Caminar por una gran ciudad

Al hilo de lo que en cierta conferencia afirmó el gran José Luis Sampedro, eso de que “todavía no hemos aprendido a vivir”, que creo que es bastante cierto (y aunque no lo fuera, lo dice José Luis Sampedro y a callar todo el mundo), yo iría un poco más al fondo de la cuestión, y desmenuzándola, propondría una serie de debates en torno a aquellas actividades básicas sobre las que nadie suele hablar o escribir, y que son fundamentales, y que pareciera que precisan de estudios superiores, a juzgar por su escaso desarrollo. Por ejemplo: aprender a conversar. O a callar. O a emplear menos de cinco minutos en sacar dinero de un cajero. O, y en esto vamos a centrarnos hoy, aprender a caminar por una gran ciudad. Una actividad que casi todo el mundo realiza en su vida con cierta cotidianidad, y que está plagada de trampas, detalles desconcertantes, otros recalcitrantes (cuando no directamente insufribles), muchos elementos cómicos, bastante de absurdo total y unas cuantas gotas de estulticia que estalla ante tus ojos en todo su esplendor.

Caminar por una gran ciudad es en verdad lo opuesto a caminar o, mejor dicho, pasear por un bosque o una zona rural. Esto es por una cuestión decisiva: las ciudades están llenas a rebosar de personas y de vehículos. A pesar de que muchos hemos vivido la mayor parte de nuestras vidas entre gigantes de cemento, nuestros antepasados han marcado decisivamente nuestra memoria genética y nuestras capacidades físicas para sentirnos mucho más a gusto, más integrados, en un ambiente rural que en uno urbano. Y aunque muchos urbanitas se sentirían, y se sienten, fuera de lugar rodeados de muchos árboles y sin una autopista disponible a menos de cinco kilómetros, sus sentidos están preparados, precisamente, para pisar un terreno natural y para adaptarse con mayor facilidad y rapidez a la dureza de unas colinas escarpadas que al circo demencial que supone una ciudad como Madrid, Barcelona o Valencia. De hecho, estoy convencido de que gran parte de la amargura que se nos acumula todos los días en el frasco de la indignidad, proviene de una única fuente: desplazarse a pie por las calles de la maldita ciudad y sobrellevar como se puede todo lo que ello conlleva. Y como este Cuaderno Audiovisual se nutre sobre todo, o se quiere nutrir, de lo que oigo y veo todos los días, y de lo que experimento en la gris rutina diaria, creo que hay pocas cosas más importantes sobre las que escribir que esa actividad consistente en poner un pie delante del otro a un ritmo más o menos regular, con el propósito de desplazarse a través de esta jungla y de dirigirse a algún lugar en particular.

Caminar en soledad y caminar en compañía

Hay días y días, claro. Hay días, todavía (quién sabe si en un futuro aún los habrá) en los que, a pesar de caminar por una gran ciudad te encuentras relativamente solo. También depende de la hora, por supuesto. Sin duda: cuanta más gente sale a la calle, mayores son las probabilidades de que concluyas que la raza humana es como un virus, y la gran ciudad la que le insufla vida a ese virus, y te plantees la probabilidad de pegarte un tiro. Por eso disponer de una acera para ti solo, o prácticamente solo, debe ser lo más parecido a encontrarse un oasis en el desierto. Como dura poco, siempre dan ganas de ir más despacio en eso de poner un pie delante del otro, incluso de detenerse por completo, aunque tengas prisa, y saborear el momento sublime. Pronto te topas con una plaza abarrotada y te das cuenta, a poco que sepas observar, que la imagen global de un centenar de personas cruzándose reviste de menor organización que la que posee una decena de palomas correteando y buscando comida. De hecho, una plaga de zombis tendría algo más de orden, en su caminar, que el supuesto “homo sapiens” dirigiéndose hacia algún lugar, convencido de que está llevando a cabo actividades muy importantes para su vida. O por lo menos tendría algo más de interés el asunto y no se sentiría uno culpable si se liase a tiros con ellos (recordad, hay que destruir el cerebro del zombi para acabar con él…que no digan, luego, que no aviso) o si, simplemente, dispusiera de una varita mágica y los hiciera a todos desaparecer (aunque es mucho más divertido el recurso del talismán a lo Groo…mandarles bien lejos).

Puede que no nos demos cuenta (y no nos damos) pero pasar de una calle poco concurrida al guirigay de una plaza atestada de personitas humanas es una verdadera prueba de estrés para los sentidos y la coordinación, y ni siquiera Matt Murdock, alias Daredevil, estaría realmente preparado para ello cuando, por ejemplo, llega la Navidad y te apetece, incauto, darte una vueltecita por el centro para tomarte un café. Eso sí, ni siquiera en soledad, o en casi completa soledad, está uno a salvo de innumerables trampas que te cogen desprevenido, como si estuvieras inmerso en una involuntaria gincana. Pasemos a enumerar solo algunas (un muestrario exhaustivo llevaría horas) de esas trampas:

1. Las deposiciones de los perros. Y no hablo solamente de las sólidas, que en su mayor parte los responsables de los cánidos recogen con un civismo muy de agradecer (aunque sería más de agradecer que nadie tuviera perros en la ciudad), sobre todo de las líquidas, imposibles de recoger por los amos del animal y que son mucho más nocivas para la higiene urbana y mucho más numerosas.

