Chacón

La degollada

No voy a hablar de la ex-ministra de Vivienda y de Defensa. Voy a hablar de mi abuelo, al que todos, o casi todos, se refieren como Chacón.

Es el padre de mi madre, y es un personaje tremendamente contradictorio. Puede ser oscuro, pero a ratos puede despertar en los demás una insospechada ternura. Hay mucha gente así, supongo, pero la mayoría de los que yo he conocido proceden de esa hermosa y desesperada y melancólica región que se llama Asturias. Tengo un amigo asturiano, que ha sido y sigue siendo un excelente actor, que a menudo me recuerda a él. Puede tener un día apesadumbrado en el que apenas puedes dirigirle la palabra, pues más que contestarte ruge, y de pronto te asalta con una ternura que te desarma. Mi madre es igual. Es una mujer serena e inteligente que, de pronto, cuando algo no le gusta, puede elevar con su sola presencia la temperatura de la habitación varias docenas de grados. Supongo que yo, al tener sangre asturiana, también tengo un poco de eso.

Pero el experto en elevar la temperatura es Chacón. Ahora es un ancianito que despierta bastante compasión, pues fue un hombretón grande y temible, y no queda de eso sino los despojos de una vida bastante intensa. Pero mi recuerdo más vívido de él, como no puede ser de otra manera, procede de mi infancia. Recuerdo que mi hermano Jorge y yo, cuando no levantábamos un metro del suelo, pasábamos la tarde con él en el chabolo, rodeados de gallinas y otros animales. Un día, de pronto, agarró un cuchillo que más parecía un machete, y decapitó a una de las gallinas. La cabeza saltó limpiamente, y el animal echó a correr como loco, dejando tras de si un reguero de sangre humeante. Chacón se carcajeaba como si hubiera obrado una broma cruel, y el resto de las gallinas se arremolinaba en el charco de sangre de la compañera moribunda, picoteándolo con fervor. Esa visión no me produjo asco ni terror, sino una increíble curiosidad. Recuerdo bien que, de pronto, decapitó a otra gallina, que también salió corriendo descabezada, y sus risas fueron todavía más estentóreas. “Esta noche nos las comeremos”, afirmó.

Tenía pavos y gallinas y a veces se caían al patio, revoloteando. Teníamos que ir a buscarlos mi hermano y yo, y era una aventura peligrosa, porque en aquella época el patio de abajo estaba en muy malas condiciones y había ratas del tamaño de gatos. Cuando mi madre se enteró casi le estrangula. Aún así, un par de veces más, estoy seguro, bajamos a por sus animales voladores, que luego él decapitaría para llevarlos a la mesa.

Mi abuelo tuvo muchos hijos, pero sobrevivieron siete. No creo que haya sido un buen padre jamás, pero sus hijos le quieren lo suficiente, a pesar de todos los pesares. No es un hombre cultivado pero sí muy inteligente. Fue minero y un día quedó sepultado en una galería. Me han contado muchas veces que sobrevivió de milagro. Luego fue taxista y bastantes cosas más. Ahora vive bastante acomodado y sin muchos aprietos económicos. Tiene una casa en un pequeño pueblecito asturiano en las montañas, que se llama Casa Eladio, por su padre. Es un sitio precioso, pero en invierno tiene que irse a Oviedo porque caen unas heladas que agrietan la roca, literalmente. Cerca de esa casa, subiendo una ladera, hay un cementerio minúsculo en el que él, me lo dijo hace poco, ya tiene una parcela preparada para acoger sus restos. Al otro lado del cementerio hay un abismo que ofrece una visión increíble de las montañas asturianas. Se oye un río que surge de la pared rocosa, pero es imposible verlo.

No siempre me he llevado bien con él. Hemos tenido broncas bastante desagradables, cuando yo era un mozo. Tampoco creo que haya sido un buen abuelo. Me llamaba micouco, que es como allí llaman a los mozalbetes. He sentido desprecios profundos por su parte, que no merecen ser consignados aquí. A veces camino por mi pueblo y un señor se para, me mira, y me dice: “tú eres de Chacón, ¿verdad?”. Juro que no me parezco en nada físicamente a él. No logro comprender cómo se dan cuenta. Otras veces me dicen “tú eres de Gelo”, mi madre, y ahí lo puedo entender un poco más, no del todo por cierto. Todo el mundo, o casi todo, le conoce en el pueblo. Cuentan que tiene un par de peleas legandarias. También que la enorme grieta que atravesaba la mesa del comedor, fue porque un día propinó un buen manotazo a la madera.

Ahora camina con dos bastones porque no se tiene en pie. Todavía le restan fuerzas, eso sí, para tratar de vender uno de los dos a cualquier que pasee cerca de él. Ha sobrevivido a un cáncer terrible, pero ya se acerca el final. Tiene el corazón averiado y la energía se le fue para no volver. Está mirando de frente a la muerte, y lo sabe. Se le nota en sus ojos agotados. No sé qué sentiré cuando se muera, porque nunca he estado muy unido a él. Sé que mi madre lo pasará mal, aunque Chacón nunca fue bueno con ella. Y sé que contarán historias hiperbólicas sobre él. En esta entrada no hay ninguna hipérbole, sólo recuerdos que, incluso, he tratado de suavizar. Seguro que cuando muera estará rodeado de enfermeras, que tanto le gustan porque para él todas son guapas y le cuidan bien, que es lo único que ha querido siempre de una mujer. Seguramente todos le llorarán. Yo no sé si lo haré, pero sentiré que por fin descansó el matagallinas.