Madrid puede ser intolerable

madrid

Rompo mi silencio en el blog (un silencio que nada tiene que ver con la sequía neuronal o con la apatía, pero ahora entraré en eso) para afirmar hoy, a las siete de la mañana, lo que espero que muchos otros ciudadanos de Madrid piensen o sientan o les gustaría proclamar: que esta urbe puede ser una ciudad intoblerable para vivir en ella. No sé si para venir de turista, pero sin duda lo es para los que residen aquí. Principalmente el centro de Madrid.

Antes de entrar en harina, una aclaración: estoy tan aburrido de que el 95 % de los lectores que entran a esta mi página lo hagan para leer el artículo de Guns N’ Roses, o para ver sus imágenes, seguramente gracias a algún buscador como Google, que a menudo no he publicado alguna cosa nueva para esperar a que baje el número de lecturas y así asegurarme que los que me leen realmente se interesan por mis escritos. Otra razón es que me curro mucho mis textos para La Columnata, y entre esa y otras ocupaciones intelectuales, no tengo tiempo para mucho más, que soy un proletario con el tiempo (y el ocio) limitado. Otra más es que preparé dos super-textos para esta página que se fueron al garete gracias a la maravillosa aplicación de WordPress para I-phone, la cual me los destruyó en dos segundos para actualizarse, y he pasado semanas cagándome en Dios cada vez que veía una W gigante. La última es que he descubierto que me aburría el antiguo aspecto del blog, así que como puede observar el lector lo he vuelto a cambiar. Bueno, al lío.

Espero que WordPress, en su infinita sabiduría, no se cargue este texto, porque no he dormido casi nada en toda la noche y estoy para pocas hostias. La ola de calor ha convertido mi casa en lo más parecido a una sauna. Hasta las paredes están pegajosas. También la ha vuelto un hervidero de polillas. Aunque cada vez que salgo del trabajo y cruzo el maravilloso barrio de Fuencarral, las veo revolotear a docenas a mi alrededor, así que supongo que entre ellas no se ha corrido la voz de que soy un Matabichos y no acuden a mi casa en busca de venganza, reclamando mi cadáver, sino que simplemente a todo el mundo le pasa igual, y la tranquilidad de su casa se ve turbada por estos animales magníficos pero pesadísimos, más difíciles de expulsar por la ventana de lo que resulta hacer callar a una señora de cincuenta años. Y lo de las señoras de cincuenta años no lo digo por casualidad.

En Madrid ocurre una cosa terrible sobre la que ya me he referido otras veces: o te asas de calor o te mueres de frío. No hay término medio. Aquí no existe eso que llaman primavera, o eso del otoño, términos que para un madrileño son algo extraño, como salido de una novela romántica. Aquí hay verano desde mayo hasta septiembre y el resto del año invierno. Esto dificulta mucho levantarse de la cama, cuando hace frío, porque estás tan a gusto ahí metido que su puta madre va a congelarse mientras se prepara el café. Y hace casi imposible dormir cuando hace calor, porque a los quince minutos de haber apoyado la cabeza contra la almohada te sientes como si la hubieras metido dentro de un cubo de agua caliente. Yo tengo dos almohadones, y los voy turnando según pasan las horas, porque quedan hechos un puto asco de sudor. Luego me levanto a beber un vaso de agua, o un litro, a eso de las cinco o las seis de la mañana, o me pongo a escribir, como ahora, con el cerebro embotado y las yemas de los dedos progresivamente calcinadas mientras tecleo, ya que el ordenador se va sobrecalentando rápidamente.

Debe ser esta la causa por la que el madrileño medio está todo el puto día cabreado, enojado, irritable, apático, tocacojones. Si no existe en Madrid la primavera y el otoño a veces me pregunto si existe la cortesía. El otro día salí de los chinos a los que ya he pagado la universidad de sus hijos y de sus nietos, y casi arrollo a una tipa. Me disculpé inmediatamente porque la culpa era solo mía, y la mujer me sonrió, alucinada. Me apuesto mil euros a que en su puta vida de madrileña nadie que la hubiese empujado, voluntaria o involuntariamente, se había disculpado después. Aquí esperas en la cola de un cine y la peña pasa a cinco centímetros de tí, y tranquilo que las palabras “disculpa” o “permiso” no van a salir de su boca, están como proscritas. Este fin de semana dos vecinas charlatanas me estaban dando el coñazo desde la escalera. Como en este edificio las paredes son como de broma, cada vez que alguien baja o sube las escaleras se oyen pasos retumbar, pero encima ellas, que son como cotorras, y que como casi toda mujer que he conocido hablaban a la vez (¿se escuchan, realmente? ¿o nada más encuentran un gozo primario en soltar palabras sin sentido?), hablaban a todo volumen. No sé ellas, pero yo me paso de lunes a viernes currando como un idiota para sobrevivir, y los fines de semana, cuando estoy en casa, me gusta descansar, leerme un libro, escuchar música sin que nadie me moleste, o simplemente mirar al techo y relajarme. Y las estupendas señoras hablaban tan alto que parecía que estaban en mi salón. Cuando yo vivía en las afueras de Madrid, porque eran las afueras, poco más o menos, nadie se paraba en el descansillo de la escalera quince minutos a soltar voces. Tenían un poco de educación. Me avergüenza un poco decir que acabé tan harto de su charla que solté una voz por la ventana, que da al patio, y pedí un poco de silencio. Eso sí, añadí un por favor. Bajaron el volumen.

En el centro de Madrid hay libertad para ser todo lo grosero, descortés y maleducado posible. Aquí los demás no importan una mierda. Son bultos sospechosos. Hologramas. Si te acercas caminando a una panda de amigotes que acaba de salir de un bar, aunque te vean llegar, no se apartará ni uno. Tienes que hacer malabares. Si te cruzas con un memo en la calle, esperará a estar a tu altura para soltar un gargajo repugnante. ¿Escupirá en el suelo de su casa? Entonces, ¿por qué lo hace ahí? Si te topas con una tipa y su perro, y el animal se ha alejado tirando de su collar, la tipa en cuestión no va a moverse para que puedas pasar, te vas a ver obligado a saltar por encima del cordel que lo ata. Si un señor está descargando alimentos para el carrefour, impidiendo que pase nadie, tendrás que rodear el furgón por la carretera, exponiéndote a ser atropellado, pero te toparás, al regreso a la acera, con un montón de bolsas de basura que algún simpático apiló en la esquina de la calle. Si paseas por una calle estrecha no faltará el motero que te sigue para incorporarse a la calzada, apremiándote para que le dejes pasar. Y así hasta el infinito.

Me gusta mucho Madrid porque ofrece muchas cosas y es realmente una ciudad muy bonita, con algunos barrios muy hermosos (por ejemplo, el mío). También conoces gente estupenda. Pero civismo hay poco con los desconocidos. A lo mejor es porque aquí nada huele a nada. Sales a otra provincia y de repente se reactiva el olfato. Los árboles huelen a árboles, la fruta a fruta y el aire a aire. Puede que la privación de este sentido altere cierta glándula desconocida que espolee la agresividad. Qué se yo.