Mi garganta, mi estado de ánimo

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Cuando realmente estoy mal, aunque ni yo mismo sepa que lo estoy, o aunque no quiera saberlo, todo afecta a mi garganta, mi boca, mis labios, mis dientes. A mi respiración. En estas noches en las que me siento más solo que nunca, más incomprendido que nunca, más desamparado y menos hombre, la garganta es un tormento para mí. Y también en las mañanas.

En realidad todo tiene un significado directo. Y este significado directo tiene otro indirecto. Si alguien me viera ahora mismo diría: claro, estás fumando y bebiendo. Es lógico que en las noches, y más aún en las mañanas, tengas mal la garganta. Que tosas y te sientas mal. Pero en realidad no me siento mal. Beberme una cerveza en la noche, acompañada de un cigarrillo, me hace sentir bien. Trago todo y con todo me trago a mí mismo. Un poco más tranquilo, un poco más libre. A veces me paso y entonces, claro, me duele la garganta. Pero me duele por dentro. En realidad el problema, el problema desde hace semanas, es que me duele por fuera. Y ahí viene el significado indirecto. No solamente a altas horas de la noche, o a primeras de la mañana, me duele por fuera, sino a todas horas, y últimamente mucho más. Es esa misma sombra de la que hablaba en la entrada que escribí ayer. Quizá quiero matar a esa sombra irracional, que me persigue y me hace sentir despreciable, esa presión mental, esa asfixia, con otra que sea real, y por tanto pasajera. Y quizá así mi sombra también sea pasajera.

No lo sé.

Pero no lo es. Putada. Y sin embargo yo quería escribir sobre mi estado de ánimo. Y no tengo ni zorra idea de cómo hacerlo.

Ayer hablaba sobre soledad. No la soledad real, porque creo que en verdad nadie esta totalmente solo y nunca lo estará, salvo algunas personas con una mala suerte congénita, sino el sentimiento de soledad. Y todos nos sentimos terriblemente solos en ocasiones, quizá de pronto, en cualquier sitio, eres consciente de lo solo que te sientes. O por algo que te acontece, un asalto o una desgracia, de pronto te sientes más solo que nunca. Yo quiero que me curen de esa soledad, y si no pueden curarme, quiero curarme de esa soledad. En realidad, eso he hecho toda la vida, con resultados más bien negativos. Y cuánto más fracaso, más me acosa mi garganta. No sé explicarlo: es como una mano invisible que me impidiera ser yo mismo, me agarrara y me amenazara: ni se te ocurra ser tú mismo, ni se te ocurra desear o soñar, porque no pienso dejarte.

Pero yo creo que este texto se está volviendo todavía más confuso y extraño que el de ayer.

Ayer no quería hablar sobre la soledad, sino sobre las elecciones que se hacen en la vida, cuando te dejan o puedes tomarlas, cuando tienes las fuerzas para tomarlas. No recuerdo muy bien quién dijo eso de que “hagas lo hagas, te equivocarás”. Pues lo terrible no es equivocarse, lo terrible es vivir. Experimentar momentos que quizá no vuelvan nunca, averiguar que hay noches tan largas que parecen semanas, o años, y días tan cortos que parece que pasan volando. Pensando, siempre pensando. Imaginando, siempre imaginando. A mí nunca podrían ponerme un aparato en los dientes, y sería imposible intubarme. Lo sé tan bien como que 2+2 son 4. Un feroz resorte interno impediría que tal cosa sucediera, y como una bestia salvaje, arremetería contra el que me rozara el cuello o la boca. Bastante aire me quito yo a mí mismo como para que me lo nieguen. Es terrible vivir, y no hermoso ni vibrante, cuando cada bocanada es a veces un suplicio, y cuando para respirar tienes que fumar y beber de noche, cuando para intentar ser tú mismo la cagas en cada palabra que dices, y amigos tuyos muy queridos, a los que necesitas y admiras por cada cosa que dicen o hacen, dudan un poquito de que sepas que no estás tan solo.

Fumar y beber, comer y tragarse lo que se siente. Sobre todo tragarse lo que se siente. En eso soy un jodido experto. Tengo tanto miedo a hacer y a hacerme daño, que al final hago y me hago más daño. Me aterra que me vean tal cual soy porque creo que verán entonces a un monstruo diabólico, despreciable, indigno.

Y tampoco sé por qué. Sólo intento escribir un poco de cómo me siento. Mi estado de ánimo.

Si dentro de pocas horas vuelvo a despertarme al amanecer, igual que hace bastantes días, sintiéndome solo y despreciable y enfermo, cogeré mis nuevos auriculares para correr, y correr, y volar. Porque cuando quiero puedo correr muy rápido. Para volver al mismo sitio. Un poco más cansado, pero también un poco más feliz. Hace muchos años, cuando masacraba a corredores mucho más expertos y cachas y creídos que yo, que venían a la pista de atletismo a demostrar lo machos que eran, me sentía un poco más hombre (yo no me sentía un hombre en absoluto). Ahora ya me da igual sentirme más hombre. Sólo quiero volver a sentir. Porque siento como si…como si hace algunas semanas hubiera muerto una parte de mí.