Pedazos

Ésta será, probablemente, la última entrada que escriba en este blog. Cuando lo creé, hace ya cinco años, lo hice simplemente para seguir escribiendo, y para que siguieran leyéndome. Y así fue. Escribí muchas cosas, y mucha gente me siguió leyendo. Sin publicidad, y sin que yo haya sido jamás un “blogger” influyente, acumula ahora mismo 327.241 visitas. Está muy bien, pese a que seguramente algunos de los que me leyeran lo hicieran con desprecio o desdén, o a que muchas de esas visitas llegan por motivos externos, tales como conseguir alguna imagen que les ha encontrado un motor de búsqueda. No tiene importancia. Y en este espacio he dejado de todo: he escrito acerca de películas, de la actualidad, de música, de mi estado de mi ánimo, de mis ideas sobre casi cualquier cosa que me entrara por los oídos y por los ojos (de ahí, claro, el título), de polillas, de desgracias, de mi personalidad, prácticamente de todo…

Y lo cierto es que yo jamás me he considerado un escritor, ni mucho menos un gran escritor. Confieso que cuando leo algunos textos en medios digitales, me quedo atónito por el bajo nivel cultural, meramente mental, de casi todos ellos. Hacerlo un poco mejor es tan fácil como ponerse a juntar palabras con algo de sentido común, y tener algo que decir. El panorama es tan desolador que no tengo más remedio que alegrarme de que algunos encuentren en mis trabajos un poco de argumentación y amplitud de miras. Pero eso no significa que yo me ponga en un pedestal. Yo nunca he querido ser un gran escritor (si lo fuera no sería nada negativo, por supuesto, pero esa no es la idea), yo lo que quiero es que me escuchen y me entiendan. Más de una vez, en esta página, he tratado de llevar a cabo uno de esos ejercicios confesionales, consistentes en abrirme el pecho de par en par y escribir sobre cómo me siento, sin paliativos y sin falsa literatura, vomitándolo todo en carne viva. Yo creo que no lo he conseguido, por mucho que algunos lectores me hayan comentado en alguna ocasión acerca de la valentía de mi gesto o de mis palabras.

Ésta va a ser la última vez que lo intente, y esta vez voy a conseguirlo.

Sin embargo detesto que la gente emplee las redes sociales o los blogs como una plataforma en la que hablar de su vida privada, de sus mierdas íntimas, como si a alguien le importase un detalle o hecho concreto. Yo creo que a un lector lo que le interesa, cuando accede a un autor, lo que quiere, lo que necesita de él, no son “hechos”, ni “detalles”. Sino la verdad, el coraje de que ese autor ponga en palabras su estado y su mundo interior, si puede, sin afectar a terceras personas quizá involucradas, o sin realizar una especie de “vendetta” o cruzada personal, que por desgracia es algo demasiado común. Pocos actos tan generosos como preguntar a alguien sobre su estado de ánimo y a continuación guardar silencio y escuchar la respuesta, por muy prolongada o terrible y sórdida que sea. Y pocos actos tan desolladores como hablar de uno mismo, de lo que te turba y lo que te llena de luz y calor, de tus miedos y también tus esperanzas.

Pues bien yo ya no tengo esperanzas, en el sentido amplio de la palabra, ni casi luz en mi vida, salvo la que entra por las mañanas a través de la rendija de mi ventana, dándome los buenos días con insolencia. Me he propuesto hablar aquí de mis últimos tres meses de vida con toda la valentía de la que sea capaz, sin entrar en detalles que no importan a nadie. Solamente hablando de mi corazón.

Porque me siento cansado, quizá como nunca en mi vida. No he tenido ni una sola razón para sonreír durante doce semanas, y cuando lo he hecho, ha sucedido porque no quiero hacer sentir incómodos a los que en ese momento me acompañan. Y he hecho mal, pues ante todo me debo a mi estado de ánimo. Después del que con toda seguridad ha sido el verano más duro y terrible de mi vida, me merezco respetarme a mí mismo, aunque sólo sea por no negarme a mí mismo. Porque esperanza tengo, de salir adelante más o menos como pueda, y luz tengo, de algunas personas que conozco que me aportan cariño y compañía, por supuesto que sí, pero siento como si el resto de luces o esperanzas a los que otros aspiran me estuvieran vetadas para siempre. Esto a pesar de que las desgracias personales me han ocurrido en un verano asfixiante y horrible, que ya por fin acabó y que por tanto siento que ahora puedo respirar un poco más. Pero siguen sin encenderse esas luces, y lo que es peor, me da exactamente igual.

He estado aproximadamente ocho semanas sin casi poder moverme del sofá, luchando con las escasas fuerzas que tenía por hacerme la comida, o beber agua. Me ha costado un mundo bajar a la calle, y cuando lo he hecho, vertiginosos ataques de pánico, de desesperación, han ido a por mí sin previo aviso, despiadados. Cuando te falta la respiración y te ahogas aunque tengas oxígeno disponible, o un solo paso en la calle te da ganas de vomitar, tienes problemas chico. Grandes problemas. Y es que hay recuerdos capaces de convertir las moles de los edificios en gelatina que se deshace ante mis ojos, y rincones que traen fantasmas mucho más terribles de los que haya visto en alguna película, leído en alguna novela, o haya creado nunca en el pasado con mi turbulenta imaginación. Porque cuando tienes el corazón verdaderamente roto, todo es un túnel negro del que no se sale, hagas lo que hagas. Y puedes quedar con un par de amigos, y tratas de fingir que te lo pasas bien, pero ese túnel negro te está esperando dentro de cinco, de diez minutos. Y lo sabes, y lo temes. Miedo auténtico.