2. Los bolsos de las señoras. De todo tipo de señoras (de entre 12 y 100 años), y todo tipo de bolsos. Uno se pregunta a menudo si lo que llevan esas mujeres metido en el bolso es un montón de ladrillos o cascotes, a juzgar por el hostiazo que te sueltan en cuanto te despistas. Y hay algunos bolsos enormes, que se colocan casi siempre al costado, y que va repartiendo hostias a diestra y siniestra, totalmente ignorantes del destrozo ocasionado. Uno, que siempre que ha llevado mochila voluminosa tiene cierto cuidado de no molestar, se desmoraliza al percatarse de que estas señoras, aunque lo lleven todos los días, no han aprendido esta simple verdad: la gente que las rodea no son hologramas.

3. Los paraguas, tanto en manos de un caballero como en manos de una señora, pero sobre todo (y si se me acusa de machismo me trae sin cuidado) en manos de una señora, y esto pueden corroborarlo hasta las lectoras femeninas de estas líneas. Una señora de mediana edad para arriba, portando un paraguas (no importa su tamaño), me da miedo. Casi pánico. Tiene más peligro que un grupo de gremlins jugando al waterpolo. Juro que cuando veo acercarse a una de estas criaturas demoníacas, tan tranquila ella en su caminar y con el paraguas protegiéndola de la lluvia, me alejo diez metros de su probable trayectoria, aunque ello implique meterme en la calzada o en un charco. Como si el objeto en cuestión desposeyera a su dueña de las proporciones espaciales o de la certeza, una vez más, de que las figuras humanas que la rodean no son hologramas, es decir, incorpóreos. Se dan casos en que las privan incluso de la facultad de oír los improperios que puedas dedicarles, como si de pronto estuviera rodeada de una burbuja insonorizada. Los clásicos “¡señora! ¡el paraguas!”, “¡coño, tenga cuidado!”, o el proverbial “me cago en su puta madre, señora, y en tu puto paraguas del diablo!” no llegan a sus oídos. Literalmente. A todo esto se suma el drama, la tragedia casi, de que muchos paraguas están semirotos, por lo que uno de sus nervios de metal aparece no solamente desnudo, sino torcido y doblado hacia fuera, apuntándote de forma intimidatoria, como si te dijera: “ese ojo tuyo estás a punto de perderlo”. En cierta ocasión, rozándome una de esas espinas el párpado, lo prometo, y después del clásico “¡señoraaaa!” concluí que cien señoras como esas, armadas con sus paraguas, tienen más capacidad destructora que cien polis antidisturbios repartiendo porrazos en aras de la “paz social”.

4. Las obras. Si caminando solo te las deseas para no torcerte el tobillo, en multitud deberían grabarnos para que aprendiéramos todo lo que no se debe hacer a la hora de caminar por una calle en obras. Ciudades como Madrid, en las que parece que los jefes del cotarro estén buscando perennemente algún tesoro enterrado, son buena prueba de ello cada día. A veces me parece un misterio cómo una persona discapacitada, quizá en silla de ruedas, se contiene para no hacerse con un bazooka y mandar todo al cuerno, porque debe ser un suplicio para ellos desplazarse una cincuentena de metros. Lo es para mí, que soy bastante ágil. Inimaginable para ellos. Es lamentable, porque ya que pagamos todos juntos la ciudad, debería ser un ambiente en el que, al menos, uno pudiera moverse con cierta facilidad y sin volverse loco, facilitando todo lo posible que los que más sufren el movimiento dispusieran de medios que les hicieran la vida más fácil. Pero la ciudad no es ni más ni menos que una enorme colmena demencial diseñada para aplastar anímicamente al individuo. Y las trampas que son las obras se presentan de muchas formas: socavones, piedras, regueros incontrolados de agua, vallas que obligan a grandes rodeos, maquinaria pesada que levanta una humareda irrespirable, andamios que embotellan a la gente y en cuya estructura se te engancha el jersey…y un largo etc. Además, no hay que olvidar los ruidos que provocan las obras, pero de eso hablo a continuación

