Melancolía

moth

¿Cómo escribir desde lo indescifrable, desde el desamparo que se disfraza de rutina, desde ese agujero negro, feo, indiferente y burlón que me crece día a día desde el estómago, apoderándose de todo, las tripas, el corazón, los pulmones, la garganta, sobre todo la garganta? ¿Cómo?

Desde la soledad, este mar de soledad. Océanos de soledad.

Pero he de seguir escribiendo. Cualquier persona que me haya conocido con algo de profundidad, ya fueran tres meses o tres años, sabía o intuía que yo me defino por lo que escribo. Mucho más que por mi apariencia exterior, e incluso por lo que digo que siente mi “apariencia interior”. Escribir y escribir. Montañas de palabras, cordilleras de palabras, amontonadas una encima de la otra en novelas que nunca concluyo, cuentos, ideas, poemas, ensayos. Escribo y escribo, pensando o creyendo que las palabras me van a salvar, van a significar algo en mi existencia. Que me van a descifrar, a mostrar, a demostrar quién o qué soy. A revelar un interior que murió hace ya varias décadas, porque yo lo asesiné, le negué hasta la respiración. El yo más profundo, el más intrincado. Algunos dirían que el espíritu. Algunos dirían, por tanto, que no tengo espíritu, ni ánimo. Y puede que tengan razón.

Cada mañana, cuando por fin la consciencia, y su hermana bastarda la conciencia, toman pleno control de mi cuerpo y de mi mente, siento que una amenaza, transformada en una mano invisible, me atenaza el cuello y no me deja ni respirar. Que una presión enorme, implacable, se apodera de mí, como una maldición, y no me deja ni caminar. A veces, la mayoría de las veces, la amenaza o la tenaza, se aferra a mi garganta cuando todavía estoy en mi apartamento. Otras, sucede en la calle, porque nada más despertar me he vestido y me he ido a caminar o hacer cosas. Y, en mitad de la calle, esa amenaza, esa sombra, me impide hasta caminar, hasta respirar, y los transeúntes que me acompañan a menudo me miran como si me hubiera dado un ataque al corazón. O como si fuera a vomitar. Nunca, o casi nunca, permito que tal cosa suceda cuando estoy en compañía de alguien. Sería para mí una vergüenza terrible.

Esa amenaza, esa sombra, me acompaña desde siempre. Y no sé por qué. Pero volvamos al tema de la apariencia exterior… y a la interior.

Cuánto me gustaría que la gente me viera tal como soy. O, mejor dicho, tal como me siento. Quizás algunos se asustaran, o se sorprendieran, no lo sé. Pero estoy harto de fingir. Fingir que estoy bien, que estoy mal. Fingir, encubrir. Encubrir cómo me siento verdaderamente, sobre todo ahora, en esta devastadora, incurable, soledad. Esa soledad que en nada tiene que ver con tener buenos amigos, o buenos padres. La que se encarama a tu cogote y te ordena no levantarte, no luchar, no ser. No ser. Quisiera que me vieran como soy. No soy mezquino ni rencoroso. Ni fuerte ni estable. Ni violento ni malpensado. Ni tranquilo ni apacible. Ni santo ni demonio. Quisiera disponer de las palabras para mostrar a los demás lo que soy. Todos los que escriben algo sobre sí mismos, hablan quizá sin saberlo sobre ese niño que una vez fueron. Y yo no he dejado de serlo. No soy más que un niño que tiene mucho miedo. Un crío que por algún azar por fuera parece increíblemente fuerte, y decidido, y terco. Y quizá algo creído, y vanidoso y extraño. Y cualquier otra cosa. En el fondo no soy más que un crío al que tienes ganado con una sonrisa, un gesto amable, unas palabras cariñosas, unos ojos que le hagan sentir un hombre.

Un hombre.

En una semana cumplo 36 años y el crío que soy no puede entenderlo. No le entra en la cabeza. Yo sigo siendo el mismo enano confundido y sensible de siempre. Al que todo le sorprende como si nunca lo hubiera visto. El que se cree que simplemente por estar delante de alguien, van a entender cómo se siente. Y no es así. Nunca lo fue, y seguramente nunca lo será. Nadie va a mirarme, ni siquiera un ser querido, y va a saber todo lo que me pasa por dentro, lo que me turba y no me deja dormir. Voy a tener que sacarlo, pero como no tengo experiencia en hacerlo, lo voy a hacer mal. Y de no darse cuenta de que algo me pasa, van a pasar a malinterpretar cómo me siento, que es casi peor. Y la gente sigue viéndome igual. Los que me ven como un tipo muy serio se equivocan, terriblemente. Y los que me ven como un tipo muy seguro de sí mismo, también. ¡Y no puedo remediarlo! ¿Cómo lo hago, qué hago?

Ahora que estoy completamente solo, quizá pueda llegar a entenderlo. Entender quién soy, qué soy. Que si no pueden o saben verme, no puedo hacer nada por cambiarlo. Pero quizá sí puedo hacer algo por mí mismo. Aceptarme, entenderme en mi insoslayable, ruinosa imperfección. Dejar de mirar a otros hombres y pensar: “claro, es mucho más guapo, más interesante, más atractivo, más valioso, que yo, y es normal que él sea feliz, y yo no”. Mirarme a mí mismo y pensar: “no estoy mal, puedo curarme de mí mismo, puedo algún día dejar atrás esa sombra”. Esa sombra. Quizá dentro de cinco o diez años, esté tranquilo. En paz. Solo y cansado. Pero en paz. Quizá esta soledad que ahora me acompaña sea como Gladys, esa polilla que entró en mi casa y le puse nombre porque no sabía qué otra cosa hacer con ella, que me daba miedo y me hacía sentir de nuevo como un niño que sólo quiere que le comprendan, mucho más que le amen o le den cariño; quizá la soledad sea como una polilla que revolotea, incansable, por las paredes, y las luces y las sombras de tu mente, que se cuele en cualquier rincón y aparezca y desaparezca a su antojo, y te obligue a preguntarte si estás dispuesto a enfrentarte a ella sin acudir a nadie más, valiéndote de tus propias fuerzas.

Quizá sea hora de saber si puedo estar solo de verdad. Si puedo ser un hombre, o simplemente una persona, que no cargue a otros con sus mierdas y sus estupideces e inseguridades. Quizá sea hora de gritar, de no callarse, de no seguir tragando y aguantando. Aguantando no ser quien demonios sea que soy. Quizá sea la hora de saber si soy un escritor de verdad, un hermano de verdad, un amigo de verdad. un hijo de verdad. Ya que la soledad va a ser mi compañera durante mucho tiempo, ya que no tendré amor de verdad, voy a ver si soy capaz de darles algo a los que todavía me quedan. Sobre todo a mí mismo. Porque quizá, sólo quizá, aún me tenga a mí mismo.