Me he despertado por las noches, este verano, empapado en sudor y tristeza, solo en medio de la oscuridad, a las cuatro de la mañana, y he sido incapaz de volver a dormir, durante semanas seguidas, con los ojos bien abiertos y la única compañía de la brasa de un cigarrillo. Como tengo pánico a mis ataques de pánico (no, no es un juego de palabras), no he bajado a la calle sino que me he quedado dando vueltas por mi casa, como un fantasma viviente. Y lo he hecho repitiéndome a mí mismo, una y otra vez, como un verdadero imbécil: “nadie va a hacerte daño, estás a salvo, nadie va a humillarte, nadie va a humillarte”. Durante horas. ¡Y con el sólo propósito de conseguir respirar con fluidez! Pero el oxígeno, incluso la comida o el agua, son ceniza en mi boca. Ahora que el infernal verano madrileño ha concluido, puedo respirar algo más, y puedo comer algo más, pero siguen siendo ceniza. Y las paredes de mi apartamento se aprietan unas contra otras. Y he llorado fuego y rabia. Y cuando no había más fuerzas ni lágrimas, el fuego y la rabia se han quedado en mis ojos. Tal cual.

Y me miro al espejo, y no me reconozco. No me reconozco. Creí que cuando llegara septiembre sería diferente, y ha sido aún peor. Digo: ¿ese soy yo? Recordaba muy distinto mi reflejo, ciertamente. Cuando uno ya no sabe ni quien es, cuando el espíritu anda ausente, cuando en los ojos no queda más que fuego cansado, te miras y es como ver a un extraño. Ni dignidad queda ya. En realidad hace mucho tiempo que se fue casi toda. Y solamente a ese resquicio de dignidad es al que puedo aferrarme cada mañana y decidir ponerme a hacer cosas.

Decía Robert Erwin Howard que él era una de esas personas que, por su extrema sensibilidad, tenía complicado ser feliz alguna vez en su vida. Casi como una maldición. Pero Howard tuvo una vida muy dura y desgraciada, a lo que se unió la mencionada sensibilidad. Mi catástrofe, emocional y psicológica, este verano, ha sido definitiva. Claro que sigo vivo, pero lo preocupante es que ya me da igual. ¿Sensible? Lo soy, muchísimo. Recuerdo una vez que caminaba por la calle, y me hastiaba la fealdad del mundo. Era otoño y el ruido y el ansia de la gente me deprimían. Miré a un árbol y una hoja se desprendió y cayó al suelo lentamente. Y sonreí. Recuerdo cuando era chaval, que Septiembre era como un renacer porque podía volver a percibir el mundo después del hastío del verano, y que mis sentidos renacían. Ahora nada de eso ha sucedido. Sólo me he desprendido de una mortaja veraniega, pero en el interior sigo siendo cenizas.

El primer fin de semana de septiembre no probé bocado. Porque ahora por fin sé lo que es tener un corazón roto.

Ya no valen lugares comunes, ni clichés, ni soluciones fáciles. Ahora por fin sé que todo ese sufrimiento que se ve en las pantallas de cine, o en las canciones de amor y desamparo, no son más que tonterías. Imágenes opacas, grises metáforas. Nada puede compararse con la cruda, veraz, realidad. Ahora sé lo que es perder.

Y el sufrimiento no me ha hecho mejor persona. No me ha hecho más sabio, más prudente, más cariñoso, más humilde. Nada de eso. El sufrimiento no sirve para absolutamente nada positivo. Sólo me ha hecho más duro por dentro. Más desengañado. Por esperar, esperar hasta mucho más allá del final, hasta donde nadie esperaría, por un mínimo, algo de esperanza, algo de justicia moral. Esperar hasta que ese límite, que otros considerarían definitivo, para mí está más cercano al inicio.

Y darme cuenta de que nada sirve el amor, la confianza, la paciencia, el sacrificio. Esas palabras solamente son tonterías. Basura. Hay otras más verdaderas: desesperación, resignación, un resquicio de dignidad. Todo eso adobado con recuerdos, remordimientos, melancolía.

Qué difícil es hablar de estos tres meses. Para mí han sido como tres años. Pero sigo siendo Adrián Massanet. El mismo capullo inseguro de siempre. No me han cambiado, me han confirmado. Sigo preocupándome por algunos amigos, y ellos siguen preocupándose por mí. Sigo apoyando la cabeza en la mano con desdén, sentado, cuando lo que veo no me convence. Sigue haciéndome daño afeitarme la barba. Y sigo despertándome a las 4 de la mañana y no me vuelvo a dormir… me quedo escuchando música y bailando hasta el amanecer. Y sigo recordándome que da igual lo que hagas, lo que aguantes, lo que te esfuerces, que puedes acabar igual de desamparado, repitiéndote a ti mismo que nadie va a hacerte daño o a humillarte. Que vales, que algo vales, y que tienes gente alrededor, poca pero valiosa, que espera que te levantes y hagas algo con tu vida.