Genocidios en off

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA

 

Yo no me creo el más inteligente de los hombres. Sí me creo brillante, mucho más que la mayoría de los que me rodean. Y esto es porque sin decir una palabra, sin demostrar nada a nedie (sobre todo porque no creo que nadie deba demostrar, y solo demuestran los que tienen algo que ocultar). “a la chita callando” como suele decirse, me doy cuenta de cómo funciona la gente y no tengo necesidad de sacarme del sombrero una explicación excepcional. Luego sucederá que alguien me demostrará que no soy brillante en ningún aspecto de mi intelecto y me joderán bien jodido. Pero siempre he creído que las cosas, en verdad, son mucho más sencillas de lo que nos empeñamos en ver, o en no ver. Principalmente porque hace ya bastantes años me convencí de que la paradoja es la más rutilante estrella que consigna nuestro destinos, y que el ser humano está construido de signos, y de signos de signos, ocultos para todos los que, agusanados su cerebro por el veneno de la ignorancia, que todo y a todos corroe, pero que quizás, sólo quizás, muestra el camino de la libertad y de la dignidad a los que todavía están dispuestos a ver, a oír y a pensar.

La brillantez, por tanto, es ser asquerosamente mediocre, básico, mientras el resto trata de ser demasiado listo o demasiado inteligente, que es peor. El brillante es el que no se deja deslumbrar por las cosas sencillas, sino que se las entrega a los demás menos candentes pero no menos verdaderas. El que ve lo que nos demás, por la razón que sea, no ven, para entendernos. Y no entra en liza la erudición, y sí la rapidez mental, y sobre todo la valentía. Porque estoy cada vez más convencido de que la cobardía adquiere pelajes muy sofisticados que camuflan hasta volver virtualmente indetectables a los que parecen otra cosa, incluso a los que parecen gran cosa. La cobardía es como un virus, de hecho es un virus, que infecta insospechadas partes de nuestro ser y, desde esa uña del dedo meñique, desde ese pelo de la nuca, opera justificándose a sí misma y cambiando la vida del huésped. Pongo por ejemplo la reciente entrevista de Jordi Évole a ese mediocre novelista que es Arturo Pérez-Reverte:

En ella, Reverte, que es sin duda un erudito, y que tiene bastante razón, bajo mi punto de vista, sobre algunas cosas que dice, comete una profunda equivocación propia de un hombre muy ignorante. Porque dice que “paradójicamente esta crisis puede traer un hombre mejor”. Y si fuera tan brillante como él cree que es, sabría, pero no lo sabe, que lo terrible del hombre es precisamente esa paradoja que le impide ser mejor salvo cuando problemas terribles, tragedias profundísimas, le hacen ser mejor. Hay que ser muy ignorante para no saber que hasta la vida en este planeta, el hecho de que exista un clima, es producto directo de un colosal cataclismo, probablemente un enorme meteorito que colisionó contra el planeta, lo torció desde su eje. Que todos los eventos importantes de la vida de cualquiera, los más luminosos, nacen necesariamente de los más agónicos, los más terribles. Ninguna persona en toda la historia ha sido mejor, más luchadora, más valiente, que cuando ha tenido que enfrentarse a lo peor, a la derrota, al miedo. Esto es lo que hace miserable, y en cierta forma digno, al ser humano. Que no nace lo mejor precisamente del amor y de la libertad. Y esto puede que sea bueno, porque somos como cualquier otro elemento de la naturaleza: somos capaces de florecer entre la inmundicia.

Digo todo esto porque el ingenuo de Reverte, que tiene muchísima más cultura de la que yo tendré, al paso que voy, nunca en toda mi vida, pero que es un hombre, como tantos otros, incapaz de ver el árbol, cegado por el bosque, dice siempre que estamos peor que nunca pero que todavía hay justos en Sodoma. Parece absurdo cuando tampoco se ha cansado de escribir que el mundo es un lugar peligroso, o desolador. Yo creo que el mundo es como lo hacemos nosotros, no como él nos hace, pero en fin. Y creo que ahora, sin duda, podemos empezar a atisbarlo, a calcularlo, como verdaderamente es, por primera vez en toda la historia. La globalización, el exceso de información, ha traído al menos una cosa buena: para algunos el monstruo de nueve cabezas asoma con más nitidez y sin que las distorsiones mediáticas puedan emborronar la imagen. que el hombre es un monstruo de una voracidad indescriptible y que ojalá antes del final, del ultimísimo final, el hombre sea capaz de verse tal cual es. Al fin habrá aprendido algo.

