La hipocresía de Occidente no tiene límites

europa

Tres días seguidos (y los que quedan) asistiendo por televisión a las reacciones internacionales, a testimonios de supervivientes y testigos, a bravatas de líderes políticos, por los horrores humanos acontecidos en París, dan para muchas tonterías, muchas reflexiones, y muchos lugares comunes. Pero sobre todo dan para certificar, una vez más, la incalificable hipocresía del mal llamado “Occidente”.

Hace algún tiempo, volviendo a ver esa bobada de película (muy bien hecha, pero bobada) de Salvar al soldado Ryan (Spielberg, 1998), me preguntaba yo cómo es posible que, una y otra vez, en el cine estadounidense, y en otras cinematografías, veamos a un grupo de individuos lamentar profundamente la muerte de uno solo de sus compañeros mientras aniquilan sin piedad a cien enemigos. Es lo mismo, pero minimizado, que ocurrió realmente en la II Guerra Mundial, cuando la flota japonesa atacó por la espalda, en plan puñalada trapera, a la norteamericana en la base hawaiana de Pearl Harbor, causando 2.400 muertos, y cuya consecuencia final fue la venganza yanqui materializada en bombardeos masivos sobre ciudades japonesas (que masacraron a población civil) y finalmente con las dos bombas atómicas (las primeras y únicas en la historia empleadas con motivos bélicos) que causaron entre 200.000 y 300.000 muertes. No es cuestión de usar aritmética pura (250.000 muertos probables son cien veces más que 2.400), sino de establecer una realidad, en base a una mentira: nosotros somos los buenos y el resto los malos.

Es decir, que cualquier atrocidad, aunque sea cien veces mayor que la que nos han hecho, está justificada, porque somos los guays, los buenos, los nobles.

Esto es una forma de racismo. En realidad, es el germen de todo racismo. Creerse superior a otro grupo de personas por cuestiones fronterizas, étnicas o históricas. Creer que cualquier acción está justificada.

Y seguimos en las mismas.

Lo que ha ocurrido en París el viernes 13 de noviembre es una atrocidad, un espanto sin ningún tipo de perdón. Los responsables han de ser apresados y llevados ante la justicia europea. Y, si no se les puede apresar, acabar con ellos. Pero… ¿son ellos los responsables? Es decir, los fanáticos que han acudido al corazón de Europa a matar a civiles indiscriminadamente, ¿son los responsables auténticos, verdaderos, de lo que está pasando? Yo creo que no. Detrás de ellos hay poderes, individuos, intereses, mucho más allá de etnias, ideologías o religiones. El error de Occidente (uno de tantos) está en buscar razones religiosas a esta locura de sangre y muerte. Olvidan, quizá de forma consciente, quizá no, que detrás de todo motivo ideológico, religioso, subyacen motivos mucho más prosaicos, más pragmáticos. Siempre.

Ignorar esto es ignorar la historia del mundo.

La religión es siempre, siempre, nada más y nada menos que un tentáculo del poder de un gobierno, o de una casta que se aferrará al poder como sea, y con las consecuencias que sean. En India, se sabe que los sacerdotes, o brahmanes, son los encargados de proteger a las vacas, a las que no se puede tocar porque, según dicen, son sagradas, encarnación de la deidad absoluta del hinduismo por no se sabe qué sortilegio. Pero hace dos mil años, los brahmanes eran los encargados de los sacrificios de animales, incluidas las vacas. ¿Por qué este cambio? ¿Qué razón espiritual lleva a un país pobre a no poder alimentarse de vacas? Muy sencillo, según estudios científicos y sociales muy serios, por muy pobre que sea India, sus vacas son una fuente económica de la que no pueden prescindir. Sus excrementos son un excelente abono, su leche es mucho más barata que la importada, por mucho que según cuentan la mayoría de ellas está en los huesos. La necesidad de un pueblo, de una cultura, se transforma por imperativos económicos, en algo sagrado, espiritual.

Pues así funciona casi todo con las religiones, principalmente en países pobres, en los que el analfabetismo, la desesperación, son caldo de cultivo de fanatismos. Lo hemos visto cientos de veces a lo largo de la historia. Y seguimos ciegos.

