El Matabichos

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No es exactamente como el Matarreyes, pero casi. Yo soy el Matabichos. Por cierto que estos días he podido ver bastantes episodios de Juego de tronos, y con tantos personajes y lugares, he llegado a la conclusión, listo que soy, que en una trama no cabe todo lo que quieras, y que la sobreabundancia de caracteres y detalles es directamente proporcional al aburrimiento. Pero ahora se llevan sagas de cientos de personajes, tramas y subtramas, hijos y nietos y conflictos cruzados que no acaban nunca, servidos con una escenografía apabullante. Cada cual que se quede con lo que le apetezca, pero yo al menos en esta saga me quedo con algunos personajes y algunos hallazgos parciales que, sin embargo, no cuajan en una gran obra de arte, se mire como se mire. Pero no quería yo hablar de literatura. Y sí de batallas.
El año pasado, llegando del trabajo en pleno verano, una de esas noches en las que el calor se te pega a la piel como una segunda (o una tecera) camisa, encendí la luz de mi casa y acudí al ordenador para poner algo de música y así amenizar la preparación de la cena. Y allí estaba. Justo encima del ratón del ordenador, mirándome. Yo creo que casi esperándome. Pequeñísima, solitaria y guerrera. Y con mi gesto se sobresaltó y empezó a dar vueltas por toda la habitación a la velocidad del rayo. Era una polilla de pequeñas dimensiones y decidí ignorarla y hacer la cena. Cuando regresé, diez minutos más tarde, estaba más tranquila. Se posó en una pared y, mientras me sentaba dándole la espalda, pensé: “qué demonios, es un bicho enano y frágil, insignificante e inofensivo, y no le voy a prestar atención”. Pero fue imposible, porque de pronto voló más rápido que nunca, zigzagueando de manera asombrosa y poniéndome de los nervios, y cogí lo primero que encontré y la perseguí dando mandobles, con la esperanza de que saliera por la ventana. Pero qué va. Se metió en la cocina y siguió recta hacia el baño. No volví a verla.
Lo cierto es que las polillas me fascinan. Me parecen una criatura magnífica, mucho más bella que las mariposas. No solamente porque sean nocturnas, casi todas, mientras que las mariposas son diurnas, también casi todas, sino porque más allá de sus alas, su estructura física es mucho más impresionante. Mientras las mariposas parecen gusanos repelentes sin sus alas, las polillas parecen guerreros en sus corazas, y al mismo tiempo sus extremidades parecen mucho más suaves y sensibles. Ambas comparten un volar zumbón bastante desagradable, que pone nerviosos a muchos, entre ellos yo mismo. Pero no es la única razón por la que, aunque me gusten, termino harto de ellas al poco rato. Y es que son mucho más fuertes que yo. Están solas en su deambular y entran a casas en las que probablemente los dueños las echarán a patadas, o las envenarán con un spray, o les darán un escobazo mientras ellas, aleladas con la luz de la lámpara de araña, no se enterarán de nada.
Por eso, tengo el dudoso orgullo de sentirme un Matabichos.
Hace algunas semanas pasó de nuevo. Abrí la ventana para refrescar la habitación y casi al momento entró una polilla. Mucho más grande que la del año pasado. Completamente negra y en plena forma. Volví a pensar lo mismo: es un bicho inofensivo, que ni muerde ni pica ni nada, y matarlo sin más es una crueldad. Que haga lo que le da la gana y ya se irá. De nuevo, imposible. La expulsé de mi cercanía y se puso como loca, haciendo un ruido indescriptible, golpeteando contra el techo, colándose en la rendija de la lámpara del techo y entrechocando en sus paredes como una canica consciente de sí misma en un pinball. Ya no estaba solo en mi casa sino que tenía una compañía que me enervaba. Un año más tarde cogí un trapo y la eché del cuarto. Se fugó a la cocina y se metió en el baño. Desapareció. Yo no podía creerlo. La misma historia dos veces. Cerré la puerta del baño con la esperanza de que ocurriese como con la otra. Que desapareciera. Pero a la mañana siguiente estaba en la pared alta del baño, dormitando. Le puse nombre: Gladys. Mi nueva mascota. Una mancha negra con las alas recogidas. No se movió. Al día siguiente, que pasé inquieto porque pensaba que no sabía dónde aparecería, estaba en el techo de mi dormitorio, de nuevo dormitando. Concluí que no podía tenerle miedo a un ser muchísimo más pequeño que yo. Cogí el trapo de cocina y le solté tal zurriagazo que tembló la pared. Desapareció. Se desintegró.
Esa noche dormí mucho más tranquilo porque en el fondo de mi corazón los insectos me dan un miedo atávico e incomprensible.
A la noche siguiente estaba pensando en ella. ¿Realmente estaría muerta mi Gladys? Estaba escribiendo en mi ordenador, como lo estoy ahora, y sentí que algo se movía en el suelo. Era ella. Rediviva. Intacta. Triunfante. Yo no podía creerlo. Cogí el trapo de asesino y fui a por ella. Se acercó a mí y le solté un nuevo zurriagazo. Una vez más desapareció. La busqué por todos lados y la encontré. Estaba en el suelo, cerca de la puerta de la casa, retorcida y muerta. Me sentí como si acabara de matar a un dragón indestructible. Pocos días después encontré otro cadáver. Porque en realidad, habían sido dos. Es decir, que había conseguido matar a dos dragones. Albricias. Las recogí con la escoba y las tiré a la basura.
Pero por mucho que me sienta un Matabichos sanguinario, me da un miedo atroz abrir la ventana para ventilar mi casa. Me he retirado. Ya no quiero matar más.