Porque el hombre es una máquina genocida como el planeta Tierra jamás conoció. Su capacidad de destrucción, de crueldad, de aniquilamiento contra animales, plantas, entornos y contra el propio hombre hará sonrojar de pura vergüenza a los hombres que, quizá, nos juzguen dentro de dos o tres mil años, si han crecido lo suficiente. Cuando una persona crece y mira lo tonto que fue en su juventud, y se juzga y se parece torpe y egoísta, cobarde y estúpida en muchas decisiones, imaginemos cómo será el juicio de la humanidad cuando crezca y sepa mirarse a sí misma. ¿Cuántas vidas aplastadas, cuántas culturas masacradas? Y cuando nosotros, la humanidad de ahora, miramos a terribles errores, sangrientos errores, del pasado o incluso del presente, los llamamos genocidios, crímenes contra la humanidad. Pero solamente vemos un 1% de todos los genocidios que todos los días la información oficial hace llegar al pensamiento común. Y sin embargo hay muchos, muchísimos más. Y la mayoría quedan en off.

Cuando decimos algo, cuando leemos algo, detrás de eso hay diez o veinte veces más cosas, por definición. La verdad, y el significado de esa verdad, no puede ser juzgado sino por la historia, que recoge y critica con despiadada clarividencia todo lo que hay detrás de la verdad institucionalizada, y que en el significado de esa verdad es donde encuentra ese pensamiento incontrovertible que postula que somos lo peor de lo peor. Pero no por mezquinos, ni por egoístas, ni por miserables, ni por, a fin de cuentas, ser personas, sino por cobardía. Pura y simple cobardía. La del que no se atreve a ser libre y vivo, y vivo y libre. De quien se agazapa en su tranquilidad, negando que un día llegarán el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Que todos los días millones de seres humanos, animales y plantas sufren por esa cobardía y por la crueldad y el pragmatismo de los poderosos.

Yo quiero que todo sea público. Todo el dolor, claro. Y todo el placer. Sin embargo es público lo morboso, lo vengativo, lo cobarde. La ambición del poder, el orgullo de tener cosas, de ser alguien, pero no de ser algo y de formar parte de algo. ¿Sabe, lector, cuántas atrocidades están ocurriendo ahora mismo en África, en Asia, en Europa? Individuales y colectivas. ¿No quiere saberlas? ¿Le importan? Al final las conocerá. Dentro de un tiempo se sabrán algunas. Serán, de nuevo, el 1%, y se la contarán maquillada. ¿No quiere saberlas, conocerlas hasta el final para saber lo que el ser humano, nosotros, somos capaces de hacer? Yo sí quiero. No quiero cerrar los ojos. Quiero saber. Será el inventario defintiivo y a partir de ahí empezar a moverlo.

Pero confieso algo. Sospecho mucho más de lo que nos cuentan. Y otros también lo sospechan. Y como lo sospechan quieren que sea público. Para saber de qué pasta estamos hechos y, a partir de ahí, saber qué somos capaces de cambiar. Y no nos lo cuentan porque, precisamente, no quieren que cambiemos, no quieren que seamos conscientes de qué puta mierda somos. Y por eso censuran, tergiversan. Pero poco a poco, inexorablemente, quienes se interesan por ello se van enterando de hasta qué punto todo está podrido. Hoy puede un tipo mandar un tweet y armar un buen lío al otro lado del mundo. Vamos a ganar la batalla, aunque esa batalla comprenda llegar a la convicción de que hay que volver a empezar desde cero. En todo.