La increíble suerte que tengo

tormenta

Yo creo, y desde hace mucho, que la humanidad se divide en tres grupos. Un grupo ínfimo, de quizá unos pocos entre miles de millones, lo conformarían los que viven una vida plena, satisfecha. Quizá no feliz, pero tampoco una vida en la que las desgracias eclipsen a los triunfos. Es decir, gente cuya vida no es la de un triunfador insensible, pero sí la de una persona realizada en la vida, capaz de soslayar sus fracasos y de estar en consonancia consigo mismo, que sabe a qué coño ha venido al mundo.

El segundo grupo sería en el que se engloban, seguramente, todos los que puedan leer este texto. También el que lo escribe y, básicamente, la gran mayoría de las personas que sufren y mueren en una sociedad más o menos evolucionada. Los que experimentan una vida llena de sueños rotos, pero también de oportunidades. Con muchos problemas, pero también con comodidades y con desastres. Una vida de mierda, a grandes rasgos, en la que no sabemos quiénes somos, ni qué coño hacemos aquí, ni a donde vamos, esclavizados por trabajos que no nos llenan, aturullados por problemas que no necesitamos pero a los que prestamos una atención desmedida. Este segundo grupo, el de los pringados que se quejan mucho y no hacen nada, es muchísimo más grande que el primero, pero muchísimo más pequeño que el tercero.

El tercero sería inmenso, indescriptiblemente enorme. El grupo de los miserables, los desamparados. Los que mueren a los cinco años de edad por carecer de agua potable. Los que adolecen de una enfermedad terrible que les impide respirar o caminar. Los que dependen de los demás y no tienen a nadie. Los de vidas aniquiladas por la crueldad ignominiosa e infinita del hombre. Los relegados, los masacrados, los destruidos. Los que ya no aspiran más que a llevarse un trozo de pan a la boca. Los que guardan sus últimas fuerzas para escalar esa valla electrificada que separa a los tiranos de los hipócritas. Los que viven una vida que es un tunel negro sin salida y encuentran en la muerte una luminosa salida a una pesadilla sin fin.

Esta escala de la existencia para mí es un axioma incontrovertible. Con sus matices, o lo que quieran los lectores, pero una gran verdad. Yo, por mi parte, aunque vivo una vida de mierda en la que no me dejan, ni me dejo, ser yo mismo, en la que experimento la amarga sensación de coartarme para no quedarme más solo que la una, más arruinado que nunca, más aislado que nunca, creo que soy un tipo increíblemente afortunado.

Afortunado porque a pesar de mis achaques (todos ellos atribuibles a un cuerpo machacado por el estrés, mi escaso talento para cuidarme a mí mismo, mi tendencia innata a abusar de mis límites…), a pesar de que de cuando en cuando me dan ganas de rendirme y tirarme en un rincón a morir, debo haber sido tocado por algunos misteriosos y esquivos dioses que miran por mí, y a lo mejor a ratos juegan conmigo, y a momentos se apiadan de mí, porque sigo aqui, estoy entero, y de alguna extraña forma sigo siendo Adrián Massanet.

Afortunado porque tengo un trabajo que no está nada mal, y con el que me gano la vida y pago las facturas, y mantengo mi propia casita, en la que vivo solo pero contento. Y que también puedo pagar mis caprichos y mis vicios, aunque muchas veces me pregunte si esos caprichos o vicios terminarán conmigo de forma abrupta e inmisericorde. Suerte que tengo de estar a ratos mortificado por mis dudas laborales, por mis dudas en mi competencia o mi habilidad o inteligencia, por no saber si lo hago del todo bien o del todo mal, si me odian o me aprecian, si lo doy todo, o simplemente todo lo que puedo. Afortunado porque tengo gente que me quiere, aunque de cuando en cuando me pregunto por qué me quieren, y me soportan, y me escuchan, y hasta me preguntan qué opino de esto o de aquello y luego guardan silencio, esperando mi respuesta. Poco importa, supongo, si me planteo lo mal amigo que soy en ocasiones, o si me planteo que doy mucho y nunca pido nada, o si me planteo que la amistad es mucho más importante que el amor porque te permite ser más tú mismo.

Muy afortunado porque a pesar de que la espalda me mata, y la pierna derecha me aniquila poco a poco con sus dolores y sus debilidades, y que el ojo izquierdo terminará en la cubeta de un cirujano, o que tengo las uñas roídas y feas, y los pies horribles, y soy delgado aunque me coma un buey a dentelladas durante una semana entera, mantengo una buena forma sin apenas hacer ejercicio, soy fibroso y marco bien sin apenas esfuerzo, la ropa me queda bien sin apenas preocuparme por ello. Mi agilidad y mi fuerza es más o menos la que tenía hace quince años y esto es algo de lo que no muchos pueden presumir.

Afortunadísimo de tener a mis amigos. El mejor de todos ellos, el más inteligente y estimulante, generoso y libre, mi amigo cubano. Pero tengo más, que vienen y van, y que siempre me piden lo máximo, y me hacen sentir a menudo mal, pero simplemente porque saben o quieren saber, que puedo ofrecer lo mejor, aunque me llenen de dudas. Extremadamente afortunado de que aunque el pasado puede atormentarme a veces, mi imaginación alocada me permite volar a futuros imposibles en los que por fin me acepto a mí mismo, y supero mis mierdas, y me tranquilizo y no estoy todo el día como una puta moto con la ansiedad.

Otras cosas rozan lo milagroso. Que mi madre lo haya superado todo y que ahora solamente esté deprimida y harta de ir de cuando en cuando al hospital, es un puto milagro. Que mi padre la quiera tanto, y sea un hombre tan bueno y tan generoso, es otro milagro. Que mi hermano sea tan capullo a su manera (la manera Massanet) y siga con ganas de reir y hacer el tonto, es el más grande de los milagros. Y, bien mirado, que yo mismo siga con ganas de escribir, y escriba tantas cosas (aunque sean tonterías) es un milagrito del que me siento orgulloso cuando me levanto por las mañanas y me pregunto… ¿quién coño soy? ¿qué coño hago con mi vida? ¿valgo la pena? Vamos a teclear un rato, tomar un café, afeitarnos y sonreír un poco. Vamos a reirnos también, aunque no tengamos ganas.