Mi hermano Jorge

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No recuerdo a mi hermano Jorge.

Cuando digo que no recuerdo a mi hermano, me refiero a que no lo vinculo a mi infancia. Cuando alguien está muy cerca de tí, muy, muy cerca, forma parte de tí de un modo tan profundo que es casi imposible diferenciarlo de tí mismo. Y mi hermano y yo somos mellizos. Nadie que no tenga un hermano mellizo sabe lo que esto significa.

No le recuerdo. Es mejor viajar con la imaginación al pasado, y dibujar los contornos de los lugares donde estuve con él. Y los primeros de entre esos paisajes, son los de la niñez. ¿Cómo escribir acerca de esos paisajes? Él y yo éramos un todo, como una moneda lanzada a la arena, concretamente a la arena de Mallorca, o arrojada contra la roca, concretamente contra la roca de Villabino. Jorge iba a lo suyo y yo a lo mío, como dos niños atolondrados, felices e hipersensibles. Él, fuerte y frágil, yo, frágil y fuerte. De los parajes otoñales o invernales de León, o de los contornos primaverales o veraniegos de Mallorca, puedo deducir su presencia. Se me hacen más perceptibles su pelo, sus enormes ojos marrones, su recia presencia. Viene la imagen y se vuelve a escapar, traviesa.

No recuerdo sus canas de ahora. No quiero recordarlas. Me recuerdan a mis propias canas. Quiero recordar su aislamiento, su profundo, inmisericorde mundo interior. Dicen que los escritores tenemos el mundo interior de los que no queremos darnos por enterno. Pero los que no escriben sobre su mundo interior, como él, erigen en torno suyo una fortaleza de rocas y viento a la que no pueden acceder ni los que les amamos.

Se borró de la memoria, de la consciente, aquella foto en la que yo, de muy niño, estaba a punto de gastarle una broma. Pero en la subconsciente, que es la verdadera, la imagen es nítida y certera. Éramos dos criaturas mudas de tres años de edad que ya leíamos pero que aún no hablábamos, y que jugábamos en el retiro, bajo la mirada de halcón, cansada y proletaria, de nuestros padres. Y yo, juguetón y travieso, quería acariciar su nuca de infante porque adoraba su belleza, su falta de malicia. La que a mí me ha sobrado demasiadas veces. Quería que se volviera y llorara. Y que me pegara y se enfadara. Lo recuerdo tan bien…

Pero otras cosas no las quiero recordar. No quiero traer a la memoria los enfrentamientos, los desencuentros, las deslealtades. Mi violencia, mi diabólica violencia de chaval errabundo. Su desamparo, su violencia de ingenuidad, porque él nunca compartió el nervio, ni la locura, ni la búsqueda de una desesperación que a él siempre le ha aterrado. Porque él no es sólo recio de físico, también de alma.

Miro hacia atrás y recuerdo nuestras conversaciones cuando éramos niños, cada uno en una cama, compartiendo sueños y fantasías y descubrimientos. El descubrimiento, sobre todo, de ser hermano de alguien que es igual que tú, pero al mismo tiempo tan diferente, tan trágicamente alejado a tu propio ser. Primeras tentativas de literatura, de miedos, de búsquedas interiores que nunca jamás encontrarán satisfacción. Charlas en las que desvelábamos el uno al otro lo extraños que éramos por muy unidos que estuviéramos, que volvían grises los días en los que corríamos juntos, nadábamos juntos, nos sacábamos mocos juntos…

Mi hermano está muy jodido ahora. Le veo caminar como si fuera un anciano. Sufre mucho y yo no puedo hacer nada. Solamente hacer el gilipollas juntos, como hemos hecho siempre cuando no tenemos otra cosa que hacer a solas. Cuando nos despedimos me da un abrazo y veo en su rostro el sufrimiento de hacer ese simple gesto. Y yo me siento un mierda por no poder cambiar las cosas. Ahora mismo me siento un mierda por escribir esto y buscar la forma de sentirme mejor conmigo mismo. Porque es lo que soy, un perfecto mierda por no haber sabido ser mejor hermano. Haber estado ahí todas las veces que él me necesitaba y que yo estaba lejos pensando solamente en mí mismo y en mis estupideces. Sé que saldrá de esta pero no sé si sabrá perdonarme todas las veces que he sido un hermano mellizo tan jodidamente lamentable.