Ahora Francia puede coger seis cazas armados con bombas terribles, y destruir ciudades sirias hasta dejarlas convertidas en cenizas. No solucionará nada. Puede matar a civiles en números diez veces superiores a los asesinados en París. O cien veces superiores. Es una reacción lógica, pero equivocada. Sólo creará más fanáticos, más pobres, más locos, y seguirá pensando que el problema es de índole religiosa.

Pero yo creo otra cosa. Creo que la violencia y la locura son armas de doble filo. Actúan de la misma forma que un boomerang.

Ellos también son víctimas. Incluso los terroristas. Asesinos, sí, pero víctimas también. De regímenes terribles, de dictadores, y de fuerzas oscurantistas que les convierten en monstruos. Y el Primer Mundo tiene mucho que ver con eso.

Vivimos en la niebla, todos nosotros. Toda nuestra vida. En la fundamental novela La máquina del tiempo (1895), el inimitable H.G. Wells contaba la existencia, dentro de muchos miles de años, de una sociedad en la que, en la superficie, vivían los pacíficos y veganos y felices Eloi, mientras que en el subsuelo, en la oscuridad, habitaban los feroces y terribles Morlocks, que de cuando en cuando subían a la superficie a alimentarse de los Eloi, sin la menor oposición por parte de estos. Pues así, exactamente así, es el mundo. Todos nosotros somos Eloi, una panda de ingenuos que cree que el mundo está bien ordenadito, que todo es precioso y feliz (incluyendo las miserias del mundo moderno, pero aún con ellas a cuestas), que en el mundo reina la paz y la libertad.

Y no es cierto.

Creemos que la mayor parte del mundo es estupendo y libre, y solo una pequeña parte es horrible y oscura.

Es justamente al revés.

La mayor parte del mundo es horrible y oscura, y nosotros, los habitantes de Europa, América del norte (excluyendo México), y algunas partes de Asia, unos escasos privilegiados. Pero vendrán a por nosotros.

Porque las libertades de Occidente (algunas de ellas incontrovertibles, y de gran calado histórico), y los poderes y la riqueza de esa parte del mundo, en gran parte se sustentan por la pobreza y la locura y la violencia del resto de países. Como vampiros, nos hemos merendado América del Sur y África, y les hemos dejado a su suerte. En el Continente Negro, Europa, Estados Unidos, y ahora China, se han repartido como piratas sedientos sus riquezas, mientras han colocado a dictadores, han apoyado a guerrillas salvajes. En Oriente Medio la ONU alentó y fomentó y el estado críminal sionista. En otros lugares del mundo la muy democrática Europa (Francia incluida) ha vendido armas, ha apoyado matanzas, ha silenciado crímenes de guerra si le interesaba…

Todo esto lo saben todos los señores de la guerra, los ayatolás, los jefes espirituales, que han alentado a sus empobrecidas y desesperadas poblaciones el odio contra Europa y el resto del mundo “civilizado”.

Esto no es una guerra de civilizaciones, ni de ideologías, o culturas, o religiones. Esto, como toda guerra, es una lucha de poder. Money, tío. Money. Poder, dinero. Esto va de quién gana y se queda con todo, y quien pierde y se queda sin nada. El golpe a Europa, la sangre, los civiles muertos, son parte de una estrategia para socavar un sistema de valores, la falsa seguridad, para que nos planteemos qué coño estamos haciendo en el resto del mundo, mientras corremos como ovejas, pero nos alimentamos como chacales. Mientras nos sentimos muy guay y muy estupendos, porque somos democráticos, pero aplastamos al resto del mundo con bombarderos y drones, para que no se muevan.

Pero todo tiene consecuencias. Si coges la cafetera, o la sartén (una vez, medio dormido, lo hice yo…pegué un salto que me golpeé contra el techo), después de que se hayan calentado diez minutos en el fuego, te quemarás. ¿Qué queremos? ¿Que toda la chusma aplastada del mundo no haga nada? Si cientos de miles de negros hubieran pasado a cuchillo a cien o doscientos mil blancos durante la esclavitud americana, ¿hablaríamos de genocidio?

Claro que todos somos París. Todos somos franceses, y españoles, y europeos. Y occidentales. Es decir: mentirosos, hipócritas, cínicos, cobardes. No somos chusma mucho mejores que ellos, pero nuestra mierda huele mejor. Eso sí se nos puede conceder.