es muy fácil analizar algo tan diáfano y tan generoso siempre que uno disponga de un mínimo de cinefilia y de verbo y de pasión, y también que el género de acción (una expresión simplificadora y elitista hasta la náusea) es mucho más de lo que los miopes quieren o pueden ver.
La acción se entiende hoy día como ese tipo de películas en las que priman grandes ‘set-pieces’ de tiros y explosiones. Como no podría ser de otra manera, la producción norteamericana, siendo un país tan amante de las armas, eclipsa a todas las demás, aunque desde Hong-Kong y otros países asiáticos están muy dispuestos a ofrecer una respuesta más ingeniosa o descarnada. El género es comercial y plagado de efectos especiales, ruido y furia. En sí mismo, es el espectáculo. Y el cine no es otra cosa que espectáculo: íntimo o físico. Pero espectáculo. Todos los directores del mundo, para que de comienzo la toma, gritan “¡acción!”. El drama, que en España, erróneamente (como tantas otras cosas de la órbita de la cultura), se entiende como un género, o un no-género, proviene de la palabra griega dram, que significa, así mismo, acción. Todo el cine es acción, de diverso tipo o intensidad. La palabra acción, por su parte, designa a una sucesión de efectos o peripecias que constituyen un argumento, una trama de acciones de los personajes. Un entramado, una red cruzada de actos y consecuencias. Pocos dramas norteamericanos de la perfección y la intensidad de Die Hard.
Una adaptación memorable
El guión de la película, escrito por Steve de Souza y Jeb Stuart, es un palimpsesto de la novela Nothing Lasts Forever, publicada en 1979, cuyo autor fue Roderick Thorp. Al parecer, pues desconozco la novela, no solamente la sigue a grandes rasgos (un policía de Nueva York contra doce terroristas que toman rehenes en un rascacielos) sino que los escritores aprovecharon muchas buenas situaciones y diálogos, y casi todos los personajes. Una de esas novelas, sin duda, escritas para ser llevadas con garantías al cine. No creo que sea ninguna novela notable, pero existe no poca literatura que es casi un guión de cine. Con este punto de partida, escogieron al que probablemente es, después de James Cameron y Kathyn Bigelow, el más dotado de los directores norteamericanos de aventuras de los años ochenta. John McTiernan, quien venía de consagrarse con la estupenda Predator, un año antes, y que estaba más que dispuesto a demostrar que aquella intensa aventura no fue cuestión de un azar. Y no solamente consiguió eso, sino que se superó con creces. McTiernan filma a lo Aldrich, a lo Walsh. Entendió hasta la última coma del guión que se le brindaba y con una profesionalidad digna de elogio filmó la que sin lugar a dudas es su película más completa.
Un policía de Nueva York, John McClane, viaja a Los Ángeles en la víspera de Navidad para reencontrarse con su mujer, que trabaja para una importante compañía japonesa en un altísimo edificio llamado Nakatomi Plaza. En realidad, quiere reconciliarse con ella, porque seis meses antes se habían peleado y su matrimonio pende de un hilo. El reencuentro, que no empieza del todo bien, se verá frustado por la aparición de una docena de terroristas (o eso parecen al principio…) de procedencia europea, que toman por rehenes a los miembros de la compañía que participan en la fiesta navideña. McClane escapará justo a tiempo y será la única esperanza de los rehenes y de su mujer. Descalzo, agotado y desesperado, su ingenio y su destreza se enfrentarán a la astucia del despiadado jefe de los asaltantes, en realidad ladrones que quieren llevarse el importante botín de la cámara acorazada. Esta premisa ha sido el germen para gran parte del cine “de acción” posterior, y ha generado no pocas copias inconfesas que trataban de repetir una fórmula que aquí deslumbra por lo recio de un guión sin la menor fisura y por la habilidad de McTiernan en la dirección de actores, en el tono y en la planificación visual.
Los guionistas se plantearon, con esta película, un espectáculo total en el que el edificio Nakatomi fuera el único y enorme decorado, dentro del cual va a suceder una peripecia física y sobre todo emocional que en cada bloque narrativo es de una perfección inusitada. Lo primero y más importante que hace es situar el punto de vista del personaje principal para que también sea el del espectador. John McClane aterriza en L.A. y desde el comienzo se siente fuera de órbita. Le desagrada volar y mantiene una conversación delirante con un compañero de viaje que se asusta al ver su arma, lo que es una ingeniosa forma de contarnos que el protagonista es un policía de Nueva York. A continuación le seguiremos por los pasillos del aeropuerto , sorprendiéndose por algunas actitudes de los californianos. Es realmente como si hubiera viajado a otro país, lo que luego se verá reforzado por el hecho de verse encerrado en un edificio inmenso de una compañía japonesa a merced de unos terroristas europeos. Todos estos detalles son esenciales, como el interrogatorio amistoso al que se ve sometido por parte del joven taxista negro, para aislarle y para dibujarle como un personaje desconectado, perdido y desamparado. 
Y a partir de ese prometedor arranque, el relato en lugar de desinflarse sigue subiendo más y más arriba, y siempre creíble por muy inverosímiles que lleguen a resultar algunas situaciones, en un crescendo imparable siempre coherente por la fuerza y credibilidad de los personajes y la brillantez del guión. Pero sobre todo por la puesta en escena.
