Mi compasión hacia los locos

alice

El individuo bien equilibrado está loco.

Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible deben tener.

-Charles Bukowski

De entre las múltiples formas de intransigencia que existen y que, supongo, existirán por siempre (hacia los de distinto sexo, hacia los de distintas apetencias sexuales, hacia los de distintas creencias espirituales, y ese largo etc del que todos podemos hacernos cargo) la que más me ha dolido siempre, supongo que porque siempre he estado como una puta cabra, y porque me parecen están entre los más desamparados de la sociedad, es ese odio, desprecio, miedo, incomprensión infinitas hacia los locos, cualquier clase de loco, desde el principiante o aficionado, hasta el certificado clínicamente, esos seres a veces maravillosos que viven aún más al margen de lo establecido, y que en no pocas ocasiones nos revelan que los verdaderos locos son los otros, los aparentemente cuerdos.

Hace unos años, muy cerca de la plaza Antón Martín, fui testigo de que un individuo con sus facultades mentales alteradas entraba en un bar, y luego en otro, sin saber muy bien donde estaba, y diciendo cosas sin sentido. Los asistentes, sin excepción, le rechazaron y se asustaron. Algunos incluso protestaron airadamente por el hecho de que hubiese entrado un loco, o por el susto que les había metido. El tipo parecía absolutamente inofensivo, pues en ningún momento dio indicios de violencia física o verbal, pero no se encontraba muy bien. Los que me dieron miedo fueron los ciudadanos normales. Y es que es cierto que una de las cosas que más miedo nos dan es volvernos locos, o la locura en sí misma, porque por su propia definición, creemos, es algo monstruoso que está fuera de nosotros y que no podemos aprehender. Nada más lejos, en realidad. Las caras de odio o de ira de esas buenas personas cuerdas que estaban pasándolo bien y de pronto interactuaron involuntariamente con un tarado me asquearon y me ofendieron profundamente.

Me sentí en la Edad Media, o algo parecido.

Está aceptado socialmente, pero de forma solapada, que los locos son peligrosos. Que solamente ellos son capaces de barbaridades contra personas que no están locas. Lo más probable es que aquel señor, al que daba pena mirar, hubiera salido de la residencia mental en la que estaba recluido por los maravillosos y continuados recortes en sanidad y ayuda social, pero a nadie en el local le habría sorprendido si el tipo coge un cuchillo y se abalanza contra alguien, porque es lo aceptado, lo que se supone debería pasar. En mi opinión la gente normal (tampoco sé qué coño significa la palabra normal, pero bueno…) es bastante más capaz de cometer actos atroces porque suele ser mucho menos inteligente y sensible que la gente loca, que en general se hacen sobre todo daño a sí mismos, y la mayoría de las veces dentro de su mente.

Nada hay más indicativo del odio social a los locos que el hecho de que existan tantas variantes y sinónimos para la palabra loco: tarado, pirado, perturbado, chiflado, lunático, desequilibrado, grillado, majara, demente, orate, tocado, tronado, maniaco, trastornado, delirante, enajenado, extraviado, averiado…Variantes que se emplean como arma arrojadiza para todo aquel que se salga de la cola de lo establecido y correcto por parte de quienes ignoran que solamente de los locos, ya sean pirados homologados o simplemente gente valiente, han sido con toda probabilidad los únicos que han sido capaces de lograr hazañas, de conquistar espacios inexplorados, de avanzar hacia alguna parte, de mejorar las cosas o únicamente cambiarlas, porque lo que llamamos locura no es otra cosa que hacer algo diferente a lo que hacen todos los demás.

Pero claro, también están los locos que sufren de forma inimaginable. Porque dentro de la locura total se abrazan y se van de parranda todas las grandes cimas de la desesperación, de la soledad, del odio a uno mismo, de la autodestrucción más devastadora, de las pesadillas más indescriptibles. Mientras la mayoría de la sociedad les teme y les desprecia, ellos viven en una fantasía interminable de horror y sufrimiento. Las desgracias físicas son terribles, pero estoy convencido de que mucho más lo son las psíquicas, que alteran el universo entero para joderte la existencia.

En ese sentido, la hipocresía del hombre medio me parece detestable. Se jacta de su rectitud psicológica, de su cordura, de su estabilidad, pero muchas veces busca los placeres odiados de los locos, leyendo sus obras maestras, degustando esos mundos que para el creador son lo más parecido al infierno pero que a él, en su falso oasis de nobleza mental, le parecen tan atractivos, tan artísticos. Simplemente porque no tiene el coraje de introducirse en la madriguera de conejo y dejarse llevar. Porque teme, claro, lo que pueda encontrar al salir de ella. Que ya no haya normas ni leyes, que ya no pueda controlar lo que le rodea, que los placeres, pero también el sufrimiento, se transmute en materia salvaje que le convierta en otra cosa.

Es por eso, yo creo, que odian a los locos, porque saben que ellos sí tienen los redaños, o quizá no tienen más remedio, de cruzar la delgada línea roja.