5. Los ruidos. Yo, que soy un tío muy primario y bastante memo cuando quiero, me quedo atónito ante la indiferencia (irreal, absurda) de la mayoría de la gente ante los ruidos de la calle. Creo que no se dan cuenta de hasta qué punto afectan al ánimo, a las energías, a la coordinación sensorial. La contaminación acústica es tan dañina como la ambiental, y tan sutil como la lumínica. Detesto esos establecimientos provistos de una reja de seguridad, a cuyo levantar se propaga un chirriar intolerable, que te ulcera los tímpanos. Hay calles con docenas de estos establecimientos, y el coro bestial que desatan es lo más parecido al Infierno en la Tierra. Seguimos siendo animales, lo queramos o no, y nuestro instinto básico de alerta y de observación se ve seriamente erosionado con el paso de una moto sin silenciador o con el levantar de una de esas rejas. O con el histérico pitar de un teléfono móvil de tu compañero de viaje en el tren, o con el mismo pitido del tren, que te avisa (a tí y a un sordo de nacimiento, o a lo mejor quieren que te quedes también sordo) que se cierran las puertas. Un pitido, el del tren, situado en el mismo umbral del dolor acústico. Todos tenemos derecho a saber cuándo se cierran las puertas del metro. Pero también tenemos derecho a llegar a los sesenta años con algo de capacidad auditiva. Y parece improbable que así sea. Caminar en una ciudad, expuesto a tal maremágnum de ruidos, es una verdadera tortura que debería estar tipificada por la ley. Además, vuelve todavía más difícil el hecho de compartir, en movimiento, escasos metros de espacio con otras personas, pues al caos se une el aturdimiento mental.

La gente: ¿Realmente se da cuenta de que está rodeada de otra gente?

La respuesta es un categórico, rotundo, no. Como me paso la vida observando a la gente, me fijo en la expresión de las personas cada vez que se cruzan con otras personas. En especial, en los pasos de peatones. Sólo uno de cada veinte, o cada cincuenta, mira alrededor y calcula las mejores trayectorias. Se le nota, en su expresión, que se da cuenta de que, si calcula mal, las probabilidades de golpearse contra otra persona son elevadas. El resto de personitas transporta por la calle una mirada flácida, absorta, como si vivieran en otro mundo. Y de todo esto se deriva el flujo y la rapidez de pensamiento, desgraciadamente depauperados hoy día hasta extremos inimaginables: si veinte personas que se cruzan en un paso de peatones no consiguen desplazarse con un mínimo de interacción, esto indica absoluta falta de fluidez mental y coordinación espacial. Cruzar un paso de cebra es asistir a la capitulación final de la mente humana. Muchos dirían que exagero, pero estoy convencido de lo que digo. Muchos dirían, también, que como mi velocidad de crucero es elevada, tengo más razones para quejarme de lo imposible que resulta desplazarse con comodidad. Incluso dirían que soy un intolerante.

En realidad, no me molesta que delante de mí dos ancianos me impidan caminar mas rápido. No tienen ninguna culpa. Pero sí hay situaciones que en un momento extremo justifican que se te vaya la olla. Situaciones que mezclan un peligro extremo y la estulticia más galopante:

1. La reina de todas: salir del vagón del metro y cruzar la esquina de las escaleras mecánicas. Es una situación tan dramática en horas de acudir al trabajo que se podría hacer una película de terror. La ya comentada certeza de que para algunos eres un holograma se transforma en una pesadilla cuando ves, bajando las escaleras a todo correr, a un grupo de energúmenos intentando acceder al vagón antes de que se cierren las puertas. He visto verdaderos trompazos. De chicos a señoras mayores. Pero también de señoras mayores, corriendo lo mejor que pueden, arrollar a chavales. Uno no sabe si reír o llorar ante eventos como esos. ¿Cómo se les puede pedir a las personas hacer un mundo mejor, o mejorar ellas mismas, o madurar, cuando no pueden entender, muchos, que los que le rodean no son incorpóreos? Es imposible.

2. Los intentos de gente mucho más torpe que tú, y mucho más lenta que tú, por adelantarte. Verdaderas batallas de “a ver quién anda más rápido por la calle” tienen lugar a diario. Lo más peligroso es la gente más torpe que tú, pero más rápida. Ya puedes hacer testamento. Además, como para ellos eres un bulto sospechoso, una vez te han adelantado, su irregular trayectoria te obliga a santiguarte si quieres volver a adelantarles. Es como un ciego mirando a otro ciego. Cosas como esta deberían hacer replantearse a las autoridades que, si existe un código de circulación en carretera, también debería existir otro código de circulación, al parecer, para caminar por la maldita calle.

3. La manía de algunos individuos/as de pararse en las puertas o salidas. Mirando el reloj, consultando el móvil, o pensando en las musarañas. Son esas personas las que, cuando se declara un incendio, provocan mayor número de víctimas. Pero peores son las que, caminando a toda velocidad delante de ti, deciden de pronto darse media vuelta e ir en sentido contrario a toda velocidad también, pues su mente es incapaz de concebir que, detrás de ellos, puede haber personas caminando en su misma dirección. Y ya el colmo son las que se cruzan delante de ti, te golpean con su bolso lleno de piedras en el movimiento, ya sea saliendo de un portal a toda mecha (la calle es suya) o entrando en una tienda a mirar zapatos, cual zombi nada más detectar una presa. Y lo que es curioso, la palabra “disculpa” nunca está en su diccionario.

Conclusión: la ciudad nos aniquila

Lentamente, sin compasión. Por muchas razones. Y simplemente por ejercer tu derecho de darte “una vuelta”. Es como las doce pruebas de Hércules, pero las nuestras no se terminan nunca. Mañana por la mañana serán exactamente las mismas. No hay Olimpo que compense esto.