La fuerza narrativa de McTiernan
La característica más importante de un gran director de aventuras, seguramente, es su habilidad casi diabólica para apretar el acelerador y que una secuencia instalada en un tono determinado de pronto pase a otro muy diferente, mucho más nervioso y eléctrico, y que ese nuevo tono marque las vicisitudes físicas y emocionales (una sin la otra no queda creíble, mal mayor de muchos malos directores de actores) de los personajes, y que casi dicte sus acciones, hasta que quedan agotados y se regresa al tono inicial. Es fácil de decir pero muy difícil de hacer. Aquí encontramos esa característica en grado elevadísimo. Basta echar un vistazo a la secuencia del reencuentro entre marido y mujer, con su posterior discusión, que termina abruptamente y que cuando parece que va a reiniciarse da lugar a la llegada de los secuestradores. De pronto, de una escena de diálogo muy íntima, privada, se pasa a una de alcance más global, a un peligro físico inminente. Todo se dispara, pero el cineasta lo narra con una convicción que parece natural. Por supuesto, no viene solo. Lo estaba preparando con las imágenes en paralelo de los intrusos superando las pobres medidas de seguridad del edificio.
Es una secuencia en verdad muy ingeniosa. Por una parte un camión con el grueso de los bandidos se queda esperando, estacionado en el aparcamiento subterráneo del edificio. Por otra, tanto el informático como el que luego parece ser el hombre de confianza del líder (y el más peligroso de todos ellos, interpretado con gran intensidad por el malogrado Alexander Godunov), aparcan un cochazo delante de la entrada y entran con toda naturalidad, como dos invitados más, para cargarse a los dos encargados de seguridad con una frialdad y una destreza notables. Luego bloquean informáticamente los ascensores y el camión deja salir a todos los hombres que lleva dentro, con el líder (un impresionante Alan Rickman, ¡en su primer papel para el cine!) avanzando el primero de forma imperial. Cortan las líneas telefónicas (justo en el momento en el que McClane se comunica con su servicial chófer, en un detalle de guión muy interesante). Cierran todas las puertas y salidas, convirtiendo el edificio en una fortaleza inexpugnable, y acceden al piso de la fiesta navideña tomándolo por la fuerza de sus armas automáticas. En todo momento prima un envidiable buen gusto en la planificación (obra también, sin duda, del excelente operador holandés Jan de Bont, luego reconvertido en director de, por ejemplo, una película hija absolutamente de esta, como es Speed, en la que intenta, con poca fortuna, repetir la fórmula) y una sensibilidad en el montaje muy alejada del corta-pega frenético tan en boga en realizadores de menos fuste. Es decir, casi todos. 
Pero hay más. En el momento en que McClane escapa sin ser visto, nos lo creemos por la puesta en escena. No por el guión. Los intrusos se distraen un solo instante con un rehén histérica y semidesnuda y él aprovecha para salir pitando por las escaleras. Detalles como ese, o como cuando el personaje de Bruce Willis (espectactular toda la cinta, humano y fuerte, frágil y cínico) es testigo de la ejecución de Takagi y se esconde tras una puerta, o como el del primer bandido eliminado por McClane (encendiendo las luces del piso en construcción y dando por sentado, él y nosotros, que sigue detrás del bloque de hormigón), o el del infierno de cristales rotos que el protagonista, descalzo, ha de atravesar en el último segundo antes de que lo vuelen todo, que no están mostrados, sino fuera de campo, en un esfuerzo narrativo notable que demuestra que no todo ha de verse, que basta con sugerir para que el suspense se dispare.
Sin embargo, no todo es sugerido. Formidables secuencias como la del intento por parte de la policía de entrar en el edificio, o el clímax del helicóptero, dejan hoy día, después de cientos de películas de acción, y de espectaculares y carísimos set-pieces, con la boca abierta. No solamente por la perfección técnica, que también, sobre todo por la intensidad visual a la que asistimos. En la primera, el absoluto dominio estratégico de Hans Gruber, el jefe de la banda de delincuentes, es contrarrestado por la capacidad destructiva, casi suicida de McClane, cuando harto de su soberbia y su crueldad, lance los explosivos de los que dispone al piso en el que dos de la banda han masacrado a los Swat, provocando una explosión terrorífica. Y la ira del jefe de policía local, así como la fascinación de unos medios de comunicación ávidos de imágenes impactantes. Porque esta película tampoco se priva de criticar la falta de escrúpulos de algunos periodistas y tampoco a los policías irresponsables o a los agentes del FBI que se creen que están todavía en Vietnam. 
Al final, todo se reduce a un duelo a tiros. No en vano McClane quiere que Hans Gruber y su improvisado socio en la policía, en sus conversaciones por radio, le llame Roy Rogers, una estrella del western norteamericano que no trascendió hasta estos lindes. John engaña una vez más con su instinto callejero al brillante Hans en un tiroteo triple, y se ve salvado cuando la victoria parecía cosa hecha, por su escudero que había abandonado la violencia directa. ¿Se puede pedir más?