Mis putos vecinos

13ruedelpercebe

Que sí, que ya lo sé. Que es mucho más divertido hablar ahora en la web de la impresentable de la Merkel y del lameculos de Rajoy. Pero, ¿qué queréis que os diga? Tengo una cuenta pendiente con mis vecinos y llevo mucho tiempo queriendo saldarla. Así que dadme un poco de cancha y permitidme pasármelo bien, que ya me toca. Y también sé que está resultando un verano mucho más benévolo de lo que suele ser habitual en Madrid y no tengo razones para quejarme de mi aniquilamiento físico y mental, pero escribiría lo mismo en invierno.

Soy consciente de que no todos los vecinos son iguales y que corro el riesgo de caer en la más abyecta de las generalizaciones. Yo tampoco tengo a vecinos terribles en todos los pisos. Pero hay algunos que se llevan la palma. Hay algunos que no entiendo cómo alguien les saluda en la escalera. Veréis, siempre he pensado que la cortesía es un rasgo muy importante de los animales llamados personas humanas. Para los más happy flower, los que siempre han vivido más o menos bien y creen en la sociedad y la civilización, no es algo relevante. De hecho, piensan que es superfluo, pues con todo ese rollo del vive y deja vivir, de aceptar a los demás, de no comerte su mierda, y zarandajas parecidas, están dispuestos a soslayar la impertinencia. Yo, que debo ser un antiguo, o un lobo estepario, no tengo intención. Los hombres civilizados no emplean la cortesía porque saben que nadie va a romperles la cabeza por ello. Pero otros hombres, que no creemos en la civilización, la tenemos muy presente. La cortesía y el respeto deben ser norma, porque sabemos lo que otros hombres no civilizados, que viven entre nosotros, o con los que nos podemos topar en un monte, tienen en el respeto la única frontera para la barbarie.

Y es que cada vez que mis putos vecinos salen a la calle se me llevan los putos demonios, caguen Dios y María Santísima. No hacen más ruido ni son más impertinentes y procaces porque no entrenan. Creo que son un chaval de veintipocos años, y un matrimonio bien entrado en la cincuentena. Unos pelmas. Antes pensaba que la venerable anciana de mi edificio, que tiene como ciento veinte años, está más arrugada que una momia, y que a pesar de caminar a un metro la hora tiene unos pulmones tan envidiables que cada vez que habla tiemblan las paredes, era la que me iba a empujar a cometer un asesinato. Pero la buena mujer está bastante callada últimamente (sólo la oigo un estruendoso ¡joder! cada vez que no acierta a meter las llaves en la cerradura) y hasta le he cogido cariño y todo. Ya no pienso en zancadillearla en la escalera así como si tal cosa, a ver si se aceleran sus exequias. Ese lugar lo han ocupado mis amorosos vecinitos de la puerta de enfrente.

Todos los putos días (y cuando digo todos, digo todos) el muchacho sale a las 7 de la mañana de la casa y se va a trabajar a la frutería. El hecho de que abra la puerta con un estruendo y la cierre con un golpetazo ya me despierta. Pero siempre tiene algo que decir a sus progenitores. Y nadie entiende nunca nada de lo que dice. Es imposible. Ni de lo que dice él, ni lo que dicen ellos. Es algo así como un: “yajasojjjoaososiijiissijjayayajojuusuu”. PUM. Al rato vuelve. Al rato se va. Al rato vuelve. Cada vez con un BLAM o un PUM más fuerte. Luego sale la madre. Lo mismo. El padre, igual. Se comunican entre ellos con ese dialecto infame que nadie más comprende salvo ellos. O quizá simplemente emiten ruidos para sentir que se comunican con alguien.

Para colmo hace meses se compraron un perro.

¿Un chihuaha? no ¿un labrador? noooo ¡Un puto pastor alemán que ya ha crecido la hostia y es más grande que yo! Se llama Thor. No es coña. Thor. Como el dios nórdico del trueno. Qué coño, a su lado ese dios es un gatito silencioso. El pobre bicho yo no sé cómo no se vuelve loco en esa casa diminuta, que dudo que sea más grande que la mía. Cada vez que abren la puerta se escapa o lo intenta, y ellos le increpan con furia. ¡Quieto coño! ¡Vale ya, hostias! Por la noche, cuando no le dejan salir y no puede más, le oigo golpear la puerta con saña: BUMBUMBUMBUMBUMBUMBUMBUM. Así media hora. Cuando acaban hartos de él le dejan salir al rellano, y se tumba pegado a mi puerta. A veces abro para ir a buscar tabaco y me lo encuentro allí, con su cabezota inocente, mirándome con cara de lelo. Le hago un arrumaco y se quiere fugar conmigo. ¡Normal! Quiere huir de ahí. Juro por Satanás que hay mañanas que les oigo insultarle y pienso: “Thor, por tu madre y por tu madre, muérdele bien fuerte en el culo, o en la polla!” Me dicen: “disculpa, no quería que te molestara”. Pero si él no me molesta, me molestas tú todos los putos días, que no sabes ni comprendes que no vives solo y que los demás nos merecemos descanso.

Yo puedo poner algo de música por las mañanas. Quizá armar algo de bulla con el jodido Call Of Duty. Pero soy bastante discreto. Sé que vivo en la colmena y que soy sólo uno más. Sé que las paredes son de papel y que la gente trabaja y está cansada. Jamás se me ocurriría dar por culo a las tantas de la mañana. Pero a veces me puede la ira y cierro mi puerta con un golpetazo, por si la señora hija de su puta madre vuelve a salir y a decirme: “es que cada vez que sales me tiemblan los cuadros”, y así poder decirle a cambio: “y cada vez que sale cualquiera de vosotros tiembla toda mi casa y me dan ganas de bajar a por una recortada, guapetona de cara.”

Lo sé, soy un puto amargado. Pero ahora mismo me siento mucho mejor.