Adrián Massanet, You are Goddamn Right!

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A veces leo todo lo que he escrito en este blog, que existe hace ya varios años, y no puedo hacer otra cosa que avergonzarme. Y sé lo que dirán mis amigos y la gente que me quiere (vete tú a saber por qué me quiere o me aguanta): que no es cierto y que únicamente estoy pasando una mala racha, que me encanta flagelarme, y que he escrito cosas muy interesantes y hasta emocionantes. Yo no lo veo así. Por una sencilla razón: que al volver a leerlas no me reconozco. Porque podría haberlo hecho mucho mejor, porque disfracé de intimidad compartida o de impostura lo que no era más que cobardía. Que viendo lo que hay por ahí en internet (es basurero, en palabras del gran Fernando Vallejo), pues está bastante bien escrito, y soy capaz de construir frases de esas que merecen la pena, que luego otros van y ponen en Twitter porque molan o les dicen algo, pero en realidad nacen de la nada. La nada que hay dentro de mí. Podría haberlo hecho mucho mejor, podría haber intentado por una puta vez ser yo mismo.

Pero hablemos de cobardía.

La cobardía está infravalorada. Queda muy mal en lo social y en lo íntimo, pero es el último refugio del que sabe cuánto puede sufrir por una palabra, o por una mirada. Yo sufro mucho más por eso que por una hostia, un abandono, un fracaso o una equivocación. No sé por qué. Últimamente estoy averiguando que me gusta sufrir. Peor aún, lo considero normal. Busco nuevas y excitantes maneras de sufrir, de ser infeliz. Es una manera de vivir como cualquier otra. Y cuando llevas 35 años viviendo así, tiendes a caer en la normalidad, estar mal, porque una parte de ti considera que es ese territorio emocional el único verdadero al que perteneces. Jodido, ¿verdad? Tampoco me siento muy bien escribiéndolo en mi blog. Pero es la verdad. Ya lo decía Wilde, “la verdad nunca es simple y casi nunca es pura”. Pero es la puta, la jodida verdad. Queda un poco raro escribir esto, y muchas cosas como esta, en un blog que se llama Cuaderno Audiovisual, que algún imbécil habrá pensado que era por hacer mi propio Blog de cine, esa basura para adolescentes semi-analfabetos del que me fui asqueado, pero que en realidad se llama así porque por encima de todo me gusta valerme de la vista y del oído para contar lo que siento y lo que pienso, y mucho menos del olfato, tan traicionero que me obliga a visitar momentos de mi pasado que quiero olvidar, pero que siempre vuelven.

Seguro que le ha pasado a cualquiera que haya vivido una experiencia dolorosa impregnada de un aroma muy intenso: volver a sentir ese aroma años después de pronto te transporta, sin pedirte permiso, no solamente a ese recuerdo. Te hace sentirte como si no hubiera pasado el tiempo, como si lo vivieras de nuevo. El cerebro es completamente estúpido y decide que lo vivas de nuevo. Incluso si fue una experiencia de varios minutos u horas. Lo vivirás de nuevo durante una breve fracción de segundo. Algunos quieren huir de ese viaje. Yo quiero quedarme ahí, por alguna extraña razón.

Me miro a mí mismo y no veo a otra cosa que un hombre que nunca, jamás, se ha atrevido a ser él mismo. Que solamente siente algo parecido a la paz cuando escribe ideas delante de la pantalla de un ordenador, mirándose a sí mismo, estudiándose, intentando averiguar qué falló, por qué razón no entiende nada, dónde está ese mágico secreto que hace a otros aparentemente satisfechos de sí mismos, fuertes, luchadores, aunque sólo sea para volver a intentarlo, para fracasar pero aprender. Yo no tengo fuerzas ni para fracasar, ni para intentarlo. Cuando algo me asusta, soy como un gato, como una estúpida bestia que sólo intenta sobrevivir, y un nudo de plomo ardiendo me sube por la garganta y se incrusta en la base de mi mandíbula, esperando el golpe fatal, como aquella vez que un individuo me estranguló y me dejó inconsciente, y desperté llorando de rabia, deseando matarlo.

Quiero ayudar tanto a los demás, complacerles, hacerles sentir bien, cómodos, a gusto, que me olvido de mí mismo. Desaparezco, como un fantasma que buscara la sombra de un niño que se fue porque nunca le prestó verdadera atención. Sincera atención. Quiero tanto que me aprecien, que me acepten, que me olvido de aceptarme a mí mismo, de perdonarme, de consentir mi forma de ser. Me parece patético, infantil, destructivo. Quiero que me lean y quiero que se sientan libres. Quiero que coman la comida que yo les preparo y se sientan satisfechos. Quiero que miren mi falsa tranquilidad, y se sientan tranquilos. Quiero que suelten sus mierdas y se desahoguen y sientan que les apoyan y les entienden. Pero ni me siento libre, ni como mi comida, ni estoy tranquilo ni me puedo desahogar.

Y ahora, por fin, lo entiendo. Yo quiero sentirme libre. Me da igual no comer mi comida, no sentirme satisfecho. Me da lo mismo no tranquilizarme, ni entenderme. Solo quiero ser libre. Signifique eso lo que signifique.

¿Aceptarme? ¿Perdonarme? ¿Sentir miedo, furia, rabia, insatisfacción, pena, odio, deseo, desesperación, ganas de volverme loco, de perder el control? Pues que así sea.

Estoy cansado de sentirme culpable por todo.

Cuando hago daño a alguien, aunque pretenda todo lo contrario, me siento culpable. Cuando me hacen daño a mí, aunque sea a propósito, y con el propósito de hacerme el peor daño posible, me siento culpable; porque pienso que me lo merezco, que pobre la otra persona, que claro, que así son las cosas. Cuando le demuestro a alguien que soy más listo que él, me siento culpable. Cuando me demuestran que son más listos que yo, me siento culpable porque pobre persona que ha tenido que venir y demostrarme lo tonto que soy. Cuando me cruzo con alguien por la calle y me da un empujón involuntario me siento culpable porque tengo ganas de demostrarle que es un imbécil, y quién soy yo para decir eso cuando seguramente fuera culpa mía que se diera con mi hombro. Cuando pido un café me siento culpable. Cuando respiro, cuando como, cuando duermo, cuando hago algo bien y lo hago mal.

Así no se puede vivir.

Tengo suerte de haber conocido a algunas personas y de que otras aún estén vivas y no demasiado lejos. Quiero tener la libertad de decidir disfrutar de esa suerte. O simplemente la libertad de ser yo mismo.