El día de la bestia

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Hoy voy a dejar aquí en mi blog (ya dije algo sobre esta película en un blog basura pero ahora lo diré con más entusiasmo), porque llevo mucho tiempo sin escribir y porque sé que puedo hacerlo mejor que casi todo lo que leo, la crítica más importante que se ha hecho de El día de la bestia (1995), la mejor película, de lejos, que ha hecho Álex de la Iglesia.

Y no va a ser la crítica más importante de esta película que el lector pueda encontrar, de lejos, en la web, por el solo hecho de que sea una crítica elogiosa (y adelanto que lo va a ser), sino porque sé muy bien de lo que hablo. Y porque sé escribir. Sé del demonio, del filosófico, y del interno. Y sé escribir mil veces mejor que todos los pazguatos que dejan negro sobre blanco (es un decir, más justo sería decir que juntan letras con la esperanza de ser comprensibles por mentes de altura similar a la suya), principalmente sobre cosas o asuntos que me gustan mucho, o sobre temas o cosas que me desagradan profundamente. Así que si alguien se topa con este blog después de buscar en Google la palabra Bestia, o la frase El día de la bestia sin querer encontrar necesariamente nada relativo a esta película, que se quede un rato más, porque aprenderá algunas cosas sobre una de las películas más importantes que ha dado el cine español.

“Película llave”

Hace años, unos cuantos, asistiendo a una conferencia muy interesante que impartía Enrique Urbizu, uno de los pocos cineastas verdaderos que ha dado este país en los últimos treinta años (así, tal cual), el realizador nos contaba que Todo por la pasta (1991) fue una “película llave”, mientras que por ejemplo La caja 507 (2002), muy superior a la otra en todos los aspectos, no lo fue. Llave viene de clavis, en latín, que significa Clave. Hace ahora veinticinco años que Álex de la Iglesia, un director en su momento muy prometedor, hizo la película clave, El día de la bestia, que cambió para siempre el aburrido panorama español para darse la oportunidad a sí mismo, y a otros directores, de hacer algo diferente. A partir de ella muchos directores españoles consagrados, y otros primerizos, han intentado construir un cine de género que seduzca al público, pero muy pocos lo han conseguido.  Y así, aunque durante mucho tiempo hemos visto películas españolas americanizadas, esta maravilla es algo profundamente español, lúdico y subversivo.

Ahora, bastante tiempo después, seguimos viendo películas de Bayona, o de Amenábar, o de otros directores muy listos pero muy poco interesantes, que intentan emular un espectáculo aparentemente hollywoodiense, construidas a través de un filtro falsamente español, y que terminan siendo un espejo de lo que vemos del otro lado del charco. Pero El día de la bestia no tiene nada que ver con esa plaga. Es una ficción tremendamente española, trágica, sombría, irónica, macarra, absurda, irreverente, que bebe del cine y la cultura de su época, pero también de muchas de las convenciones sociales y costumbristas que han alimentado a este país desde hace siglos. No bromeo, porque esta maravillosa película, contando una aventura totalmente ridícula, participa conscientemente de lo que ha alimentado la narración de más pura estirpe que ha parido este país.

Me refiero, por supuesto, a lo Quijotesco, y a lo Esperpéntico. Lo Quijotesco en el contenido, y lo Esperpéntico en la forma. Fusionado de manera magistral.

Una película sobre la fe

Pero no sobre la fe cristiana, o demoníaca. Sino sobre la fe en una idea. El padre Ángel (tiene coña el nombre) Berriartúa cree en una idea: el fin del mundo llega en la Nochebuena de 1995, porque el Anticristo nace en Madrid esa misma noche, y él está dispuesto a matarlo vendiendo su alma. Ahí queda eso. Para ello busca ayuda en el Heavy Jose Mari (más coña todavía ese nombre…), interpretado por un impresionante Santiago Segura, y el farsante televisivo profesor Cavan. Dos pajes, o reyes magos, o sanchopanzas, o lo que sea, que a pesar de los pesares se unen a él en esta loca aventura, y cuando el padre tiene sus dudas (lógicas) sobre el disparate que está emprendiendo, harán igual que el orondo secuaz del hidalgo más famoso de la literatura universal, y le darán ánimos para que continúe creyendo en eso que les ha convertido en otra cosa, quizá en algo que ni ellos mismos esperaban. Unos héroes vestidos de desesperanza.

