Aznar y el misterio de los hombrecitos ridículos

ElCompromisoDelPoder

No, no me he leído ese libro. Ni ningún otro que pudiera escribir este individuo lamentable. Tampoco es que lea yo muchos libros de memorias de políticos o ex-políticos, aunque hay alguno muy interesante, pero basta con ver los medios de comunicación que han mostrado algunos fragmentos destacados de los disparates que es capaz de preñar la mente de alguien capaz de creerse un estadista de talla mundial e histórica. Un señor que fue presidente del gobierno y que ahora tiene complejo de Mesías y de Tío Bueno. De Salvador de Las Españas, de Gran Intelectual y Prohombre. Viene que ni pintado para hablar un poco de algunos hombrecitos ridículos que he conocido en mi vida, y que, como el propio Aznar, pertenecen a una estirpe misteriosa que en esta piel de toro consiguen triunfar (mucho o poco, dependiendo de sus limitaciones, pero consiguen hacer cosas en su vida) cuando en cualquier otro lugar medianamente civilizado y culto del mundo serían desplazados por engendros.

No creo ser el descubridor de ciertos seres humanos españoles que adolecen de muy graves complejos de personalidad, capaces de una gran destrucción si les dejan o se sienten legitimados para ello, pero que intentan trascender esas limitaciones proyectando a los demás y sobre todo a sí mismos, cuando se miran en el espejo y el resto del día, totalmente distorsionada y alejada de la realidad.

Un rasgo habitual de estos tipos es que son invariablemente feos. Pero no feos medianamente agradables o con cierto carisma, que los hay, sino feos con avaricia. Más feos que un pecado, como el propio Aznar. He tenido jefes, conocidos, algún que otro compañero esporádico, coordinadores o vecinos que eran así: feos. Pero a esa fealdad exterior unen, porque no tienen más remedio, una prepotencia increíble. Y digo prepotencia, que no es lo mismo que chulería, aunque lo parezca. La chulería es un comportamiento más de los prepotentes, pero estos últimos despliegan muchos más comportamientos: creer que lo que dicen es increíblemente ingenioso, que son los más divertidos e interesantes, pensar que todo lo que hacen tiene una razón y que los demás les necesitan. Es notable que todos los políticos reaccionarios sean así: feos y prepotentes, demostrando hasta donde pueden llegar algunos especímenes si adquieren poder y dinero. Y de poder hablamos.

Observen con mucha atención la portada del libro de Aznar. Lo dice todo. No es necesario acceder a sus páginas para saber de qué va el asunto. Está claro que con esa mirada engañosamente serena, agazapada en esos minúsculos ojos de acomplejado terrible, se mira a sí mismo y a su grandiosa obra. Con esa pose de hombre de negocios desenvuelto, se cree todo un seductor a la par que un político sin igual. Y ya el título lo dice todo: “el compromiso del poder”. Algunos dirían que esa frase es una gilipollez como un piano de grande, pero lo terrible es que él se la debe creer. Aznar pertenece a esa clase de hombre soberbios y pagados de sí mismos que amenazan con hablar y tirar de la manta cuando a ellos les conviene, esos que lo que más valoran es asociarse con otros que les proporcionan poder o influencias, que les hacen parecer más grandes de lo que son. Conductores, críticos de cine, periodistas, albañiles, nadie se libra de esa prepotencia, y todos ellos la emplean como arma arrojadiza, como elemento de discordia. Vidas tristes de los que, íntimamente, se saben hombrecitos ridículos. Los que se vanaglorian de saber lo que es el amor y las mujeres, los que creen que son capaces de intimidar con tacos o amenazas, los que nunca ejercen la autocrítica.

Y son destructivos, dañinos. Defensores de la Moral, pero que carecen de moral. Que claman a los cuatro vientos su valentía, pero que por eso son más cobardes que nadie, pues ignoran que solamente el que clama a los cuatro vientos su cobardía puede llegar a ser valiente. Los que necesitan aliados intelectuales porque desconocen la fuerza del que tiene razón pero está solo. Los que se levantan pensando mal de los demás y se acuestan calculando cuánto daño pueden hacer con esta o aquella acción, con esta o aquella declaración. Los que hacen de la desfachatez, la calumnia, el ridículo, el absurdo, el libelo, la mala uva, una razón de ser. Te los encuentras a diario, y sólo si les dejas pueden arrebatarte la dignidad.