La mochila

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Hay un tema que pocas veces, creo yo, se ha tratado en filosofía o literatura, y es el del peso y la crudeza del paso del tiempo. Es algo tan increíblemente intrincado, sensorial e íntimo que, estoy convencido, sólo en breves y muy concienzudos versos, sólo en arreglos musicales increíblemente elaborados, únicamente en algunas secuencias de películas, he podido percibir o siquiera rozar lo que éste hecho supone. Sólo cuando el ser amado se convierte en una pila desordenada de fotos y momentos pasados, únicamente cuando aceptas la certeza de que ese instante que estás saboreando ya es pasado, y que instantes futuros pronto serán también pasado, te das cuenta de hasta qué punto es muy difícil seguir, y será mucho más difícil seguir en el futuro, siendo tú mismo. Es casi imposible.

Estoy hablando de esa mochila que es nuestro pasado en la que, como en una real, vamos introduciendo y guardando las experiencias y los eventos más importantes de nuestra vida, y que cada día va pesando un poco más. Estamos, como viajeros penitentes, acostumbrados a cargar con ese fardo, y cuando nos paramos, a veces nos vemos obligados a ordenarla, revisarla, y a reencontrarnos con trastos e imágenes que creíamos perdidos o superados, y nos sorprende e incomoda que nunca los superamos porque los dejamos en el polvoriento trastero de la memoria, con la esperanza de que desaparecieran. Y como es imposible desechar ciertos recuerdos, ciertas decisiones, equivocaciones, hemos de convivir con ellos, y por el resto de nuestra existencia.

Lo malo es que la vida es una novela que no se reescribe. Uno va dejando zanjadas las páginas, pero no es posible engañarse. Pudo haber otras páginas, y las hubo durante un tiempo, pero ya dejaron de existir, de ser una realidad plausible. Luchaste, quizás, con vehemencia, para que se escribieran, y no hubo manera. Te permitiste el lujo de darlo todo, hasta lo que no tenías, y las frases, y los momentos, no salieron, no vivieron más que por un escaso período de tiempo. Creíste que las cosas podían cambiar hasta que te enteraste de que nada cambia y que las cosas son como son, para bien o para mal. Lo diste todo, lo sacrificaste todo, lo entregaste y lo fiscalizaste hasta la extenuación, pero ya no son partes de tu novela, sino de la novela de otros. Amaste y perdiste, lloraste cuando nadie sabía que lo estabas haciendo, fingiste, te perdiste y soñaste que nunca te encontrabas de nuevo.

Todo eso en tu puta mochila. Ahora sigue adelante, capullo.