Algunos buenos momentos

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A ver, hagamos memoria…

Los buenos momentos sirven para que los malos nos duelan más, pero hagamos memoria…

Recuerdo uno muy divertido, por lo menos para mí. Andaba yo haciendo el tonto y escribiendo tonterías en la ciudad de San Sebastián. Fui acreditado al festival (y fui porque me lo propuse yo, no porque nadie hiciera nada al respecto), y así pude ver muchas películas y acercarme a algunas personas que admiro mucho. Recuerdo que me hospedé en un motel de mierda, dentro del cual hacía todavía más calor y más bochorno que en el exterior. Recuerdo que en ese motel habían colocado una Criatura de Frankenstein (porque Frankenstein no es el monstruo, sino el creador del monstruo, atontaos), a tamaño real, y cada mañana, al levantarme tambaleándome, me pegaba un susto de muerte al verle allí en el pasillo, erguido y con las manos extendidas hacia mí.

Una jornada vino Terry Gilliam al festival, a presentar ‘The Imaginarium of Doctor Parnassus’, la última película que filmó Heath Ledger en su vida, y Gilliam se pasó media rueda de prensa explicándonos cosas de su amigo fallecido, entre triste y orgulloso. Yo le pregunté algunas bobadas y él estuvo muy simpático, la verdad. Se terminó la rueda de prensa y cada uno a lo suyo. Me estaba meando, así que corrí (porque yo cuando me meo, o corro o me lo hago en los pantalones) y entré en los aseos del Kursaal. Había un tipo ahí meando y canturreando. Iba horriblemente vestido, pero me recordó a alguien, y no le presté atención porque tenía que mear. Mientras me estoy aliviando, me doy cuenta. Me giro y ahí estaba, meando conmigo. Era Terry Gilliam. Se lavó las manos y vinieron a buscarle. Me sonrió y se fue. Gran tipo.

No todos los días uno tiene la oportunidad de compartir meadero con un Monty Python…

Hace unos meses, en Mallorca, estuvo bien. Fuimos al famoso Ca’L Dimoni, situado entre las montañas y los bosques del interior. Una tarde fantástica. Me sentí feliz, rodeado de gente a la que amo. Mi padre se comió un butifarrón excelente. Tenía una pinta tan increíble que durante un rato me olvidé del fantástico frito mallorquín que yo estaba devorando, y le robé un poco. Recuerdo que el sol bajaba detrás de nosotros, molestando a mi madre en la cara. Me giré y vi una luz que me dejó perplejo, con el astro quemando sus últimas naves. Saqué una foto. Me sentía bien. Más que bien. No quería que terminase aquel día.

Pero terminó…

Algunos días nos sentimos como la mierda. Puede que sepamos el porqué exacto de ese sentimiento, o puede que no. Cuando no lo sabemos yo creo que es peor. Vamos caminando por la calle, yendo a por tabaco o a tomar un café, y nos sentimos que el mundo entero nos está hablando, y nos está diciendo que somos una mierda. No pasa siempre, afortunadamente, pero pasa. Y es terrible. Es una sensación de desamparo impresionante. A mí me sucedió recientemente. Y fue durante todo el día. Pero por la noche, ocurrió algo extraño. Eran así como las doce de la noche, y bajé a comprar papel para fumar. Y la calle estaba tranquila. Había una paz… Yo necesito paz, mucha. De pronto, el mundo entero dejó de decirme que soy un mierda, y los ángulos de los edificios, y el aire nocturno, y el suelo brillante por la lluvia me hablaban y me decían “tranqui, tío, todo irá bien, no eres una mierda”. O algo así. Y me sentí bien. Fue durante cinco minutos, pero me sentí bien. Me quedé quieto en mitad de la calle, saboreando el momento. No pasaban coches, casi ni un alma por la calle. Miré al cielo, y sonreí.

Cuando se está mal, se aferra uno a pequeñas cosas que se transforman en grandes cosas.

El otro día un amigo, un compañero del trabajo, me comentó que la gente a mi cargo, a mis espaldas, habló muy bien de mí. Al parecer, no soy una persona tan terrible. Me aseguró que hablaban entre ellos de que soy un buen jefe, de que se puede confiar en mí. Yo hice como que no me lo creía mucho, y solté algún chascarrillo impertinente. Pero me sentí bien. Pensé que todo lo que hago durante ocho horas diarias, de vez en cuando merece la pena.

Y que otras cosas que hago, o que he hecho, quizá merezcan la pena.

Soñé el otro día que el cuerpo se me caía a pedazos. Que tenía una pierna podrida, o algo así. Me desperté y me dolía mucho la pierna. Cojeaba al caminar. Supongo que una mala postura, mantenida durante toda la noche, la había dejado dolorida. Cojeando me hice el café. Mientras se hacía, la pierna hormigueó, estalló en dolor y se desperezó. No ponían nada en la tele, no tenía ganas de escribir, ni de asearme, ni de tomarme el café o el cigarrillo de la mañana. Pero la pierna se puso bien. Activé el Spotify y puse música a todo volumen (que se jodan los vecinos…bueno Rober no, que no se joda Rober) y salté y brinqué y la pierna respondió perfectamente, en forma.

Qué bien me sentí.