Pero, más aún, la fuerza de esta película radica no tanto en lo que está contando, como en la forma en que lo cuenta. Es muy difícil discernir si es una película de género o quizá (más probablemente) una película social, de denuncia, crítica con el sistema. Ahí está la tremenda energía con que se percibe esta aventura. Por una parte asistimos a la caza del diablo, y por otra, de forma subterránea, a una visión atroz del Madrid más sórdido, injusto, hipócrita que imaginar quepa.

Así, de la Iglesia, en total plenitud y libertad, juega al juego de unir una espiral de violencia diabólica, un filme de género que se sitúa al lado de La semilla del diablo (Polanski, 1968), o La Profecía (Donner, 1976), con una solapada visión de la España de esa época, y más aún, de nuestra época, con todo lo que significa la mentira de la televisión (con los reality y los gurús actuales, con Tele5, siempre en la recámara), con nuestro patetismo, con la puesta en escena de un Berlanga o un Buñuel (en las secuencias del hostal principalmente), y lo consigue, en un milagro cinematográfico destinado a entretener y hacernos morir de risa gracias a una ironía irresistible, a un desparpajo visual incontenible, a una mala leche incuestionable, dispuesto siempre a ser tremendamente concreto.

La búsqueda

Porque si haces cine de aventuras, o de fantasía, o directamente crítico con el sistema, necesitas ser muy concreto. Y muy consciente de lo que estás contando. En esta película la búsqueda del lugar del nacimiento del Anticristo no significa otra cosa que la búsqueda del conocimiento. En realidad, siempre fue así. Lo oscuro, lo misterioso, es lo que muchos no se atreven a emprender, y lo que solamente los valientes, o los locos, están dispuestos a llevar a cabo. Y el miedo, o lo aterrador, no nace de un espíritu maligno, sino que, como es el caso, se hace cuerpo en individuos fascistas que queman a indigentes o todo aquel que consideran que no es digno de vivir en Madrid, y ese es el verdadero mal y el único al que son capaces de destruir los tres reyes magos de la película, aunque sea atiborrados de LSD y pensando que están impidiendo el fin del mundo.

Nunca podremos, ni es posible, saber si estos tres tipos acaban con la reencarnación de Satán, o si solamente son unos pirados hasta arriba de droga, pero da lo mismo. No es el fin lo que importa, sino el viaje. Y en ese viaje están todos los actores, del primero al último (con mención especial para Terele Pávez, que da más miedo en su interpretación de dueña castiza que el propio diablo) insuperables, el montaje y la fotografía funcionan a la perfección, y el director (que en lo sucesivo no ha estado muy brillante, como es hasta lógico) sabe lo que tiene que hacer. Esto es: un tono perfecto entre lo terrorífico y lo hilarante, una atmósfera rojiza, navideña y diabólica, un ritmo endiablado (nunca mejor dicho), y una conjunción magnífica de todos los elementos de esta ópera bufa sobre el nacimiento del demonio.

Pero más allá de todo eso, la búsqueda de una nueva forma de hacer cine español que en nada tiene que ver con lo que habíamos visto hasta entonces. Castizo pero internacional, loco pero muy concreto, absurdo pero creyendo firmemente en lo que está contando, con un diseño de producción excelente pero con una dirección que sabía trascenderlo para lograr algo más, algo que hiciera al espectador vivir esta aventura. En suma, cine muy complicado de hacer, muy difícil de ver, en cualquier época.