Mear

mear

 

Iba a titular yo a este post “¿Quién tiene la polla más grande?”, porque, cada vez más, tengo la sensación de que el mundo de los hombres (no el de las mujeres, esa es otra historia) funciona o avanza a trancas y barrancas, malamente, por culpa de la necesidad que padecemos los que tenemos polla, de demostrar que la tenemos más grande y que, por tanto, posiblemente, meemos más lejos que los demás. Eso de medirse el miembro viril es una gilipollez infantil, pero lo hacemos a todas horas.

Pero no. Lo he titulado Mear, que es un tema mucho más importante. Muchísimo más.

Hace unos días me acordaba por primera vez desde hace bastante tiempo, de aquella ocasión en la que el atontao de mi abuelo, que tiene ochenta y muchos años pero sigue conduciendo (y digo yo, ¿cómo consigue que le renueven el carnet de conducir, si ve menos que un gato de escayola?), detuvo el coche en mitad de la autovía que lleva a Oviedo, porque no podía aguantar las ganas de mear. El pobre sufre de incontinencia (bueno, sufre de muchas cosas), y tenía que mear y punto. Dejó el vehículo en el arcén, con urgencia, y abrió la puerta para salir con sus bastones y tratar de aliviarse. La mala suerte vino en forma de camión desbocado, que se llevó por delante la puerta y casi se lo lleva por delante a él. No mucho más tarde hizo una parada parecida y la Guardia Civil le cascó una preciosa multa, lo que me parece del todo injusto porque el Matagallinas no iba a mearse en los pantalones.

Digo todo esto porque cuando yo me meo, me meo de verdad. Que se lo digan a mi gran amigo Jorge, cierta noche inhóspita de invierno, que nos meábamos los dos como locos y acabamos en un bar de mala muerte, resignados, entrando como el que llega a un oasis en medio del desierto, y ya de paso nos quedamos allí y nos tomamos otra copa. Y muchas otras veces me ha pasado lo mismo tomando algo con él, y he acudido al urinario tres veces en media hora. O que me lo digan a mí mismo, que cuando subo (subía) la puta cuesta del trabajo, tenía que pararme a mear de lunes a viernes en cualquier esquina porque no aguantaba las putas ganas de mear (ahora, como voy en renfe, eso que me ahorro, mear bajo la lluvia, o arriesgarme a que me vea la chorra cualquier viandante…bueno, tampoco es que se gaste porque la miren…pero como los vagones de la renfe tienen baños). Y lo peor de todo es que cuando me pongo a mear, en mi casa, en la calle, en la renfe o en un bar, o incluso en el curro, doy rienda suelta a pensamientos filosóficos de todo calibre.

Es en serio. Me pongo a pensar como si me fuera la vida en ello.

Pienso y pienso. Meo tanto, y a lo mejor tantas veces en un día, que entre meada y meada voy hilando los pensamientos y las conclusiones de la anterior meada. Pienso y me digo: ¿qué haces con tu vida? ¿Tú estás seguro de que eres quien eres? O mejor: ¿quién eres? No lo sé, tío, en serio que no lo soy. No hablo con mi polla, eh?, hablo conmigo mismo, dividido y atormentado por tener una mente tan grande y tan infrautilizada. Adrián, colega, ¿te das cuenta de que estás sujetando tu polla mientras piensas la cantidad de veces que te equivocas, que cómo es posible que jamás aprendas de tus errores; que te odias y te desprecias de un modo cada día más perfecto, más complejo y más elaborado; que debes ir ya al dentista a quitarte ese dolor que cada vez te acucia más, y que hay dolores que nunca podrás quitarte pero que por lo menos podrías perdonarte; que no sabes si vales algo, pero algo tienes que valer si alguna gente se molesta en perder su tiempo contigo; que no estás tan mal, tío, que no estás tan mal; que todo pasa y que nada queda, que hacer daño y que te hagan daño es ley de vida y nadie quiere hacer daño y tampoco tú quieres hacer daño a nadie; que la memoria es finita por una muy buena razón, y si no hay razón da igual porque es finita y eso es algo bueno; que tienes todo el derecho a llorar, y a quejarte y a cabrearte y a estar mal, porque no eres tan horrible, ni tan defectuoso como tú crees que eres?

Simplemente quiérete un poco tío, mañana ya podrás odiarte un rato más. Ahora descansa. Descansa.